Respétame
Jamás entendí esa postura de Alberto. Lo habíamos dejado, de acuerdo; podíamos hacer cada uno lo que le diera la gana, de acuerdo; pero, si el mayor problema de nuestra relación era no poder vernos por estar estudiando, si todo lo que me hacía sentir absorbida era su falta de tiempo, ¿por qué de repente sí podía venir?
¿Por qué ahora me lo encontraba en el mismo pub que yo?
Y lo peor: vale que se enrollara con la pedorra esa que iba con él, pero ¿por qué refregármelo por la cara de esa forma?
Tampoco me cuadraba verlo así de cambiado.
Su estilo en el vestir era parecido, pero no el mismo.
Su actitud, llámalo semblante o llámalo energía…
nada era igual. ¿Era un cambio motu propio o era influencia de esa tía?
¿Sería por eso que, en vez de mantener su elegancia, se rió de mí?
Bueno, en realidad, hoy día sí puedo responder a esto último: hasta yo me habría reído de mí, me porté de una forma ridícula.
El caso es que estaba dolida, esa sonrisa altiva de Alberto me había apuñalado el corazón.
Mi cabeza no paraba de machacarme con la imagen de aquel morreo con la tipa esa, como si hubiera venido a decirme que tan poquito le importaba que rápidamente había encontrado un reemplazo para mí.
Y, cuando me dejé llevar por esos celos ridículos, se rió de mí con esa leve sonrisa: no fueron carcajadas, no fue una burla estridente, sino una sonrisa; apenas un gesto leve que me rasgaba por dentro con sólo verlo.
Esa pérfida sonrisa había sido como un pequeño y agudo alfiler capaz de asestarte la más sangrienta estocada.
Él, que había copado mis pensamientos y causado mis lágrimas durante tanto tiempo y por el que acepté cambiar hasta mis preferencias y mi ocio, me había sustituido por otra como quien se quita unos calzoncillos sucios. Y yo me sentía como la zurrapa.
Además, hubo un «cisma» en mi grupo de amigas.
Unas se quedaron a apoyarme, entendiendo que actué por celos por absurdo que fuera mi intento de responder a esa agresión emocional de mi ex novio; otras, se sumaron a esa carcajada popular y renegaron de mí por esa recién adquirida fama de «calientapollas» que había nacido en aquellos dos babosos…
Poco habían pesado las confidencias, las veces que les eché una mano o incluso las incontables ocasiones en que les quité algún baboso de encima sacando la diestra a pasear: para ellas, tenía más peso la opinión de la gente y no ser la amiga de la «ligerita de cascos» que la amiga que estuvo ahí para lo que hiciera falta. «Anda y que las pique un pollo», pensé.
Lo que más agradecí de las que se quedaron conmigo no fue sólo que permanecieran a mi lado, sino que me defendieran de las otras que se largaron señalándome con su dedo acusador: peor que pasar por aquello habría sido tener que pasarlo sola.
Ya era jodido sentirse señalada por la gente, que en el pueblo las voces se corren más rápido que un eyaculador precoz, para que encima todo el mundo se hubiera apartado de mí.
Al menos, ellas estuvieron, me dieron apoyo y consuelo…
Es curioso que esas amigas que hice a través de Alberto fueran quienes me dieron un hombro en que llorar cuando me sentía tan humillada por él.
Unas se quedaron a mi lado pasando de cualquier crítica ajena, las otras simplemente no estuvieron a la altura…
o nunca fueron amigas. Una amiga está para lo bueno y para lo malo.
Ir a trabajar se convirtió en un alivio aparte de ser eso que tenía que hacer para vivir.
Eran horas en que hacía lo que me gustaba, las clientas no eran muy aficionadas a meterse en según qué temas y las compañeras eran tan divertidas que, cuando querían, convertían la jornada en una reunión de amigas donde sólo faltaban los cafés y las cervezas.
Al salir, me iba a mi piso alquilado, comía algo rápido y descansaba un poco.
Después, empezaban las dudas y el no saber qué hacer.
Si mis amigas no podían quedar, el café se tomaba en casa.
Y, no sabiendo qué más hacer, tenía el piso como los chorros del oro.
Lo cierto es que, así las cosas, aquel día habría quedado con el mismo diablo.
Estaba harta de limpiar cada día, esperando al fin de semana para tomar unos cafés con mis amigas y evitar salir de noche para no escuchar la cantinela.
«Ahí está la calientapollas», «no te acerques que te calza una hostia» y cosas así.
Cuando, ese miércoles cualquiera, llegó aquel mensaje de uno de esos chicos con los que había quedado alguna vez antes de ponerme en serio con Alberto, fue como encontrar una cerveza bien fría en mitad del desierto.
Fuimos a cenar y a tomar algo por ahí. En un momento dado, se empezó a acaramelar más de la cuenta y no parecía pillar la indirecta cuando yo apartaba sus ansiosas manos de mí.
O no se enteraba o se estaba haciendo el tonto: si yo apartaba una mano, lanzaba la otra; si yo me apartaba, él hacía por acercarse; menos mal que, en aquella terraza, había varias personas que empezaban a darse cuenta de que aquel tipo iba a saco, con todo e ignorando mis negativas.
No sabía quién estaba más incómodo: si yo por aguantar al cerdo aquel o las personas de las mesas cercanas por la vergüenza ajena que estaba dando verlo.
—Como sigas así, no voy a tener terraza para sentarme. ¿Te quieres estar quieto?
Lo dije en voz alta, llamando (más) la atención de las personas que estaban allí.
—Pues quédate en el sitio, sólo quiero magrearte un poco. ¿O prefieres que vayamos a un sitio más tranquilo?
—¿Un sitio más tranquilo? Lo único que estaría tranquilo sería el sitio. Tú estás de los nervios por trincarme y yo por que me dejes en paz.
—Venga, no te hagas la estrecha ahora…
—¡¡Respétame!!
El bofetón sonó más fuerte que el grito. Nadie había osado intervenir, nadie había dicho nada, pero entre el berrido que solté y el sonido de sus dientes tras la hostia, se oían algunas cucharillas cayendo sobre los platitos del café y el vaso que a alguien se le cayó de la impresión.
—¿Que te respete? Antes eras la zorra que se iba con cualquiera y ahora sólo calientas a los tíos para que te inviten—, me espetó.
Un murmullo se formó tras la respuesta de él (no recuerdo cómo se llamaba).
Sin embargo, en ese momento sentí una sobredosis de adrenalina como nunca había tenido dentro.
Un puñetazo fue mi respuesta, más escandalosa que las anteriores porque tropezó con la mesa y cayó al suelo con las dos copas rompiéndose a su lado.
—Ni una cosa ni la otra: sólo pasa que follo con quien me dé la gana, ya no soy la misma—, respondí con una voz baja de esas que suenan a amenaza afilada.
El murmullo crecía detrás de mí y me volví hacia los demás comensales.
—Vosotros no habéis dicho ni mu cuando este me andaba manoseando.
¡¡Decídmelo a la cara o callaos la puta boca! !
Entré a donde estaba la caja y pagué la cuenta. Al salir, cogí el tícket y se lo metí en la boca.
—Ya está todo pagado—, le dije con sorna.
Salí de allí con la cabeza tan alta que, si Dios existiera, le habría visto los cojones sin telescopio ni nada.
Como dije, la voz se corre en estos pueblos más rápido que un eyaculador precoz: por lo que sea, después de aquella noche, me quitaron el dichoso sambenito.
No fue una rebeldía épica, no fue una revelación motivadora de esas de las películas: es que ya estaba hasta el mismísimo coño.