F*ck Romance: Me cago en el amor El final del verano
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El final del verano

llegó y tú partirás…

yo no sé hasta cuándo

este amor recordarás

Sí, la Tricia de entonces daba bastante grima y la de ahora tiene sus ramalazos, teniendo en cuenta que estoy recordando esta historia con canciones de las que solían gustar a mi madre y mi abuela.

Joder, que encima de que estaba en mi etapa más ñoña y empalagosa lo estoy contando con un aire viejuno que huele a cerrado.

Ese mes de vacaciones se pasó volando junto a Alberto.

Fiestas, paseos por la playa, cenas románticas, tórridos revolcones, conciertos, verbenas, mamadas de soslayo en algún rincón escondido...

También hubo más visitas a Santiago (no a mi vecino, a la ciudad) para despejar los nubarrones que enturbiaban mi cabeza y complicaban mi decisión.

Que no es que se pudiera aclarar mucho cuando, en pleno verano, estás viendo coches, gente, más coches, más gente, que no hay mesa en ninguna parte y que todo es ruido y marabunta.

Pero en el otro lado de la balanza estaba él…

Faltaban dos días para que se fuera y yo seguía indecisa.

¡Qué presión! Parecía la típica pedida de mano en el aeropuerto después de que Mike consigue alcanzar a Susan y están rodeados de gente: el policía que lo dejó pasar por una zona restringida, el del coche con las maletas que lo acerca al avión, el corrillo de pasajeros conmovidos…

y todos ahí, metiendo presión a Susan después de que Mike haya metido la pata y le pida matrimonio sólo para que alguna maruja se harte de llorar al terminar la película…

No sé por qué no suele salir después cómo se llevarán después de que la convivencia haga estragos y haya nacido el pequeño Timmy…

En fin, que me disperso y los cerros de Úbeda se me quedan cortos.

Faltaban dos días para que se fuera, yo seguía hecha un lío y me sentía con la misma presión que la tal Susan de las películas.

Y no, no tenía intención de escaparme en avión como ella.

Sólo quería ser feliz y decidir sabiamente.

Pero, aunque pudiera parecerlo, no tenía dos días para pensarlo.

Habíamos quedado esa noche para cenar y era fácil suponer que la pregunta del millón (de dudas, no de euros) llegaría esa misma noche.

Pasé el día entre los quehaceres de siempre, preparando también las cosas para el trabajo: él volvería a Santiago, yo me incorporaría al salón de belleza...

También ayudaba a mi madre en casa mientras pasaban las horas.

Esta vez, omití el combate con el armario.

Me parecía tiempo perdido buscando un estilo concreto si después iba a coger lo primero que alcanzara porque se me echara la hora encima sin encontrar nada que me gustara.

Llegué al mismo restaurante de la otra vez.

Pensé que había que ser masoca para elegirlo después de aquel numerito, incluso imaginé al camarero diciéndole a Alberto «¿desea un casco junto con las bebidas, caballero?

». En fin, ahí estaba yo, fumando en la puerta mientras lo esperaba y hasta vestida como la otra vez.

Al final, hasta pensaba que nos vetarían la entrada por mi apariencia recordando a «la loca del guantazo».

Alberto llegó. Estaba arrebatador, como siempre, con sus vaqueros rotos junto a su camiseta de Celtian y una camisa de cuadros atada a su cintura.

Vale, decidiera lo que decidiera no iba a cambiar el hecho de que estaba loca por él…

Notaba su nerviosismo, sabedor de que en aquella cena sería inevitable preguntarme qué haría.

Y yo estaba también nerviosa, sin saber si estaba terminando de decidirme o buscando las palabras para decirle lo que pensaba hacer.

Lo único que tenía claro era que no lo tenía nada claro.

El camarero vino a tomar nota de las bebidas y los entrantes.

Era divertido notar que nos había reconocido y que nos miraba con recelo, no fuera a ser que la volviéramos a liar.

