La Segunda Oportunidad
La verdad es que fue impactante salir de aquel festival con la cara de idiota por haber tonteado con Alberto para acabar follándome a mi primo.
Pero se me pasó pronto: pensándolo bien, tampoco estuvo tan mal y, de hecho, repetimos unas cuantas veces.
Que fuéramos primos hacía que mis padres vieran con normalidad que pasáramos tiempo juntos, así que aprovechábamos que no nos vigilaban para darnos una alegría y seguir experimentando.
Si hubieran sabido la verdad, les habría dado un patatús.
Quién sabe si al final no habríamos terminado haciendo cochinadas en los baños del tanatorio…
Quizá convendría hacer un pequeño inciso: esta narración podría hacer que se me viera como una chica muy inquieta sexualmente.
Pero si es que lo soy, para qué nos vamos a engañar.
No hay nada de malo en disfrutar de mi cuerpo sin hacer daño a nadie (más que nada porque siempre, hasta hoy día, he tomado precauciones para que «nadie» se entere); y si alguien me llama «puta» por tener sexo cuando me plazca, que recuerde que su madre no lo trajo al mundo dibujando.
Además, si fuera un hombre, seguro que nadie diría ni media y me estarían sacando a hombros; así que no debería haber problema en que hagan lo mismo siendo mujer: así alguno hasta vería de cerca un coño, aunque fuera por tenerlo en el cogote.
El caso es que busqué la oportunidad de acercarme de nuevo a Alberto.
Ya no compartíamos clase, dado que él sí quiso hacer Bachillerato.
Sin embargo, en los rallys sí coincidíamos de vez en cuando.
Y compartir podio une un poco. Charlaba con él de vez en cuando, aunque él evitaba tontear después de lo que pasó en el festival.
Me imagino que coger un calentón por meterme mano y luego ver que desaparecí, dejándolo solo en mi tienda, no debió sentarle bien.
A veces me daban ganas de clavarle los pezones en la espalda para que me prestara un poco de atención.
Diría que había llegado a quererlo, pero… bueno, sí, había llegado a quererlo.
El caso es que la ocasión vino por sí sola, sin haberlo planeado.
El coche de rally no podía usarlo para volver a casa, ya que el equipo se lo había llevado tras el último tramo.
Tenía que ir en mi coche, pero este se paró.
Cortocircuito en la bomba de gasolina, tócate los cojones.
Alberto venía por detrás, aunque no como yo hubiera querido...
Suerte la mía, se ofreció a llevarme mientras yo veía mi coche alejarse en la grúa.
Al verme al lado de su asiento, tan concentrado en la carretera, mi lado más pérfido salió a la superficie y empecé a meterle mano de forma furtiva.
No hicieron falta muchos tocamientos para comprobar que estaba tenso, sobre todo en salva sea la parte.
En ese momento, Alberto podría partir cocos debajo del agua o jugar al béisbol sin usar las manos.
Confieso que se la habría chupado, pero me detuvo pensar en el hostiazo que podríamos habernos dado.
En fin, que él estaba empalmado como un poste de la luz, yo me moría de ganas…
Al llegar a las afueras del pueblo, dio un volantazo y derrapó el coche para meternos en un descampado donde no iban ni las ratas de campo.
Se bajó los pantalones con prisa, con urgencia, como si temiera que se me quitara el calentón y me echara atrás.
Qué paranoia más tonta, años detrás de él para que se creyera que me iba a enfriar en unos minutos.
No pude evitar lanzarme para hacerle una mamada hasta la campanilla y más allá, para luego ponerme encima de él y sorprenderme de mi flexibilidad mientras lo cabalgaba en el propio asiento del conductor.
Después me di la vuelta para seguir follándome a ese chico callado después de tanto tiempo deseándolo.
De repente, sentí unas contracciones en el bajo vientre, una sensación de placer más intensa que cualquiera que hubiera sentido en mi vida.
¿Sería eso lo que llaman orgasmo? Bueno, eso me lo preguntaba entonces, ahora lo sé más que de sobra.
El caso es que nos corrimos como animales y nos vestimos como pudimos.
―Sería más fácil si te quitaras el cinturón de seguridad―, le dije.