¿Qué me pasa?
Lo cierto es que Diego me dio lo que necesitaba y, contra lo que podrías imaginar, no hablo del sexo (que también).
Lo cierto es que sentirme escuchada y comprendida era algo nuevo para mí, hasta el punto en que creo que fue lo que desembocó en que me dejara llevar con él.
Diego, a fin de cuentas, me brindó el trato de un amigo y nuestros dolores y despechos nos llevaron a todo lo demás.
Además, ocurrió algo que para mí era una novedad: aunque me lo pasé en grande con él, mi mente seguía buscando a Alberto.
Esto del amor es una mierda, que lo sepas.
Aun sintiéndome rara por seguir enamorada de Alberto, decidí que necesitaba despejarme y divertirme; quería volver a ser la que era antes de conocerlo, fiestera, divertida y sin lastres emocionales a cuestas.
Sin embargo, él estaba presente pese a estar a tomar por saco de mi pueblo.
Incluso mi intento de volver a ser esa «yo» de antes era traerlo a mi presencia, porque era de él de quien trataba de huir; cuando sentía asco de haberme vuelto tan ñoña y sufrir por él, era a él a quien maldecía; y todo era un vano desahogo, en tanto que cuanto más quería aborrecerlo, más adentro lo sentía.
Hasta cuando me acostaba con otro, era inevitable echar en falta sus dotes amatorias y hasta sus carencias.
Los amantes podían ser buenos, malos, excelentes o para olvidar…
pero nada de eso importaba: ninguno era él.
Ninguno tenía ese… ¿cómo decirlo? Ninguno tenía ese punto extra que suma el haberme cogido la medida, conocer mis gustos y mi cuerpo como si fueran el pasillo de su casa y el hecho de amarlo de tal manera que podía correrme como una loca antes siquiera de que me hubiera tocado. Joder, Tricia, qué asco de ti...
Con el tiempo, empecé a perder el gusto por aquellos encuentros que tenían más de supervivencia que de placer.
Cuanto más quería alejar el recuerdo de Alberto, más lo invocaba.
Era como en esa canción: «me parecía ver palpablemente a Satanás pegarme con el rabo».
Y aunque yo no fuera ese santo varón que daba título a esa canción de La Mandrágora, me veía en la misma tesitura.
Sentía que me había ganado la condena a amarlo, a recordarlo, a añorarlo y a estar permanentemente lidiando con su recuerdo, aunque intentara olvidarlo con otros: «no me acaricia como él», «Alberto besaba mejor», «este no me come el coño como él lo hacía» …
Me sentía sucia cada vez que volvía a casa después de haber quedado con alguno de esos amantes de ocasión, con cada intento de olvidar su caviar con una ración de comida basura…
Llegaba, me duchaba sentada mientras me agarraba las rodillas, lloraba y me preguntaba en qué momento cambié la libido por el corazón.
Siempre había oído decir que el sexo con amor era otra historia y vaya si cambiaba el asunto: el sexo con tantos chicos con amor por ese que no estaba… quizá fuera eso lo que falló.
A todo esto, el tiempo iba pasando. A pesar de mi apatía, me apliqué un poco y terminé Peluquería.
No fue poco lo que me costó encontrar trabajo, porque peluqueras sin experiencia las hay a cascoporro y yo sólo era una más, encima recién salida de la escuela y con menos experiencia que un torero en una biblioteca.
Pero tuve suerte y, al final, encontré una oportunidad en un salón de belleza que abrieron unos meses después.
Necesitaban gente a mansalva, como para cubrir varios turnos sin tener que pagar demasiadas horas extra.
Es irónico ser peluquera y decir que la ocasión la pintan calva. Así no hay nada que peinar…
Ya con trabajo, las cosas se ven diferentes.
Mis padres volvieron a decir que parecía sentar la cabeza, aunque en realidad sólo pasaba que volvía demasiado cansada como para pensar en salir de fiesta o en quedar con algún chico.
Eso lo dejaba para los fines de semana y eso si no cuadraba que tuviera que currar en sábado.
De hecho, los sábados por la noche era cuando solía salir a desfogar un poco.
Los rallys pasaron a un segundo plano, además de que me centraba en la carrera y poco más.
No había escarceos en los alrededores del camión, no había travesuras entre tramos ni viajes furtivos entre las habitaciones del hotel cuando nos quedábamos a dormir donde fuera el rally de turno.
Quería disfrutar de las carreras sin más: sin estar pendiente de no ser vista, sin estar insinuándome al elegido para cada noche, sin sufrir por el recuerdo de Alberto mientras me empotraba alguno de aquellos falos de usar y tirar…
Las cosas habían cambiado mucho, tanto que me sorprendía llevar mi vida de ese modo; me sorprendía cuando no me moría del asco.
No me divertía, no disfrutaba a menos que pudiera correr ese fin de semana…
me había convertido en una chica responsable, ¿qué te parece?
Sí, ya lo sé, daba asco. Llegaba siempre puntual al trabajo, atendía con una precisión milimétrica y con rapidez, la simpatía era mi arma para captar a los clientes…
Muchos entraban preguntando por Tricia, lo cual no siempre era una garantía de que yo los atendiera.
A veces, tenían tanta prisa que mis compañeras por fin tenían algo que hacer.
En el fondo, hasta en eso pensaba en él: si él me había dejado por que yo lo descentrara de los estudios y el trabajo, quizá volviera a mí si me veía centrada y profesional. Alerta, spoiler: era gilipollas.