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La suerte está echada. Pobre, no tiene ni idea de lo que le quiero contar, no he querido ser demasiado cariñosa, ni siquiera le he mandado un beso, porque me tengo que mantener fría y con la cabeza en su sitio.
Mañana comeremos en un lugar que no sea su hotel, pese a que los restaurantes del Four Seasons son una pasada, pero está demasiado cerca de su suite, no pude haber nada que entorpezca mi cometido.
Hay varios restaurantes no muy lejos de mi oficina pero tampoco muy cerca, necesito un poco de privacidad, pero sin dar pie a nada, así que mejor allí.
Y ahora voy a pensar muy bien todo el speach que le voy a soltar mañana dándome un baño relajante.
Lo mejor que he podido hacer es mantener una bañera cuando reformé la casa.
Sé que están un poco demodés pero para mí tener la posibilidad de meterme en remojo, muy de vez en cuando, a olvidarme del mundo y arrugarme como una pasa es todo un privilegio.
Si la necesito ahí está. Me encanta. Eso sí, nada de copitas como en las películas o aparatos eléctricos cerca.
Baño relajante con vistas a la terraza, no se puede pedir más.
Tras mucho pensar, creo que la cosa está clara y decidida.
Sálvese quien pueda. Aunque ciertamente juego con ventaja, sé que James está a punto de mudarse conmigo por lo que egoístamente me encuentro más tranquila al contárselo a Isaac.
Mi único quebradero de cabeza es el tema de la paternidad, en caso de que pueda ser suyo, ahí sí que tendría que ver cómo lo manejo.
Buenos días, he de deciros que pese a mi aparente tranquilidad, esta noche he dormido bastante regular. La incertidumbre es algo que no controlo y que por tanto no llevo nada bien. Me voy al trabajo y en un rato a ver por dónde salimos.
Parece que como Greta decía todo estaba solucionado porque la gente en la oficina me ha preguntado por Emma muy cariñosamente y las cosas están bajo control.
Nadie se ha extrañado y el trabajo está hecho.
¡Qué gusto!, no hay como el poder de convicción de mi amiga Greta.
Eso sí, Felipe, me ha mirado con una carita al entrar por el hall de…
ya era hora de verte la cara… (está claro que no es tan discreto como Pepe).
Y hablando del rey de Roma, de repente, el mismo portero del edificio me llama, acaban de dejar un ramo de flores abajo para mí con una nota. —¿de quién será?
Me pregunta si me lo sube a mi mesa o prefiero que las ponga en agua y me las lleve a casa a la salida.
Normalmente hubiera dicho que por favor me las subiese, y las dejaría en la mesa de mi despacho alegrando la vista a todo el mundo y despertando la misma curiosidad y envidia sana que tenía yo en aquel momento por no saber quién las enviaba,
pero dadas las circunstancias he preferido que las deje en recepción hasta que me vaya, comeré con Isaac y por la tarde en función de cómo transcurran los acontecimiento seguramente teletrabaje desde casa.
Lo que sí voy a hacer es bajar para recoger la tarjeta y ver quien me las envía.
A ver qué flores son, espero que nos sean rosas, no tengo nada en contra de ellas, pobres, pero un ramo solo de rosas para mí ha perdido toda la gracia.
Desde mi punto de vista el mercado florista las ha supervalorado y a mí no me atraen nada de nada.
Prefiero las rosas silvestres porque esos capullos todos iguales que parece que han perdido la vida y a veces hasta ni huelen, no me encantan, la verdad.
Pero bueno, cualquier flor es digna de agradecer, son tan bonitas, y llenan una estancia haciéndote sonreír gratuitamente.
¡Me bajo a ver de quien son!
Estaba claro que la nota, pese a no estar firmada, cosa que agradecía porque si no el portero ya tendría más datos de los necesarios, y con James a punto de instalarse conmigo, podría dar mucho pie a especulaciones en la oficina que quería evitar a toda costa, era de Isaac.
Como siempre dejando pistas, para empezar, el arbolito de la tarjeta es el logo de su hotel, inconfundible.
Y además el garabato rojo imitado una cinta era claramente nuestro símbolo de unión y que tan buenos recuerdos me traía.
Y dejando el misterio de lado, la propia nota decía que nos veíamos en un rato, por lo que era él fijo, habíamos quedado para comer.
Enigma resuelto, las flores son de Isaac.
¡Qué mono!, Peonías rosa palo, mis flores preferidas, ¿cómo puede saber ese tipo de cosas?
, está claro que me ha tenido vigilada y bien vigilada, pero qué monada.
Os dais cuenta de lo difícil de la decisión y la conversación que voy a tener que tener con él durante la comida.
Solo de pensarlo me agobio más. El destino está jugando conmigo de muy mala manera.
Tras oler el ramo inhalando todo su perfume como cuando te dice el doctor inspira hasta que no puedas más, unas cosquillitas de placer recorrieron mi cuerpo, qué maravilla de fragancia. Pedí a Felipe que las guardase a buen recaudo hasta que me fuese a comer que aprovecharía para dejarlas en casa.
