El Romance
Después de aquel polvazo, empezamos a quedar más a menudo.
Tanto tiempo deseando que Alberto se soltara…
y vaya si se soltó. Donde aquella primera vez sólo fue capaz de contemplar cómo me movía sobre él sin ser capaz ni de acercar la boca para chuparme una teta, aprendió pronto a usar las manos y la boca, incluso las caderas para entrar en mi cuerpo como la barrena de un minero.
Me encantaba ir al cine con él, incluso cuando veíamos la película.
También íbamos a cenar o a hacer rutas por el bosque, cerca del río.
Y me hacía gracia ver cómo mis padres decían que «la niña» había «sentado la cabeza».
Lo que sí sentaba era mi culo en sus caderas cuando me lo follaba en mitad de la ruta, o me sentaba en su cara para que su boca me diera placer.
Qué felices vivían ellos en la ignorancia…
Se podría decir que estábamos explotando todas las posibilidades que se nos ocurrían en ese despertar sexual.
Sin embargo, aquello duraría poco. En el siguiente festival, tras escuchar a un grupo local, estábamos borrachos como alambiques de destilar aguardiente y al volver a la tienda nos pasó como la primera vez…
sólo que esta vez me encontró. Ahí estaba yo, dejándome llevar con tres moteros que me había encontrado mientras buscaba el camino para volver a mi tienda. ¿Te puedes creer que le pareció mal?
Pues sí, se enfadó por inexplicable que parezca.
Hasta me mandó a tomar por culo (cuando ya llevaba un rato haciéndolo, qué empotrada me dio el calvo del bigote).
El caso es que ahí se terminó mi primer romance juvenil.
Y yo preocupada, oye. Me duró el bajón… lo que tardaron los otros tres en pedir el segundo asalto.
Sin embargo, a los pocos días se me pasó la resaca y me sentía mal.
El pobre, tan tímido y callado, tendría que estar hecho polvo...
y yo lo echaba de menos. Era una sensación extraña para mí: tanto tiempo usando a los chicos como si fueran menús de comida rápida (que se jodan, ¿no lo hacen ellos también con nosotras?) y de repente me veía queriendo arreglar el desaguisado y volver a salir con Alberto.
La verdad es que me lo tuve que currar mucho para que me perdonara.
Verme en aquella tienda con esos tres tipos, aunque no me acuerdo ni de lo que hicimos de la curda que llevaba encima, debió ser duro para él.
Nunca había tenido sentimientos por nadie, pero lo cierto es que llegué a ponerme en su lugar.
Si yo me hubiera encoñado con alguien, supongo que no me gustaría verle en plena vorágine sexual sin que yo estuviera participando.
¿Sexo a raudales sin que yo haya sido informada? Vamos, hombre, ¿a dónde vamos a llegar?
Sin embargo, compartir aficiones y encontrarnos en cualquier prueba de rally, hasta sin querer, hace que tengas que intercambiar alguna frase por el camino.
Yo, de hecho, aproveché para pedirle perdón de todas las maneras posibles.
Hablé con él, me hice la encontradiza, lo busqué cuanto pude, le agarré la entrepierna del pantalón, le enseñaba las tetas siempre que podía…
no sería por no tirar de ingenio. Pero él no decía nada y se palpaba la tensión.
Su enfado aún duraba y acabé sintiendo eso que llaman empatía.
En el fondo, estaba arrepentida y loca por él al mismo tiempo.
Sí, después de tanto polvo ocasional y de hacer lo que me daba la gana en todo momento, me encontré con algo desconocido: estaba enamorada.
Bien es cierto que no dejé de ser tan bestia a la hora de salirme con la mía.
Después de enrevesados planes para encontrarme con él, de ensayar miles de discursos para ablandarle el corazón, el perdón llegó de otra manera más sencilla: sin decir media palabra, lo agarré de la mano, me lo llevé detrás del camión, lo estampé contra el mismo dejándolo paralizado por la sorpresa y le hice tal mamada que casi se le pega la matrícula del camión en el culo.
Por lo que sea, fue entonces cuando accedió a hablar conmigo.
—No has perdido facultades… ¿Qué coño quieres? —, me dijo tal como se subió los pantalones.
—Quiero que me perdones.
—Perdonada. ¿Puedo seguir con mi vida o te tengo que mandar a tomar por culo?
—No es eso lo que quiero. Quiero volver contigo. Yo…
—¿Para qué? — me interrumpió bruscamente. —¿Para volver a ponerme los cuernos con el primero que te pille borracha?
Joder con el calladito. Para una vez que abría la boca me estaba poniendo los puntos sobre las íes. Pero también me estaba poniendo a mil con ese carácter. Qué guardadito se lo tenía…
—Alberto, yo te quiero—, le dije antes de que se hiciera un silencio más incómodo que una cama de ortigas.
Sí, él se quedó paralizado cuando le dije que lo quería.
Yo misma me quedé como si saliera de un trance: no podía creerme que lo hubiera soltado y menos aún que pudiera hablarle de mis sentimientos.
«Hala, si tiene corazón», diría cualquiera que me estuviera escuchando.
Y sí, era sorprendente verme ahí pidiendo a un chico, por muy Alberto que fuera, que me perdonase por dejarme llevar como siempre lo había hecho hasta entonces.
Él se puso serio cuando le expliqué que, aunque no sabía muy bien cómo había pasado, sentía muchísimo por él.
Me daba cosa pronunciar la palabra «amor», quizá por falta de práctica o porque no me van esas cosas ñoñas, aunque las estuviera sintiendo en ese momento.
Pero creo que entendió lo que quería decir, porque me besó y me dijo que esa sería la última oportunidad.
Me sentía rara: era la primera vez que un tío se atrevía a adoptar esa firmeza conmigo y, lo que era más extraño todavía, acepté lo que me dijo y prometí no hacerle daño; y las promesas van a misa, aunque yo prefiera esperar en la puerta. En la capilla no dejan fumar…
Lo jodido fue que se acabaron los festivales: decía que tenían mucho peligro si queríamos mantener aquel romance.
Y no le culpo, la verdad: entre mi primo y los del moto club, mucha gente iba a echarme de menos.
Pero yo quería ser feliz y sin él me había sentido muy extraña, incluso triste. Con lo que había sido una…