Chove en Santiago
El amanecer nos sorprendió a su manera, asándonos como pollos.
Entre el calor concentrado de nuestros cuerpos y el de los rayos del sol que penetraban en nuestros ojos, se podían freír huevos en los asientos del coche: no exagero, Alberto casi se quema los suyos.
Nos pusimos la ropa interior antes de abrir las ventanillas, por si algún caminante madrugador pudiera vernos por ahí.
Tuvimos suerte de que no hubiera nadie rondando por allí: dentro de un coche siempre es más fácil desnudarse que vestirse.
Aún sentía en mi cuerpo la vibración del último orgasmo.
También la sacudida emocional, la noche anterior había tenido unas cuantas de esas.
La ilusión, el enfado, la catarsis de aquel «te quiero», incluso ese momento en que me sentí validada porque le dije a Alberto que tenía que pensarme lo de Santiago ahora que tenía trabajo y un proyecto de futuro.
Y todo eso estaba bailando el vals de las mariposas en mi cabeza.
« Dime si tú hoy
quieres bailar con el son de
el vals de las mariposas
conmigo… »
Sí, efectivamente tenía esa música cursi en mi cabeza.
Para que luego me digas que no daba grima.
Pero en aquel momento sonaba a música celestial, a un corazón colmado de felicidad, a paseos de la mano y besos a la puesta de sol…
Cuánto tiempo había sido la chica más macarra, gamberra y hasta insensible, mientras que en los brazos de Alberto me había convertido en la paciente número uno infectada con el virus de las princesas Disney. ¡¡Puagggg!!
Nos despedimos sin querer hacerlo, pero con la promesa de vernos por la tarde para ir a Santiago.
Él quería enseñarme dónde vivía, cómo era ese pequeño mundo que se había construido en su primer año de carrera.
Supongo que esperaba con ello convencerme para irme allí a vivir con él o al menos que cualquier decisión se tomara conociendo lo que allí me encontraría.
Aún nos quedarían unos años allí y luego ver a dónde nos llevaría el futuro…
Lo primero que comprobé era que por la autopista llegamos en una hora.
Un tiempo que se duplicaba, según me dijo, yendo por la carretera general.
La cosa es que yo prefería esta última: cuando hay poco tráfico, es divertido pisar un poco más el acelerador y marcarme un pilotaje de rally improvisado.
Una cosa es que por entonces corriera con menos frecuencia y otra muy diferente es perder esa adrenalina de coger las curvas a toda pastilla y castigar el embrague o el freno de mano.
No era la primera vez que iba a Santiago de Compostela, pero sí era la primera vez que iba mientras barajaba la posibilidad de quedarme.
No es lo mismo «ir» que «irse», pudiendo volver o sin «volverse».
La ciudad me gustaba: tiene un regusto antiguo que enamora, gusta a la vista llueva o no; aparte, Alberto me contaba la historia que conocía de cada rincón.
Esa ciudad era como una anciana que te cuenta una historia en cada uno de sus recovecos porque puede, porque ha sobrevivido a siglos y porque le da la gana.
La Catedral es famosa universalmente, pero Santiago es mucho más que eso y si lo digo es porque mucha gente se ha creído que la ciudad empieza y acaba en la Praza do Obradoiro.
Aún así, no estaba tan convencida de que quisiera quedarme.
Me gustaba la vida en mi pueblo, la tranquilidad.
Sin tantos turistas y sin tanta gente de las zonas aledañas yendo y viniendo por trabajo, por trámites, por ocio o por lo que sea.
Me gustaba (y me gusta) ese día a día donde la gente se saluda, aunque no se conozca; los paseos por el río cuando el sol hace más bonitos los parajes donde aún no vive nadie (y que siga así por muchos años) o cuando la lluvia le da ese aire indómito y aroma a tierra mojada; y qué decir de ese olor a leña quemada cuando el frío del invierno enciende la chimenea de cada hogar…
Sin embargo, la ciudad era con un bonito hormiguero.
Preciosa, sí, pero con mucha gente andando con prisas, terciando a paso ligero cual pelotón militar; coches metiendo ruido, aglomeraciones por doquier…
mientras yo me preguntaba cómo hacía esa gente para no volverse loca con ese ritmo frenético de vida: universitarios por todas partes, turistas por doquier y el estrés propio de la vida urbana.
No tenía claro que eso fuera para mí. Sin embargo, lo que parecía un «no» rotundo se convertía en un «quizá» cuando miraba a Alberto.
Era como si todos los inconvenientes de la vida en la ciudad fueran un pequeño peaje a cambio de vivir con él.
Y, sin embargo, no estaba segura de querer pagar ese peaje.
No era por no quererlo, sino por no ser feliz incluso teniéndolo a mi lado.
Verlo cuando no estuviera en la Facultad, dormir juntos (cuando no estuviera trasnochando para estudiar), poder salir juntos a la primera oportunidad (que serían pocas) …
y todo esto dejando atrás cuanto había conseguido hasta el momento en un pueblo pequeño, con las dificultades que eso tiene.
Todo eso pasaba por mi cabeza a cada paso.
Por un lado, estaba un lugar maravilloso, aunque con una vida estresante; por el otro, estar con el hombre que amaba, aunque tuviera que verlo aprovechando las migajas de su tiempo que me dejara todo lo demás.
Y por otro, no tener nada de esto, seguir con mi vida recién construida y verlo sólo cuando él pudiera venir…
La elección se me antojaba difícil. El equilibrio entre pros y contras me parecía tan ajustado que no veía claro que quisiera tomar ninguna decisión.
Y, mientras, escuchaba a Alberto contarme la historia de cada sitio que visitábamos y sus anécdotas en salidas con sus compañeros o en algunos momentos cotidianos.
Su entusiasmo contrastaba con el centrifugado de mis meninges.
«Tío, que me gusta escucharte, pero cállate un poco que estoy pensando», decía mi mente cada diez segundos.
Adoraba escucharlo, pero mi cabeza andaba a otra cosa y cualquier cosa empezaba a ser molesta por mucho que me gustara.