F*ck Romance: Me cago en el amor Love Burger
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Love Burger

Terminamos la velada en un búrguer cercano.

Habría sido muy incómodo seguir cenando en aquel restaurante, con todo el mundo mirando después de la escena que habíamos montado y con la marca de mi mano haciéndose más visible en la mejilla de Alberto.

No era la primera vez que le hacía sonar los dientes a algún tipo que intentara propasarse o hacerme algo sin que yo quisiera o consintiera; pero nunca había estado tan furiosa como aquella noche con mi amado.

En vez de tocarme el culo, me había roto el corazón.

Vale que después lo arreglamos, pero la hostia ya se la había llevado puesta.

Reconozco que tenía su gracia lo acaramelados que estábamos después de la escena de película en el restaurante.

Él me hablaba con su voz cálida y pausada, me decía cuánto me quería y cuánto había meditado lo que me había dicho; me decía cuán malos habían sido esos meses sin mí o cuánto me había echado de menos.

Yo lo miraba, embelesada. Bueno, eso le dije a él: en realidad, era hipnótico ver la marca de mi mano moverse según él hablaba o masticaba.

Mi cabeza daba vueltas a su propuesta. Me dijo que me fuera a Santiago con él.

Y yo me debatía entre dejar mi trabajo y todo lo que estaba consiguiendo o seguir los latidos de mi corazón con rumbo a donde él estuviera.

Era cierto que no estábamos tan, tan lejos, pero tampoco estaba segura de que mis visitas fueran oportunas o fueran a interrumpir su estudio o su descanso.

Si, además, trabajaba los fines de semana, aunque fuera de vez en cuando, nos veríamos lo mismo que estando separados…

Al final, bien pensado, era ir para nada.

Tampoco quería contrariarlo o que pensara que no quería estar con él.

Después del reencuentro del día anterior y de cómo habíamos pasado esa velada (hasta el guantazo resultó romántico), no quería que pensara que intentaba pasar de él o que sólo había hecho un papelón para volver a follármelo.

Que tampoco tendría sentido el cabreo de hacía un rato si ese hubiera sido el caso.

—En fin, ¿qué hacemos? ¿Nos vamos juntos a Santiago?

—Alberto, ahora tengo trabajo aquí. Y sabes cómo están las cosas. Déjame pensarlo un poco… —Te entiendo. Y me gusta mucho cómo piensas ahora.

Esa vez no me enfadé. No era estrategia, era comprensión.

Era entender que ahora estaba en mi propio proceso de buscar mi futuro y que no era algo para decidir así como así, por más que quisiera estar a su lado.

Lo que más me gustó fue que por una vez era yo quien tenía la sartén por el mango.

Él decidió dejarme, él había vuelto a caer en mis redes, él era quien estaba pidiendo en lugar de conceder…

Tenía una extraña sensación de poder, aunque tampoco tenía intención de emplearlo si no era por el bien de los dos.

Cualquiera que me viera entonces diría que estaba madurando.

Terminamos nuestras hamburguesas y nos fuimos a la playa donde nos habíamos reencontrado el día anterior.

Allí, nos metimos en su coche (era más grande) y nos quedamos contemplando el horizonte, las estrellas y ese oleaje nocturno que inundaba el ambiente de magia con su murmullo.

Era el escenario ideal para una pedida de matrimonio o algo así, pero no olvides que la sección de novelas cursis es ahí enfrente.

Nosotros aquella noche optamos por abrir una cerveza (bueno, él agua sin gas) y escuchar las olas mientras nos gastábamos los labios en besos y más besos.

Sentía cada roce como un cosquilleo amable que me hacía sentir las dichosas mariposas (y yo que siempre dije que las del estómago eran hambre).

Su piel era como una manta que me brindaba refugio y abrigo.

La ropa comenzaba a sobrar y el calor de nuestros cuerpos formó una capa de vaho en las lunas del coche que hizo las veces de cortina para darnos intimidad.

Ahí estábamos, solos en mitad de la nada, con la noche haciendo de velo, nuestro calor ocultándonos de ojos ajenos y el mar amenizando nuestros besos y caricias.

Sin esperar mucho más, nuestras pieles volvieron a unirse.

Su abrazo era más cálido que nunca, mis brazos rodeaban su cabeza sin permitir que su boca se separase de mis pechos, mis piernas querían atraparlo para que nunca más se fuera de mí…

también es verdad que, sentados en el coche, era un poco difícil.

Con unas contorsiones imposibles pasamos al asiento de atrás sin salir del coche.

Sudábamos como en una sauna, fruto del propio calor que emanaban nuestros cuerpos.

Me sentía extraña y llena de gozo al mismo tiempo.

Había experimentado casi todo lo que conocía por entonces, creía tener mis preferencias claras, pero esa delicadeza con la que Alberto se desempeñaba era jugar en otra liga: puro arte, poesía amatoria en movimiento.

Habíamos estado juntos más veces, como la primera vez que estuvimos saliendo, pero parece que le sentó bien la pausa: anda que no había aprendido nada en ese paréntesis que estábamos cerrando...

Había conocido falos monstruosos, expertos en spanking , todas las prácticas habidas y por haber (o eso creía entonces), pero siempre en esa premisa del empotrador duro, el que o te saca el orgasmo o te rompe las caderas…

Esto era otra cosa. Sabía rozar lo justo para que lo sintiera sin tocarme del todo; sabía aumentar la intensidad por unos momentos y sin que lo esperase; su forma de buscar mi placer era jugar con mi mente, hacerse imprevisible rompiendo los esquemas sin romperme las caderas…

y sorprenderme a cada momento con una nueva habilidad, como si fuera creando cada movimiento sobre la marcha.

Como decía, el beso de sus labios era un cosquilleo amable en los míos, sólo que no en los mismos labios. Vaya cunnilingus que me hizo, el jodío.