La primera vez
Crecí en un pueblo, rodeada de monte y con un río cuya cascada, cerca de su nacimiento, vienen a ver muchos turistas.
Tuve una infancia feliz, haciendo cuanto me dio la gana, montando en bicicleta, patinando y partiéndome la crisma corriendo cuesta abajo por esos caminos cuya única ingeniera fue la propia naturaleza.
Cuando la adolescencia empezó a hacer que las hormonas guiaran mis pasos, empecé a querer experimentar con mi cuerpo, a satisfacer curiosidades propias de la edad…
vamos, que estaba cachonda perdida como todos mis semejantes, chicos o chicas, cuando cuentas trece años.
Además, tenía una ventaja: la astucia. Mis padres, aún hoy día, me ven como una niña, así que imagina en aquel entonces.
De modo que, mientras ellos creían que su cándida nenita salía a montar en bici como cada vez que se terciaba, yo aprovechaba para ir tanteando el terreno para esa primera vez que ansiaba, como cada hormona con patas que llamamos «adolescente».
Sin embargo, por raro que pueda parecer, aún tenía en la cabeza ese rollo cursi de las películas románticas y hasta de los cuentos de Disney.
Quería que mi primera vez fuera algo especial; chicos salidos y calientes como el pico de una plancha los había a espuertas, pero una no estaba por la labor del típico polvo conejero para inaugurar ese nuevo mundo que es la vida sexual.
¿De qué iba a servir limitarme a abrir las piernas para el desfogue de un tipo que va a hacer «pim», no le iba a dar tiempo de hacer «pam» y acabaría su tarea sin darme tiempo a enterarme de nada?
Llegó ese momento en que mi entorno cambió notablemente: pasé del colegio, donde había pasado mi niñez, al instituto, ese mundo que se ve tan guay en las películas americanas y que en realidad era otro colegio pero con gente diferente: chicos con aire macarra que fumaban en los pasillos, los pijos de marca blanca (los pijos de verdad van a la privada), algunos con espinillas pajilleras poblando su cara…
También las chicas tenían su gracia: había algunas que venían a clase vestidas y maquilladas como para recoger un Óscar, mientras otras llevaban un rollo más choni y algunas pedorras que se notaba que vivían en los mundos de Yupi…
desde los propios mundos de Yupi. Sin embargo, había una de ellas, la típica empollona, que me ponía una barbaridad.
No obstante, aún me faltaba mucho tiempo para aceptar mi bisexualidad.
Y uno de los chicos se había convertido en mi objetivo.
Alberto era el típico chico que quería pasar desapercibido.
Quizá era eso lo que me atraía, que no iba fardando de musculitos ni contando batallitas del sábado anterior.
Los chicos con rollo badass tenían su punto, pero su conversación era aburrida: peleas, cubatas, rolletes que sólo habían existido en su imaginación y que se inventaban para validarse entre sus colegas…
¡qué coñazo! Los de las espinillas pajilleras hablaban de videojuegos, cómics y poco más.
Pero Alberto no decía ni media palabra bajo tortura: si hubiera sido algo intencionado, diría que era un maestro en eso de captar el interés y despertar la intriga.
Creo que no saber nada de él me provocaba curiosidad y una cosa llevó a la otra.
Entre conocer gente, reírme de las pijas de mi clase y algunos rollitos de los de besos, meterse mano y calentón al volver a casa, fue pasando el tiempo hasta mis dieciséis años.
Ahí ocurrieron dos cosas: empecé a pilotar coches de rally y también fui a mis primeros festivales de rock.
Asimismo, fue cuando acabé la ESO y, en vez de optar por bachillerato, preferí cursar un FP de peluquería.
Parece una gilipollez, pero no faltaban compañeros de clase (compañeras, sobre todo) que querían hacerse un look fashion por poco dinero.
Sí, entonces los adolescentes estábamos igual de tiesos que los de ahora y tener una amiga aprendiz de peluquera venía bien para ponerse el pelo verde pistacho o azul pitufo y poder pagarse los vicios el fin de semana. Y claro, así también me los pagaba yo.
Alberto había cambiado también. Empezó a llevar camisetas de grupos de rock, vaqueros rotos y camisas de cuadros anudadas a la cintura.
Entre ese misterio que lo rodeaba, su silencio intrigante y esa nueva pinta que me traía, lo cierto es que me ponía como una moto (o como el coche de rally, según se mire).
Pero no conseguía acercarme a él. Era tan hermético como una caja fuerte de hormigón, el cabronazo. Y más cachonda me ponía…
Llegó el festival donde, por primera vez, acampé en vez de estar yendo y viniendo de casa a los conciertos cada día.
Debían ser las dos de la madrugada cuando, borracha como media docena de cosacos, volvía del concierto de Heredeiros da Crus que había cerrado el bloque de ese día.
Había visto a Alberto y, haciéndome la encontradiza, aproveché para acercarme a él.
Entre dar botes como todo el público, disfrutar de la música y corear las letras del grupo, hubo algo de tonteo.
Le metí mano cuanto pude, él se atrevió a sobarme un poco y llegó el momento de volver a las tiendas.
Aún me quedaba medio mini (nunca he entendido que se llame así a un vaso de plástico como una maceta estándar) de vodka con limón y fuimos bebiendo juntos de él por el camino…
hasta que una marabunta de gente que pasó a lo bestia por en medio de los dos me hizo perderlo de vista.
Por suerte, él sabía dónde estaba mi tienda.
Se lo había descrito tantas veces que sólo me habría faltado dejarle una baliza, una ubicación por GPS y explicarle que le estaría esperando en pelotas bajo el saco de dormir.
Entré en la tienda y vi la silueta de un cuerpo tapada con un saco negro.
Con lo que tardé, supuse que le había dado tiempo a buscar su saco por si no cabíamos los dos en el mío.
Me lancé sobre él, comencé a besarlo con todas las ganas acumuladas desde 3º de la ESO, me desnudé a toda velocidad y le puse el coño en la boca antes de que pudiera decir nada.
A pesar de la oscuridad, no tardé en encontrar su miembro, entre otras cosas porque estaba tan duro que lo difícil sería no haberse dado con él en la frente…
y ahí nos marcamos un 69 de los que hacen afición.
La suerte quiso que, mientras cambiaba de postura, él se tomara un breve respiro que le sirvió para no correrse de inmediato.
Me puse encima de él y empecé a moverme de arriba a abajo para sentir cómo entraba en mí hasta el fondo.
Se notaba que era nuestra primera vez: lo disfruté, pero fue breve.
Al quinto caderazo se corrió de tal manera que casi me sale su semen por las orejas.
―Aaaah… Diosss… qué ganas te tenía, Alberto, cabrón…
― ¿Alberto? ¿Qué Alberto? ¿Quién eres?
La cosa era que su voz me resultaba familiar.
Busqué algo para alumbrar, pero no encontraba nada.
Parecía que alguien hubiera entrado en la tienda a cambiarlo todo de sitio.
Sin embargo, él no tardó en encontrar una linterna y pude comprobar que me había equivocado de tienda. Y lo peor no era eso...
― ¿Prima?
Pues sí, va a ser verdad que al final todo queda en casa.