Subí a mi planta y tras cerrar temas me preparé para irme, metí el ordenador en mi bolso, por suerte me había traído el shopper en el que me cabía mi portátil sin levantar sospechas de huida, ya que esta tarde como os había anticipado, prefería estar en casa.
El bajón, o lo que sea que pasase tras explicar a Isaac mi decisión, estaba asegurado y prefería no levantar sospechas o que mi equipo se preocupase, ya llevaba haciendo cosas un poco extrañas en mí desde la Operación Femme Fatale por lo que era el momento de intentar volver a una seudo normalidad,
si es que eso se podía llegar a alcanzar en mi estado.
Como siempre el ascensor listo para que lo cogiese en mi planta, estoy convencida de que el portero me lo prepara, y en cuanto las dos puertas se cerraron, un gran suspiro salió de mi boca como el de aquel que se dirige directamente al matadero.
La suerte está echada, que sea lo que Dios quiera, me fío plenamente. Allá vamos.
Salí del ascensor y fui directa al mostrador para recuperar mi súper ramo de Peonías.
- Deben de quererte mucho para enviarte semejante ramo —dijo el portero con cara de sospecha y una retranca celosa.
- Sí, sí, muchísimo. No quise dar muchos más detalles.
Lo cierto es que el ramo era enorme, pesaba una barbaridad, y ocupaba como tres veces yo.
Salí de la oficina, y al otro lado de la calzada, un elegante caballero me estaba esperando. No os podéis imaginar lo mal que lo estoy pasando. Voy a rechazar a mi amor platónico, y ¡qué amor platónico!…
Me sentía como un flan, qué dura iba a ser la comida y menuda sorpresa se iba a llevar porque no se esperaba nada. Lo teníais que ver, con su sonrisa encantadora y esos ojazos que hipnotizaban a cualquiera, incluso a cuatro carriles de distancia, tan elegante como siempre.
Estaba parada en el semáforo esperando la luz verde para cruzar, y tapando mi rostro con el enorme ramo de flores para que no detectase antes de tiempo que nuestro almuerzo, no iba a ser tan encantador como seguro Isaac había planeado.
Los segundos de espera se me estaban haciendo interminables porque, pese a toda mi seguridad y entereza en la vida real, me estaba dando cuenta de la dificultad de esta tarea. A solo unos metros de su presencia, la cosa cambiaba y las dudas volvían a mi cabeza porque era… ¡tan difícil!
En un segundo el silbido que avisa a los viandantes de que se ha abierto el semáforo empezó a sonar y yo, como si de un despertador a las siete de la mañana se tratase, salté apresurada a cruzar la calle a su encuentro.
Ya os había dicho que el ramo era tan grande que conseguía ocultar mi rostro de pena mientras avanzaba, y de repente, sentí un impacto enorme que hizo que mis flores volasen por los aires y de paso todo mi cuerpo.
No way!, ¿en serio?, uno de esos “patinetes del demonio” (como decía mi padre), se había abalanzado sobre mí para saltarse el semáforo y me había atropellado a saber a qué velocidad,
porque el golpe fue tan gordo que perdí el conocimiento tras caer al asfalto y después de salir despedida a no sé cuantos metros de distancia, casi a los pies de Isaac que esperaba al otro lado ojiplático.
Fue un salto mortal en toda regla, digno de un campeonato de gimnasia rítmica, o de natación, que como su nombre indica casi me mata.
Todas las peonias desperdigadas y mi cuerpo tendido en plena calle.
Isaac vino en mi ayuda y comenzó a gritar a todo el mundo parando el tráfico para que pidiesen ayuda urgente.
A su vez mi portero cotilla salió disparado de las oficinas teléfono en mano haciendo aspavientos y dando a entender que estaba facilitando las señas del lugar a los servicios de urgencia para que viniesen lo antes posible.
Menudo espectáculo y menudo panorama. En un segundo, mi vida pendía de un hilo, bueno mi vida y la del que llevaba dentro, y todo el plan que había trazado se iba al garete porque Isaac no tenía ni idea de lo que pensaba contarle en aquella comida.
Todo esto os lo estoy contando desde la distancia porque yo estaba inconsciente en aquellos momentos.
Media oficina salió a la calle tras oír el enorme estruendo y ver desde las cristalera aquel jardín de peonías desperdigadas por el asfalto de la avenida y mi cuerpo tendido inmóvil panza arriba.
Por suerte mi equipo que conocía mis círculos y había estado hablando no hacía mucho con Greta acerca de la falsa enfermedad de Emma, corrieron a llamarla para informar de lo que acababa de pasar.
Se montó una gordísima en la puerta de mi edificio, incluso la prensa había llegado a captar el momento, ya que cerca de mi oficina había varias emisoras, por lo que no tardaron nada en plantarse allí, mientras yo no me enteraba de nada.
Nuestra empresa estaba en pleno centro y tampoco estaban lejos varios periódicos importantes, así que igualmente en un abrir y cerrar de ojos, varios reporteros y un montón de gente rodearon el lugar.
Se empezó todo a salir de madre y eso que era solo un atropello, pero el mar de flores le daba un toque diferente y atraía a todos los mirones.