F*ck Romance: Me cago en el amor Lejos de ti
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Lejos de ti

Alberto terminó el Bachillerato y yo aún tenía que terminar el FP de peluquería que estaba haciendo.

Es lo que tiene estar a todo menos a hincar los codos, que no es que me entusiasmara mucho y me quitaba tiempo para los rallys.

Aquel verano fue de lo más intenso: él quería estudiar una carrera y eso significaba que se iría a estudiar fuera.

Y yo, lejos de pensar en irme de fiesta o en terminar aquella relación, quise mantenerme a su lado, aunque fuera en la distancia.

Joder, lo recuerdo ahora y me doy un poco de asquito, qué ñoña e inocente me había vuelto.

Cada día era un no parar entre citas, cines, besos largos en la playa mientras oíamos el rugir del mar cuando había oleaje o baños desnudos (y con incursiones de su miembro en mis adentros) cuando la mar estaba tranquila.

Quien dice en el agua, dice en el acantilado, en la gruta de alguna cala escondida o en la misma arena cuando atardecía y los turistas ya se iban (por fin) a tomar por saco.

Que las puestas de sol y todo eso está muy bien, pero ponerse en plan romántico y no rematar la faena era como ir a una licorería a pedir una infusión…

Iban pasando las semanas y yo me sentía agobiada, sin saber muy bien cómo sería mi vida sin él.

Me había acostumbrado a la vida en pareja, aún sin haber llegado a convivir (no me jodas, teníamos dieciocho años), y sabía que cuando empezara el nuevo curso nos veríamos los fines de semana y ni eso en época de exámenes.

Yo estaba muy decidida, la verdad, pero me preocupaba mucho meter la pata en algún momento de debilidad o que se me hiciera muy cuesta arriba soportar verlo tan poco durante los siguientes cuatro años.

Sin embargo, me había costado tanto aquel perdón, aunque el tiempo lo hubiera dejado tan atrás, que me daba miedo dar un paso en falso y que todo se acabara ahí.

Y, para qué engañarnos, no echaba de menos los festivales ni esos encuentros esporádicos con quien me apeteciera.

Mi vida se había convertido en una de esas películas cursis de sobremesa, pero no me importaba.

Me gustaba caminar de la mano con él, ver atardecer, dormir abrazados…

Incluso había hecho amigas entre las novias de los amigos de Alberto, de modo que a veces quedábamos varias parejas simplemente para tomar algo o cenar por ahí.

En ocasiones quedábamos las chicas juntas y nos íbamos de fiesta, aunque en un plan mucho más tranquilo que en esa época que había dejado atrás.

Se podría decir que me hice adulta (o eso decían mis padres).

Haber hecho amigas entre los amigos de Alberto vino muy bien cuando él se marchó a estudiar a Santiago.

Por lo menos no me sentía sola entre semana ni en época de exámenes, además de tener gente alrededor para echarme el freno si en algún momento había riesgo de volver a las andadas.

Eso sí, cuando él venía, no estábamos para nadie.

La cosa era estar juntos, aprovechar todo el tiempo que pudiéramos más allá de las visitas familiares, salir con los amigos y esas cosas.

Ahora él me acompañaba a algunos rallies, pero no los corría.

Estaba desentrenado y, además, extrañamente responsable; las carreras eran donde él se desmelenaba, donde aparecía el lado salvaje del chico tímido del instituto.

Sin embargo, estaba tan centrado en sus estudios que se estaba volviendo aburrido. Y, aun con todo eso, lo quería. Mucho.

No me pude creer lo de aquel domingo. Él estaba a punto de marcharse otra vez, otra semana iba a empezar sin él.

Ya veía otra semana deseando que llegara el viernes, otros cinco días de añoranza y la explosión romántico–erótica cuando él volviera el viernes por la tarde.

Él había estado un poco raro ese fin de semana.

De pronto, una frase hizo desaparecer el suelo bajo mis pies:

​ ―Tenemos que hablar.

Es increíble como tres palabras pueden hacer que te entren tantos nervios como si te fueran a decir que te estás muriendo.

Y claro, llegó lo que no esperaba. Me dijo que quería terminar con la relación, que no estaba centrado del todo y que su prioridad era terminar sus estudios y tratar de encontrar un buen trabajo.

Yo lo entendí, pero no por ello iba a sufrir menos.

Era la primera vez que amaba de verdad y aquella despedida me hizo daño: Alberto acababa de romperme el corazón.

Mi casa fue mi refugio. No me apetecía salir, de hecho, sólo lo hacía para ir a las clases y poco más.

Dejé de correr rallys unas semanas, que una está hecha a la velocidad y el riesgo, pero no a hacer el kamikaze por tener la cabeza en otra parte.

Empecé a coger el gusto por leer y quedarme en casa, tampoco estaba de ánimos para mucho más.

La cosa es que, como suele pasar, mi ruptura con Alberto fue la primera de unas cuantas en la pandilla que habíamos formado entre los chicos y sus parejas, de modo que no tardó mucho en cambiar todo el entorno que habíamos construido.

No sé por qué cuando se rompe una pareja en un grupo de gente, es como abrir la veda y comienza el efecto dominó.

Los chicos seguían siendo amigos y nosotras no tardábamos en integrar a las chicas nuevas que iban llegando al grupo, aunque también quedábamos aparte con las chicas habían salido de él a cuenta de sus relaciones.

Una cosa era romper con nuestras parejas y otra muy diferente era perder la amistad con las otras chicas.

Un día, Diego me invitó a tomar un café. Era amigo de Alberto y acababa de dejarlo con Alba, su chica. Fui a su casa, no queríamos que nos vieran, que luego empiezan las habladurías y las tonterías de la gente. Me vino muy bien porque estuvimos charlando un buen rato, me pude desahogar por fin…

Él también me contó muchas cosas de su vida y de su ruptura, porque además llevaba bastante tiempo con su chica cuando ella decidió dejarle; lo nuestro había sido cosa de la distancia y los estudios, pero lo de Diego y Alba era otro caso diferente: ella lo había dejado tras haberle engañado con el mecánico del pueblo de al lado.

En fin, que al final nos dimos consuelo y, de hecho, él me apoyó muchísimo: contra el sofá, contra la pared, contra la encimera...