F*ck Romance: Me cago en el amor Me cago en el amor
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Me cago en el amor

Pasaron varios meses y las redes sociales empezaron a implantarse en aquel entonces.

Empezaron a abundar los perfiles, los muros con fotos de vidas ficticias y pies en la playa, el postureo y las relaciones retransmitidas en tiempo real (excepto los cuernos) y, en fin, toda la tontería que vivimos desde entonces.

De hecho, empecé a aficionarme a leer con las modas de estas redes, ya que había personas que hacían unas recomendaciones que era imposible ignorar.

Ponían el mismo entusiasmo en contarnos por qué teníamos que leer este o aquel libro que el ponía yo en mis tiempos mozos, en darlo todo todo después de los conciertos.

Ay, qué momentos en las tiendas de campaña…

Alberto venía cuando podía, del mismo modo que yo iba a verlo a Santiago cuando cuadraba.

Todo iba de maravilla: con el trabajo, el tiempo pasaba volando; luego, chateábamos un rato por las distintas redes y plataformas de mensajería; y los reencuentros eran una mezcla de anuncio navideño con una película ñoña de sobremesa y escenas porno hardcore . Así íbamos pasando el tiempo…

Las semanas transcurrían de forma rutinaria y variada al mismo tiempo: rutinaria, porque tenía que cumplir con mis horarios de trabajo; variada, porque las clientas le daban ese color.

Tiñe aquí, corta allá, puntas, degradado, decoloración, vetas de color rubio platino…

Las horas libres me parecían escasas hasta cuando libraba todo el día.

Creo que mi día favorito del mes, aparte de los que pasaba junto a Alberto, era cuando un mensaje de la app del banco me decía que había cobrado la nómina.

Eso y el día en que me llamaron los jefes para renovar mi contrato.

Los días libres eran de todo menos libres.

O tragaba carretera para ir a Santiago o preparaba una pequeña maleta para irme a ese fin de semana que Alberto convertía en nuestro nidito de amor.

Aun a día de hoy, si esas paredes hablaran serían guionistas de cine para adultos que ríete tú de Mario Salieri.

Pero una sensación extraña comenzaba a invadirme. Algo me impedía ser plenamente feliz…

Mientras intentaba saber qué era, la vida seguía.

Corta aquí, tiñe allá, unas mechas, papel de plata…

horas libres que consistían en un breve descanso, un par de tareas en casa, cenar y leer un poco hasta que los ojos se me cerraban hasta que la alarma me volviera a despertar.

¡Arriba ese culo, que hay trabajo! Días cíclicos en los que la única novedad era hasta dónde cortar el pelo y de qué color aplicar el tinte.

Acabé odiando el rubio pollo y adorando el moreno azulado.

Y yo, con mi cabellera pelirroja, sin saber qué coño hacerme…

Cuando iba a Santiago, tampoco era mucho mejor.

La ciudad es preciosa y todo lo que queramos, pero Alberto se estaba acomodando y hasta esos fines de semana juntos se convirtieron en rutina: Plaza del Obradoiro, Catedral, parque con su preceptiva foto haciendo el chorras junto a la estatua de Valle-Inclán, cena…

Lo más variado era, si acaso, alguna postura de fantasía para nuestra maratón sexual de viernes y sábados que nos ponía al día con el ansia de la semana.

Cosas de tener internet en casa.  El resto, rutina y más rutina hasta que empezaba a darme pereza esa hora escasa de viaje hacia mi chico: a su modo y salvando las distancias, esos fines de semana empezaban a saber a un lunes cualquiera.

Me daba apuro decirle algo al respecto. Pensaba en cuántas veces había sido yo quien pusiera en peligro lo nuestro, en tanto estuve tantas veces a punto de perderlo; recordaba cuánto me dolió que me dejara y el daño de no saber de él durante meses; todavía me duraba el entusiasmo de aquel reencuentro en la playa y hasta me temblaban las piernas cuando el orgasmo de aquel día visitaba mi memoria.

Pero todo eso era como una baranda a la que agarrarme y, de tanto asirme a ella, la estaba desgastando.

Eran recuerdos que me permitían mantener las ganas de seguir…

pero se estaban quemando como esas cintas de vídeo que has estado viendo y rebobinando muchas veces (algunos sois muy jóvenes, preguntad a vuestros mayores).

Me estaba dando cuenta de que no tenía tiempo que dedicarme: me estaba dejando a mí misma para después.

Cada fin de semana juntos éramos inseparables, he visto marcajes de Sergio Ramos menos asfixiantes y corría más el aire en el Bailar Pegados de Sergio Dalma.

Al final, me estaba quemando de estar yendo de casa al trabajo y viceversa, de tener que ayudar a mi madre con la casa, de que los fines de semana fueran casi una obligación y de desear que Alberto tuviera exámenes para tener un par de días para mí.

Si en ese momento me hubieran llegado a plantear tener hijos, habría mandado a quien sea al mismísimo carajo.

No sabemos muy bien

entre tú y yo

Y aunque parezca

no es tu culpa

la culpa es del amor…

Madurar es entender que a veces amar no es lo que nos han vendido: nos han hablado de la renuncia por amor, del sufrir por amor, del aguantar o resistir por amor…

pero en ese tiempo, en esos momentos en que tenía un ratito para pensar, entendí que tenía que quererme un poco a mí misma y que sólo así podría querer de verdad a otras personas; entendí entonces que no estaba amando, sólo complaciendo a ese hombre al que quería y a esa parte de mí que quería amarlo de esa forma tóxica y aprendida…

y en esos pensamientos llegó otro fin de semana.

Por qué voy a creer

yo en el amor

si no me entiende,

no me comprende

tal como yo soy

─Alberto, tenemos que hablar...