F*ck Romance: Me cago en el amor …e vita intensa
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…e vita intensa

Yo no quiero sufrir

pero aquí estoy,

estoy sufriendo

y no me arrepiento

me cago en el amor

Volví al pueblo tras aquel fin de semana con Alberto.

Es cierto que había ido para hablar con él, despedirnos como Dios manda y comenzar una vida nueva pensando en mí; sin embargo, al final, una conversación y una despedida que darían para una tarde como mucho, se convirtieron en un fin de semana entero.

Cosas que pasan cuando se separan dos personas que se aman y se desean pese a estar dejando la relación.

Aún así, pensaba que me había visto relegada por mí misma mientras había estado ocupándome de complacer al amor.

Tampoco volví a ser la Tricia de antes, prefería pensar en comprar un piso (en esos tiempos se podía soñar gratis) o alquilarlo para salir de casa.

Claro que volví a tener citas, que una alegría para el cuerpo debería ser un derecho constitucional; pero no quería regresar a aquel ritmo frenético de niña rebelde que hacía lo que le daba la gana.

Quizá fuera que me estaba dando la gana de hacer otras cosas.

Quería leer, ver películas, salir con mis amigas sin más ánimo que reír o bailar…

los chicos me apetecían de vez en cuando, sin complicaciones: café protocolario, polvo en un motel y cada uno para su rincón con los deberes hechos.

Nada de implicación, nada de hacer difícil lo fácil…

en el fondo, quería volver con Alberto cuando hubiera acabado sus putos estudios y pudiéramos tener una relación de verdad.

En efecto, lo seguía amando con locura, pero no podía vivir en esa espera permanente, en ese darme por entero en el poco tiempo que teníamos, en olvidarme de mí misma y que él se abandonara también.

El amor, pensaba y pienso, es una parte de la vida y no un fin último que absorba todo lo demás.

Si dejamos que el amor nos absorba la vida, ¿qué nos queda cuando se rompe?

Lo mejor de los meses siguientes fue que por fin pude alquilar un piso y salir de la casa de mis padres.

Los quería mucho y los sigo queriendo hoy día, pero ya se sabe: joven, con trabajo, independiente y con esa personalidad rebelde que volvía a mí tras todo el tiempo en que sólo había vivido para complacer a Alberto.

Le había hecho daño al principio y el complejo de culpa hizo lo demás.

Y ahí estaba, habiendo recuperado el control sobre mi tiempo, pudiendo dedicarme a mí…

y sin saber qué hacer cuando sólo tenía que hacer lo que me diera la gana.

Un viernes, mientras acababa mi turno, una llamada me vino como agua de mayo para salir de esa apatía monótona que me había invadido.

No pensé en que al día siguiente me llegaban un par de muebles que había comprado para el piso, no me importó el cansancio del trabajo de toda la semana: esa noche había quedada de chicas y no me la pensaba perder.

El plan parecía sencillo: iríamos todas a cenar, luego a tomar algo y después a un pub que quedaba cerca.

Acabaría reventada, pero al menos desconectaría un rato.

Al cerrar el salón de belleza, corrí a casa, me tumbé media hora para despejarme un poco y, recién duchada con mis vaqueros y mi camiseta de Marea, emprendí el camino hacia el burguer donde habíamos quedado.

Y ahí estaban todas, puntales como un reloj suizo y con más ganas de fiesta que una panda de marinos recién llegados a puerto.

Cuando tuvimos la comida en la mesa, todas se volvieron hacia mí.

La mayoría había pedido la típica ensalada César y hamburguesas de pollo.

No podían creerse que yo, que ya desentonaba con mi ropa casual en vez de ir con vestidos sexys como ellas, también daba la nota con mi hamburguesa doble con bacon y queso, mis patatas fritas con más bacon y queso cheddar y mi refresco normal; ellas pedían bebidas 0,0 y yo les decía que parecían mis notas de matemáticas…

Si es que eran mis amigas y las quería, pero a ratos eran unas petardas de manual.

