Una escena de cine
Los ojos se me abrieron como platos, la boca se me abrió hasta casi caberme la bandeja de los entrantes y mi piel, siempre nívea, se puso roja como la grana.
—Que no quiero que tires tu vida en esperas durante el tiempo que esté estudiando. Pienso en mi futuro, sí, pero también miro por ti—, dijo Alberto.
En ese momento, mi vida entera se había convertido en una montaña rusa de emociones.
La atracción desde el instituto, el arrepentimiento cuando le hice daño, el romance, la ruptura, el duelo y el sufrimiento de seguir enamorada mientras él estaba a kilómetros de mí.
Me dejó para centrarse, como si yo fuera una mera distracción.
Padecí, lloré, dejé de hacer el ganso como solía, todo por tenerlo siempre presente.
Y en esta vorágine de emociones, lo que más me dolía era ese paternalismo, esa mezcla de superioridad machista y condescendencia que me había roto en dos durante todos esos meses.
Lo quería, estaba loca por él, pero acababa de tocarme el coño y no como me habría gustado.
Mi cuerpo y mi mente se debatían entre comérmelo a besos o largarme de allí…
Ahí me veía, en medio de aquel comedor lleno de gente que clavaban en mí sus miradas como punzones.
Seguramente les estaba jodiendo la cena con el numerito que estaba montando, pero no nos vamos a engañar: cuando toda tu vida parece desmoronarse, cuando te acaban de decir que todo el llanto que derramé por él era justo porque él quería evitar ese llanto…
¡Zas!
La bofetada sonó como una pedrada en una puerta de chapa.
Me levanté entre lágrimas, roja de ira mientras todos los comensales miraban con cara de «menos mal que no le debo dinero a esta tía».
Acerqué mi cara a la suya con una mirada de esas que funden el plomo y sobrecogen la bolsa escrotal más inesperada: dicho de otro modo, tenía una cara de loca que acojonaría al más pintado.
—¡Puto gilipollas…! No sabes lo que he sufrido, lo que he llorado…
Bah, qué más dará. Aquí sólo importa tu carrera de…
— en ese momento me di cuenta de que no tenía ni idea de qué estaba estudiando.
Pero, aunque me sintiera estúpida por un momento, no cabía vacilación alguna.
Una vez empezada la escena, había que acabar.
» …no sé qué mierda estás estudiando. Te he tenido presente cada día, no podía ni quedar con nadie porque siempre estabas ahí.
Y ahora me vienes con «no eres tú, soy yo»— esto último, haciendo un remedo furioso, pero que recordándolo ahora queda bastante cómico — …
pues sí que eres tú, sí: ¡¡eres un gilipollas! !
Salí de allí montando más en cólera con cada paso, mientras Alberto salía detrás de mí aun limpiándose el agua de la copa que acababa de echarle a la cara (me salió algo forzado, pero en las pelis lo hacen así).
Buscaba mi coche, enfurecida como nunca lo había estado.
En ese momento, una mirada mía habría hecho que las olas del mar quisieran volverse hacia dentro y romper en otra parte.
Pero una mano me detuvo cuando casi llegaba al aparcamiento.
—¡TE ESTOY DICIENDO QUE TE QUIERO, TRICIA!
Miré hacia él cargando ya la otra mano, la que tenía libre, para arrearle otro guantazo.
Sin embargo, el fuego de sus ojos penetró en mi mirada, en mis adentros y hasta en las ideas que había tenido el mes anterior.
Yo apretaba los dientes, con la furia todavía tensando todo mi cuerpo.
Cerré los ojos por un segundo, un solo instante de reflexión…
—¿Qué me estás diciendo qué? —. Sí, se me puso cara de tonta, lo confieso.
—Que te quiero. Que no quiero que tengas que esperar a que yo vuelva. Que no quiero distancias entre nosotros— su voz se volvió tan profunda e intensa que empezaba a traspasarme las entrañas. No sabía si arrancarle la ropa ahí mismo o darle otro bofetón.
» Quiero que te vengas conmigo—, me dijo mirándome de tal manera que sentía borbotones de humedad saliendo de mi ser. O me estaba poniendo cachonda o me estaba meando encima.
Me lancé a él besándolo como nunca lo había hecho.
Lo abracé con fuerza, como si quisiera espachurrarlo entre mis brazos.
En el pasional arrebato, parecíamos movernos sin ser conscientes de dar un paso.
Ese «te quiero» me había desarmado por completo.
Dos palabras, años de espera, meses de duelo y luto por mí misma, todo se había derrumbado ante una declaración que llevaba esperando desde el instituto.
De repente, unos aplausos me sacaron de mis pensamientos.
Ambos abrimos los ojos y pude ver la cara de sorpresa de Alberto y mi cara de estar flipando en el reflejo de sus ojos.
Estábamos allí dentro, de nuevo en el comedor.
Una voz puso la guinda al esperpéntico pastel:
—¿Les sirvo el primer plato o van a querer ustedes la cuenta?