El Reencuentro
Así, currando y fingiendo que me gustaba mi nueva vida, llegué al verano siguiente.
Mis primeras vacaciones bien ganadas; y lo digo así porque, hasta ese momento, sólo había tenido las escolares, que son más que nada las vacaciones de los profesores y demás personal del instituto.
No creo que nadie merezca vacaciones de tres meses tras otros nueve tocándome el papo a dos manos como hacía en el instituto, no; esta vez me las ganaba después de meses de trabajo duro y constante.
Ese verano sí entendí a mi padre cuando decía que las vacaciones siempre son cortas.
Fui a la playa, fui de ruta por los acantilados (otra cosa que me encantaba), iba de barbacoa con mis amigos…
Pero claro, no había tenido en cuenta un pequeño detalle: en una de las barbacoas nocturnas en una cala escondida de la playa, me encuentro con…
¡Tachán! Alberto (sí, ya el título del capítulo era un spoiler , no sé por qué lo cuento con tanta fanfarria).
Reconozco que me sentí medio idiota por no esperarlo, ya que mi núcleo de amigos y amigas era el suyo.
Amigos de él más que míos (bueno, Diego después de follarme como un salvaje el día del café estaba ahí entre los dos) y, aparte, el grupo de las chicas que eran sus novias (y algunas ex que, por lo que sea, no estaban en estas quedadas).
El caso es que, después de tenerlo tan presente incluso para tratar de olvidarlo, no pude evitar aplaudir al verlo mientras con las manos sujetaba mi plato con carne asada y mi cerveza.
Sí, efectivamente, era el tipo de aplauso que estás pensando y que nunca verás en el público de los programas de la tele.
—Hola, Alberto—, dije tratando de mantener la compostura pese a que quería abalanzarme sobre él y besarlo hasta que mi lengua se gastara.
—Hola, Tricia—. Su voz sonaba tan calmada y varonil que me traspasaba las entrañas y me hacía estremecer el clítoris como el culo de una serpiente de cascabel.
—¿Cómo estás? Cuánto tiempo sin vernos.
—Bien, avanzando con los estudios y currando a veces los fines de semana. Ya sabes, sin miedo al éxito.
No sé cómo recuerdo sus palabras cuando todo lo que podía hacer era mirarlo embelesada.
Y, efectivamente, era una escena tan ñoña que no sé cómo puedo contarla así, sin vomitar ni nada, con lo que había sido una…
Creo que hasta se me cayó la baba como a una tonta.
Y sí, hablo de la baba normal, no de un eufemismo para la humedad propia de la lubricación natural; que, después de la ovación con los labios mayores que describía hace un momento, era más que obvio que se había producido.
El caso es que hablamos un buen rato, poniéndonos al día.
Me encantaba escucharle, contarle mis avances fingiendo orgullo cuando, en realidad, estaba hasta el moño; se alegró de que estuviera tan volcada en mi trabajo y en «construir una vida».
Que no sé de dónde se sacó eso, yo sólo empecé a currar por no escuchar a mi viejo, que decía que, una vez acabados mis estudios, no iba a estar en casa mirando al techo.
Y la verdad es que tenía razón: ya llevaba algún tiempo buscando piso a ver si, en mis ratos libres, podía quedarme mirando al techo en mi propia casa.
El reencuentro iba bien. Según charlábamos, parecía que el resto del mundo desaparecía y que sólo estuviéramos los dos mirándonos a los ojos, hablando de cualquier chorrada por no terminar de hablar y con un muro de tensión sexual tan palpable que podría repeler un misil americano.
Caía la tarde y el sol se escondía en el horizonte.
A su alrededor, el cielo se tornaba anaranjado y yo no pude más que rodear la cintura de Alberto con mi brazo y apoyar la cabeza en su hombro.
Su mano, que instintivamente acarició mi cabeza, fue como un bálsamo que dio un alivio sanador a todo lo que había sufrido con su marcha.
Si en ese momento hubiera podido elegir, me habría quedado así hasta el fin de los tiempos…
Recogimos nuestras cosas y nos despedimos de los demás, que estaban haciendo lo propio.
Nos dirigimos hacia una casita pequeña, un «fin de semana» como los llaman por aquí, que los padres de Alberto tenían cerca de aquella playa.
Y allí llegó lo que tanto tiempo había estado deseando y extrañando.
Sin pensarlo dos veces lo besé, lo abracé y abrazados llegamos hasta la cama, como si bailáramos una pieza lenta por el pasillo.
Nos tumbamos sin dejar que el aire corriera demasiado entre nuestros cuerpos, sellando nuestros labios con nuestros labios para que no se escapara una palabra inoportuna.
Quizá nos quedaba mucho por decir, pero no era el momento.
Y así nos sorprendió la madrugada, o eso supongo, porque en ese abrazo nos quedamos dormidos.
Nos despertamos tarde, después de una noche soñando con una lluvia de flores sobre nuestros besos y unicornios arcoíris acompañando la danza de nuestros cuerpos.
Comencé a besarlo de nuevo, como si no quisiera pasar un solo segundo sin aprovechar para nutrirme de él antes de que volviera a marcharse.
Lo besaba con prisa, con calma, con urgencia paciente…
No sé ni lo que digo, se me nubla la mente al recordarlo.
La ropa se convirtió en un romántico estorbo que desaparecía con los movimientos suaves y acompasados de nuestras manos.
Arriba las manos, fuera camiseta. Levantemos las piernas, que el pantalón ya sobra…
con la ropa interior no hubo tanta historia: la suya se fue a la vez que sus vaqueros y la mía seguía en el cajón de casa: a veces no llevo…
Sus manos se habían hecho maestras en el arte de la caricia, mis labios no dejaban de buscar su piel allá por donde me quedara al alcance, parecía que sonara música de fondo que guiara nuestros movimientos.
Los cuerpos seguían su parsimoniosa danza y lo sentía dentro de mí: entraba, no salía del todo, volvía a tocar el fondo de mi sexo…
y un delicioso orgasmo estalló en mí. Después de tanto sexo duro en mi vida, el éxtasis llegó con esa suavidad con la que Alberto y yo nos habíamos deleitado.
Debería decir que fue como encontrar una fuente que manara leche y miel; después de narrar un recuerdo tan dulce, queda raro decir que en realidad fue un auténtico polvazo.
Quedaba mucho por decir entre nosotros, mucho por hablar y un mundo por aclarar: sin embargo, no era el momento.