Fatale, fatal (Operación Femme Fatale nº 2) 10 #4
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En fin, que la correspondencia se acumulaba y los periodistas rondaban el hospital para ver si sacaban alguna cosa más, ni que fuera yo de la alta sociedad.

En un primer momento, no pasó nada, mis amigos se encargaron de recopilarlo todo y leer la correspondencia, la mayoría de clientes, compañeros o proveedores, pero también había un grupito de postales enviadas por los participantes de mi “Operación Femme Fatale”,

que por suerte ellos interceptaron en el caso de aquellas que hacían referencia a nuestro encuentro pasado, para que no llegasen a manos de James o nadie que no estuviera al corriente (menos mal).

Hasta ahí todo bien, pero el problema fue, cuando no sabemos cómo ni de qué manera, salta la noticia a la prensa de que estoy embarazada. ¡Menuda liada! Como os decía, un simple accidente que no debería interesar a nadie, se convirtió en una noticia por capítulos a modo telenovela.

James se vino corriendo, el pobre no tenía ni idea y en cuanto se enteró recogió lo que le quedaba y se vino a mi casa para salvar a su amada y su pequeño, o pequeños.

Lo malo, es que claro, varios podían creerse posibles padres, por fecha y posibilidades, así que de buenas a primeras, aunque ya habían enviado tarjetas al respecto sin respuesta (claro, yo estaba en coma), uno tras otro, decidieron venir a verme al hospital e interesarse por ese supuesto embarazo.

Imagino que todos los casados para asegurarse de que no era suyo o que no pretendía continuar con el plan, aunque como os digo esta es mi primera especulación desde el coma.

Hubiese pagado por ver a mis tres amigos capeando el temporal, porque frenar a esos “chuliboys”, no era el problema, el problema era que James ya estaba allí, e Isaac también.

Pobres, ellos con semejante marronazo y yo mientras en la gloria… o al menos en otra dimensión.

Es toda una experiencia el estado de coma, por suerte el mío inducido y contralado, ¡qué miedo, pensar en no regresar!

, ¿no os parece? Yo estaba como en una largo sueño, pero no en silencio, sino en uno de esos en los que te parece que estás despierta.

Yo estaba en el hospital, en mi misma habitación, por lo que al menos había sido consciente de algo del accidente, pero en este lado del universo, compartía habitación con una anciana muy simpática y sofisticada.

Llevaba su pelo canoso recogido con un precioso turbante de seda bordado con grandes flores de colores preciosos y vivos y se abrochaba en su parte central con un broche de brillantes color turquesa que quitaba el hipo, haciendo juego con sus enormes ojos verdes.

Aunque todos en el hospital llevábamos el mismo atuendo obligatorio de bata/camisón azul bastante simplona, Agatha, que así se hacía llamar mi misteriosa compañera de cuarto, siempre lo acompañaba de numerosos chales, collares, broches, etc.,

de tal modo que cuando la mirabas se te olvidada que en realidad iba vestida con el pijama del hospital.

Ella iba por libre. Tenía un aura muy especial y siempre estaba sonriendo.

Ahora que lo pienso me recordaba un poco a la extraña señora del increíble hotel burbuja, pero mucho más adorable y bonita, pero igual de misteriosa y estridente.

Me alegró mucho ver que no estaba sola allí dentro, en coma, que yo no lo sabía, no entendía por qué mis amigos no habían venido a verme, luego lo entendí.

Gracias a Agatha, estuve bastante entretenida.

Siempre tenía una conversación muy amena, mientras calcetaba una enorme bufanda de rallas de colores, era una persona muy interesante.

Había vivido en numerosos países, era hija de diplomático y ni os imagináis la cantidad de cosas que sabía.

Hablaba de cualquier tema con una sabiduría y un control de la materia que me dejaba perpleja.

Eso sí, era súper cariñosa y entrañable.

Cada día tenía un tema nuevo y una aventura que contar. Estaba ante una Femme Fatale en toda regla, y seguro que en su época había sido preciosa, porque todavía lo era pese a su arrugada tez, pero como bien decía ella, son las mejores líneas de expresión, las que expresan lo mucho que has vivido.

Uno de estos días, a Agatha se le ocurrió cambiar de rutina y sacó de su maleta, al estilo Mary Poppins, un libro gordo de tapa dura, con unos dibujos en plan esotérico y una bola de cristal dibujada.

​-​ Hoy me apetece ver qué nos depara el destino Bonita.

(Ella siempre me llamaba Bonita)

Abrió la tapa de ese enorme libro y de repente, no había páginas, era uno de esos libros para esconder tesoros, o cosas que quieres que pasen desapercibidas en tu estantería.

Siempre digo que quiero uno, pero al final, no sé si sabría que guardar en él, o lo peor de todo, seguro que luego me volvería loca buscando lo que hay dentro sin acordarme de que lo había guardado en el libro escondite.

Pues bien, abrió la tapa y dentro estaba lleno de cartas. Al verlas pensaba que quería jugar una partida, pero no, no se trataba de una baraja de juego, sino de una de cartas del tarot.

​-​ No le llames así, Bonita, me gusta más llamarlas, cartas mágicas. Mágicas, como la vida misma.

Como veis era una mujer que no dejaba de sorprenderme.