F*ck Romance: Me cago en el amor El último rally
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El último rally

―Sí quiero―, respondí.

―Entonces yo os declaro marido y mujer―, dijo el cura siguiendo con lo poco quedaba del ritual.

Y ahí estaba yo, con mi vestido marrón (por sucio, porque era blanco cuando me lo puse), mi sonrisa entre feliz e hipócrita y un secreto que guardar.

Y es que me caso con este gañán porque me ha dejado embarazada, pero no tenía yo tal intención.

Lo cierto es que no tenía muchas posibilidades clínicas de ser madre, por eso preferí apechugar y, en unos meses, tendré a mi pequeñín.

Que sí, que igual no hacía falta casarse, pero mi familia es muy tradicional.

No era cosa de darles disgustos y menos teniendo en cuenta que hay una buena herencia esperándome cuando casque mi viejo.

Aún así, con toda sinceridad, nada de esto quita que pienso seguir con mis citas clandestinas y disfrutando de la vida.

Llevo años pilotando rallies en una escudería de aficionados.

He ganado algunas carreras y otras me las he gozado como una niña en un parque.

No sólo por la adrenalina, la velocidad, las estrategias o el olor de la gasolina quemada; también porque conoces gente, viajas y luego se pasa muy bien entre habitaciones de hotel, camiones de asistencia y revolcones varios cuando los motores se paran.

Vamos, que después de correr la carrera toca correr con el ligue de turno, que para eso somos tan pocas chicas en este mundillo y muchos hombres…

aunque alguna compañera también ha caído. Qué coño, hay que disfrutar.

Con Juan, mi ahora marido, las cosas empezaron así.

Él venía en el camión de las asistencias pese a no ser de la escudería y me atrajo su presencia ruda y su pericia en cuanto a meter mano a los coches.

Al poco tiempo de que empezara a venir, también comprobé su destreza metiendo mano a la piloto (yo).

Si me hubiera empotrado un poco más fuerte, me habría desmontado.

Sin embargo, esa primera vez eligió la pausa y la sutileza. Y salió bien, para qué engañarnos...

No obstante, se me empezó a hacer pesado a las pocas carreras.

No tenía demasiados recursos amatorios: los rapidines están bien (para eso somos gente que disfruta de la velocidad), pero un poco de vidilla y de preliminares se echaban de menos.

Otras veces, habría sido lo suyo un poco de «rock duro».

Pero, por cosas de la vida, no estaba yo en mi mejor época para andar correteando los pasillos cuando este se echaba a roncar en el hotel.

Cuando la siguiente regla no vino, llevaba varios rallies follando sólo con él.

Echando cuentas, no había duda alguna: si dentro de mí había algo, era suyo.

Crucé los dedos mil veces, recé a cuantos santos se me ocurría…

pero el pis en el predictor fue inapelable.

Y, como de tonta no tengo un pelo en mi melena pelirroja, entendí que era mejor decírselo a la familia: total, ocultarlo en ese momento para que se dieran cuenta en cuanto el melón empezase a crecer iba a ser una tremenda tontería.

Y así me vi: embarazada, con fecha de boda y partiéndome el higo cuando podía con algunos de mis ligues para hacer mi despedida de soltera… que pienso seguir haciendo de casada.

Al llegar el día, Roberto iba a ser mi chófer nupcial.

Preparamos mi coche de carreras, un Ford Sierra de 1991 perfectamente adaptado para correr en mi categoría, con unas cuantas moñas y algunas flores blancas de plástico para darle ese toque hortera que suelen tener los coches de bodas.

En principio, sólo íbamos a correr por un bosque donde se hace el rally de primeros de julio, hacer unos tramos para celebrar el día que era.

Pero, qué quieres que te diga, Roberto está buenísimo y la velocidad me pone muy cachonda.

Sí, el primer polvo cayó apoyada sobre el capó del coche; no fue como la primera vez que estuve con él, pero tampoco estábamos para ir buscando los arbustos junto al río.

Cuando Juan empezó a venir a las asistencias, Roberto había dejado de venir por un accidente: era irónico que él estuviera despidiendo mi soltería, mientras el que me esperaba en el altar lo había sustituido entre mis piernas durante su convalecencia.

Manché los bajos de mi traje de novia haciéndole una mamada en un arrebato cuando íbamos a empezar el siguiente tramo antes de ir para la iglesia.

Así que decidimos hacer que el color fuera más homogéneo.

Me quité el traje, lo dejé sobre la tierra y nos pusimos a hacer trompos con el coche a su alrededor, a una distancia suficiente que nos permitiera mancharlo de polvo (el del camino) sin cubrirlo de barro: luego me lo tendría que poner y la sensación no sería agradable si estaba demasiado mojado.

Pero fue divertido ir trompeando en tetas y bragas mientras Roberto andaba acelerando y tirando del freno de mano.

Después, un último revolcón, a ponerse el traje y a ver qué caras ponían los asistentes a la boda cuando me vieran bajar del coche.

Lo que no tengo ni idea es de cómo lo hizo Roberto para llegar con el traje impoluto después de todo lo que habíamos hecho en ese último rally antes de casarme.

Pero no pude evitar imaginarme a Roberto lavando el traje y tendiéndolo en la cornamenta de mi marido.

Al menos así tenemos un tendedero más… Sí, lo sé, soy un poco cabrona cuando me da por pensar estas cosas absurdas, pero son divertidas.

Al menos, lo son para mí. Por cierto, me llamo Tricia.