F*ck Romance: Me cago en el amor È un mondo dificile
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È un mondo dificile

Efectivamente, necesitaba hablar con él y poner las cartas sobre la mesa.

No olvidaba que la primera en meter la pata fui yo y que el arrepentimiento, la culpa y lo loca que Alberto me volvía habían hecho el resto; tampoco me olvidaba de que había voces gritando dentro de mí, queriendo salir de esa prisión de miel en que me había metido yo sola.

Estaba colmada de amor, se suponía que tenía que ser feliz y, sin embargo, no lo era.

Hacía tiempo que sentía que había dejado de ser Tricia para ser, simplemente, la pareja de Alberto.

Todo a su gusto, todo girando en torno a que estuviera contento y complacido, todo en una mezcla tóxica de culpa y amor que me estaba matando…

No quise entrar cuando me recibió en la puerta del piso.

La cara le cambió, y desde entonces pienso que ya se lo olía, cuando vio que llegué sin mochila ni maleta alguna.

Le insté a salir para poder hablar dando un paseo, como si ese piso me pareciera su territorio y prefiriera jugar en campo neutral .

La calle olía a mojado, a ese aire purificado por el agua bendita de la lluvia.

Su voz, la de aquel hombre que me había tenido rendida a sus pies, no sonaba tan segura: más bien, sonaba a quien intenta parecer sereno pese a saber que iba a perderlo todo…

o, al menos, algo muy importante para él.

─¿Hablar? ¿Qué ocurre, Tricia?

─Alberto, no puedo más.

─¿He hecho algo malo?

─No. Lo he hecho yo.

─¿Que has hecho… qué?─. Ahí lo había dejado totalmente fuera de lugar. Al decirle que yo era quien había hecho algo malo, debió pensar que le había engañado con alguien y, visto mi «currículum», no era de extrañar. Por eso, casi ni me enfadé.

─Que he aceptado una relación que no podía ser. No así.

─No entiendo nada, Tricia.

─Estamos lejos y a la vez cerca. Apenas es una hora en coche, pero no podemos estar siempre que queramos.

Tú estudias, trabajas… yo trabajo también…

y los fines de semana estamos juntos. Y es maravilloso, de verdad…

─y no mentía, disfrutaba mucho de estar con mi amado y de las cosas que hacíamos juntos─ …

pero echo de menos un poco de tiempo para mí y para las cosas que me gustan.

Siempre me dejo para después y no quiero seguir así.

Alberto ni dijo nada ni esperaba que lo hiciera yo (que, por otro lado, acababa de soltar una parrafada y no se me ocurría nada más).

Agachó la cabeza y las gotas de lluvia se deslizaban por su cabello, mojando su frente y sus hombros.

Yo estaba a dos pasos, bajo los soportales, sin mojarme y sin entender por qué estas escenas quedan tan monas en las pelis aunque no te muestren el catarro posterior. ¿Tanto cuesta romper a cubierto?

─Entonces… ¿esto es un adiós?─, preguntó casi tartamudeando.

─No tiene por qué...─, sonreí con picardía ─...siempre podemos quedar cuando vengas de vacaciones.

Le planté un morreo de esos que te llevan a la cama.

Y, efectivamente, ahí mismo acabamos. Quería que tuviera claro que no lo estaba dejando de querer, que no tenía por qué ser una despedida sin retorno, sólo era que mantener una relación así no era sano: era vivir en una espera (sí, tenía razón cuando me dejó la primera vez), convertirnos en inseparables el poco tiempo libre que teníamos sin ese espacio para nosotros mismos, para crecer también cada uno por su parte.

Quería dejarle claro que no había dejado de sentir nada…

y debió entenderlo a la perfección, porque el sexo salvaje que vino después fue de lo más épico que habíamos tenido hasta entonces.

Así deberían ser las rupturas en vez de con la escena de la lluvia bajando por el flequillo...