Cenando en tus manos
Nos despedimos tras otro rato lleno de mimos y carantoñas.
Eso me encantaba de Alberto, el sexo no terminaba cuando ya nos habíamos corrido.
Seguía un lapso interminable en el que me hacía sentir querida, además de deseada.
Pero el tiempo tiene esas cosas, a veces ventaja y otras veces jodienda: se pasa.
Y tenía que volver a casa, así que quedamos para cenar esa noche.
Quedaba mucho por decir entre nosotros, pero no había llegado el momento (sí, lo he repetido mucho, pero es que no llegaba nunca).
Estaba claro que, después de un reencuentro tan hermoso como el nuestro, no lo íbamos a estropear con conversaciones pendientes: simplemente, nos dejamos llevar.
No se puede negar que fue todo un acierto.
Pero, efectivamente, no podríamos mantener mucho tiempo esa táctica de esquivar la ocasión y aplazar lo inevitable.
Y, además, él se iría en poco menos de un mes.
Pasé el día en casa, buscando anuncios para alquilar un piso y ayudando a mi madre en las tareas domésticas.
Que sí, que había sido lo más callejera y fiestera del mundo, pero también tenía esa faceta familiar (y si no, que pregunten a mi primo).
Como decía, estuve entretenida en mis quehaceres mientras pensaba qué decir y cómo afrontar esa cena con Alberto, ese chico que me tenía enamorada hasta los huesos.
Era difícil pensar en qué decir cuando no se sabe de qué quería hablar él.
Sólo podía acordarme de cómo todo perdió cualquier aliciente, cualquier atisbo de sentido; lo que antes me gustaba, había pasado a ser totalmente irrelevante.
Disfrutaba de las carreras y poco más, había dejado de quedar con chicos, los festivales sólo me recordaban cuántas veces metí la pata, como cuando acabé en la tienda de mi primo o en la mía con aquellos moteros…
Hasta se me escapaba alguna lágrima pensando si todo no habría sido diferente de haberme centrado más en él y menos en divertirme sin considerar los daños colaterales.
A lo mejor no habríamos roto nunca si yo nunca le hubiera hecho daño.
Sin una sola bala en la recámara de mi cabeza, sin saber qué le diría cuando estuviera allí con él, tocó elegir vestuario.
Siempre he sido de vestir con comodidad, optando por los leggins y alguna camiseta y procurando no comerme demasiado la cabeza.
Sin embargo, algo me empujaba a querer estar más que estupenda para esa cena, no como aquellas pijas del instituto, pero sí que le nublara la vista nada más llegar.
El problema era que cualquier cosa que no fuera mi forma habitual de vestir me producía la sensación de parecer una mona disfrazada.
Desde luego, no pensaba ponerme ese vestido que tenía siempre para las comuniones, bautizos y funerales (en las bodas prefería estar fuera fumando y preparando los puñados de arroz); tampoco pensaba ponerme ese traje de chaqueta que tenía ahí para cuando tocaba alguna otra ocasión más formal.
El tiempo pasaba, la hora se acercaba, yo estaba peleando contra el armario… y estaba perdiendo la pelea.
Al final cogí unos vaqueros y una camiseta: era la ropa de mayor gala que podía lucir sin perder mi propia esencia.
El pantalón pedía un contacto íntimo con la plancha, pero la prisa me hizo decidir que eso ya se planchaba puesto.
La camiseta tenía un punto intermedio entre mi estilo y todas las pijadas que pensé ponerme, haciendo lucir mi busto sin escote ni nada; reconozco que Eddy de Iron Maiden tiene un aspecto particular cuando mis tetas le dan forma.
Llegué al restaurante con tiempo de sobra.
Quizá fuera el ansia de verlo, puede que el nerviosismo por hablar con él y reverdecer viejos laureles de amor, tal vez el gusto por conducir como si estuviera en plena carrera pese a que mi coche fuera un utilitario normal y corriente…
el caso es que estaba fumando en la puerta cuando Alberto llegó.
El sitio era elegante, aunque sin excesivas pijadas.
No era de estos restaurantes donde es obligatorio usar corbata ni se exige a las mujeres «vestir con decoro», un concepto muy difuso: una idea para etiquetarnos a todas por la ropa, decidiendo quién es «digna» y quién «incorrecta».
Algo que siempre me ha tocado bastante los ovarios es que alguien ajeno a mí decida quién soy en base a sus prejuicios.
Que sí, que soy una loca del coño, pero que lo soy porque quiero, porque me gusta y porque así lo he decidido.
—¡Qué puntual! Sí que estás cambiando—, le dije a Alberto con tono burlón.
—Bueno, yo podría decirte lo mismo, pero sin ironía—. ¡Qué cabrón! Acaba de llegar y primer jaque mate. —Estás preciosa, Tricia.
Donde hacía un segundo lo habría mandado a esparragar, su piropo me hizo sonreír como una tonta y escuchar canciones en mi mente. « Everybody loves somebody sometimes… ». Eh, frena un momento, Tricia. Lo de ser cursi recordando, se te perdona; lo de ser hortera, ni de coña.
—Tú… tú tamb… tú también estás muy guapo—. Y, en verdad, estaba rompedor con sus vaqueros rotos, su camiseta de Saurom y esa camisa de cuadros rojos y negros anudada a la cintura. Él estaba para morderle el cuello y yo, quedando como una idiota tartamudeando y sonriendo con cara de lela. Genial.
—¿Vamos dentro?
Su propuesta sonó a romper el momento, aunque no para mal precisamente.
Con lo bien que me conocía, estoy segura de que sabía que en ese momento estaba pensando «tierra, trágame y ni eructes por si me escapo».
Estaba tensa como si estuviera en un juicio; peor aún, en un juicio tendría un abogado al menos, alguien que hablara por mí.
Siempre fui muy propensa a cagarla y, cuanto menos hable en momentos cruciales, mejor.
Llegamos a la mesa y pedimos las bebidas.
Yo pedí una copa de Rioja y él un agua sin gas.
Caray, qué sano se me había vuelto de repente con lo que le había gustado el vodka, la ginebra y el ron blanco.
También es cierto que siempre había sido prudente a la hora de beber si luego había que coger el coche.
Sí, podía parecer aburrido o soso, pero igualmente me volvía loca.
Ahí estaba yo, con los ojos haciendo chiribitas como si hubiera tomado alguna pastilla de las que sólo se recetan en alguna discoteca de Ibiza…
En fin, que trajeron los entrantes mientras nosotros estábamos a punto de, precisamente, entrar en materia…
—Tricia, lo de anoche…—, comenzó a decir.
—Ya, estuvo bien, pero «no quiero que haya confusiones, lo nuestro no puede ser, bla, bla, bla…»—, le interrumpí bruscamente. Iba preparada para un chasco (bueno, eso se nota ¿no?).
—…en realidad me abrió los ojos—, continuó obviando mi interrupción. —Entre nosotros hay algo que sigue ahí.
¡Toma! ¡Chúpate esa por lista, pelirroja! Creyendo que sabía lo que me iba a decir, volví a quedar como una idiota.
—¿Y cómo llamarías a ese «algo»? —, pregunté haciéndome la digna, como si él no se hubiera dado cuenta de que me había partido los esquemas en dos y que estaba deseando besarlo hasta que me tuvieran que implantar labios de titanio o yo qué sé.
—Ese «algo» es amor, Tricia. Nunca dejé de quererte. Pero no quiero que vivas esperando al fin de semana o a cuando yo pueda venir.
—¿Cómo has dicho?