Su trato seguía siendo afable y educado, pero sus ojos no mentían: estaba más tenso que si tuviera diarrea, estuviera en un jardín y fuera alérgico al polen. Aaaaaaatchúúúúúúúúúúússssss.

—En fin…

—Serafín…

—Tricia, déjate de coñas…

—Venga ya, Alberto. Vamos a relajarnos un poco, anda…

—Es que me voy pasado mañana y…— dos frases tardó el jodío en ir directo al grano.

—¿Y te parece difícil? Soy yo la que tengo que elegir entre mi vida y tú—.

La expresión dura de mi cara puso en alerta al camarero, que nos miraba de reojo mientras iba y venía entre las mesas.

Le guiñé el ojo con una discreta sonrisa, como queriendo decirle que todo iba bien.

Pero como los gestos cómplices siempre me salieron forzados, debió pensar que era una psicópata a punto de descuartizar a mi acompañante.

Alberto tenía un semblante entre serio y melancólico, como si después de mi primera respuesta hubiera asumido que la respuesta sería un «no» (y tenía razón: hasta tú, querido lector, lo viste venir cuando aún ni habías leído la introducción).

O eso o estaba utilizando la técnica del pollito lastimero para ver si me ablandaba y me decidía a irme con él.

—Cielo…— a veces me ponía un poco melosa para dar malas noticias —… no veo posible irme para allá en este momento.

Alberto no dijo nada. Casi no le cambió la cara, sólo paró de cortar el solomillo para mirarme con cara de resignación.

No había sorpresa, no había enfado… por no haber no había ni sangre en las venas.

Pero supongo que, después de un buen rato rumiándolo, mis palabras sólo fueron la confirmación de lo que temía.

—Alberto, piénsalo: tengo un trabajo, tengo una posibilidad de independizarme, estoy mirando pisos y quién sabe si alguna casa…

ahora soy mucho más que aquella chica alocada que corría rallys y se desmelenaba en los festivales.

Y, además, estás tú…—, le dije, buscando encaminar la conversación.

No quería perderlo, pero tampoco volver a depender de nadie.

—Cielo, quiero estar contigo, pero ¿por qué no seguimos así hasta que acabes la carrera y vemos qué hacer cuando encuentres curro?

Alberto sonrió y su mirada se volvió más melancólica pero recuperando el ser: al menos, ya no tenía la cara de muerto o de alelado ( fifty fifty ) que tenía unos momentos antes.

—Tricia… yo te quiero…— comenzó a decir.

Su sonrisa se ampliaba tanto como su mirada triste.

No obstante, su gesto era diferente y transmitía calma.

Era, al mismo tiempo como quien está satisfecho de ver a alguien progresar pero al mismo tiempo siente el resultado como una derrota —… pero quedan unos años todavía.

—Anda, nene— más melosa todavía… —compréndelo, ni siquiera sabemos dónde vas a trabajar, dónde iríamos… o si tendrás que irte. Ya cruzaremos ese puente…

—… cuando lleguemos al río—, me terminó la frase. Me daba rabia porque me interrumpía, pero también me gustaba porque me hacía ver que me escuchaba y me atendía. —Tricia, tienes razón, me he precipitado. Dime, ¿qué vamos a hacer?

—Follar.

—Digo para estos años, no para después de la cena.

—¡Oops! — esto lo dije sin ironía, había sido un gambazo histórico. —Pues creo que vernos cuando podamos hasta que acabes tu carrera y tengas el futuro más definido. Tampoco es cosa de ir mudándose a lo tonto.

—Pensando en el futuro, con sentido práctico…

Dios, he creado un monstruo—, dijo Alberto entre risas.

Su cara reflejaba la melancolía de quien esperaba llevarme con él a la capital gallega.

Pero también tenía la satisfacción de ver que me preocupaba de todo lo que pudiera afectar a nuestra relación: se notaba que quería estar con él y hacerlo de forma sana y práctica.

Si es que soy un amor… Bueno, no. En realidad no.