Aparte de ponerme hasta la gola, tuve que terminar de comer rápido, porque ya las otras resoplaban impacientes.

No entendían que yo comía como una lima nueva, pero eso no significaba que tuviera que hacerlo rápido y a dos carrillos: tenía unos mofletes que eran el sueño de cualquier abuela, pero ya me costaba bastante acomodar el pelo para disimular la cara de globo que me hacían como para ahora llenarlos de comida rápida sólo porque ellas tuvieran ya prisa por coleccionar cubatas en sus adentros.

Tras unas copas y unas risas en la terraza del pub, pasamos dentro.

Ellas estaban ávidas de baile, de dar caderazos al aire para lucir silueta y hacer servir de algo la estrechez de sus vestidos ajustados.

No tardaron dos canciones de Shakira en atraer algunas miradas de chicos que ya estaban pensando en sentir en sus pollas el calor de aquellos cuerpos; sin embargo, yo estaba a otra cosa, pensando sólo en divertirme, en reírme un rato.

Ellas tenían ganas de ligue, yo pensaba en Alberto y, aparte, había tenido una cita pocos días antes; o aparecía alguien que me atrajera enormemente o pasaba de liarme con nadie aquella noche.

Pero, por hablar, apareció alguien que me provocaba esa atracción irrefrenable: ¡¡Alberto estaba allí! !

¿Qué coño estaba haciendo en aquel pub? Pensaba que estaba en Santiago, centrado en sus exámenes, en sus trabajos de fin de semana y en todas esas mierdas que habían sido un obstáculo para nosotros.

¿En serio había estado yendo a Santiago cuando podía porque el «señorito» no podía venir, para encontrármelo ahora en el mismo pub que yo?

Pues sí, así era. Y, para colmo, estaba arrebatador con sus vaqueros rotos, su camisa de cuadros y una cazadora que le daba un aspecto renovado, casual.

Pero algo no me cuadraba: estaba asquerosamente guapo, pero también algo había cambiado en él.

Una chica que iba detrás lo agarró de la mano haciendo que se volviera: el morreo con lengua hasta la campanilla que le propinó respondió todas mis preguntas en un segundo.

Tuve mil impulsos en un momento: montar la clásica escena de celos, soltar un guantazo a la advenediza para tomar su lugar, largarme llorando de allí…

pero, entre todas las ideas propias de un culebrón venezolano que se me habían ocurrido, opté por la que mejor se me daba (que también era la peor posible).

Me acerqué a dos de los chicos que andaban babeando mirando los culos de mis amigas y empecé a besarme con ellos descaradamente, a dejar que me metieran mano y, con ello, atraer las miradas de gran parte de la gente que allí estaba. Incluida la de Alberto.

La reacción de él fue lo peor. No se puso nervioso, no se veía poseído por los celos…

en lugar de eso, sonrió con una expresión de superioridad aplastante.

Parecía que dijera «sabía que harías eso».

Dio media vuelta y se perdió entre la gente con la chica que le acababa de hacer una limpieza de estómago con forma de beso.

Y, mientras, yo me sentía como una idiota con los otros dos metiéndome mano: me despedí de ellos con dos sonoras bofetadas antes de largarme llorando de allí.

No sólo había fracasado en mi intento de joderle, sino que al final había montado un número digno de cualquier pestiño de novela romántica mala y tenía que escuchar como esos dos orcos me llamaban «calientapollas» mientras yo corría hacia mi coche; y todo esto en apenas dos minutos.

Pero no estaba de ánimos para celebrar ese récord de velocidad.

Llegué a casa y me metí en la cama, inmóvil, mirando al techo y tratando de entenderme.

¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué me había puesto así por verlo con esa chica si ya no estábamos juntos?

¿Por qué tuve que reaccionar de esa manera y montar ese numerito?

Y, sobre todo, ¿por qué lo seguía queriendo?

Estaba llorando y al mismo tiempo deseando volver a perderme entre sus brazos.

Maldito corazón, malditos celos… me cago en el amor…