Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Ángel se quedó solo con el general Gregor y esperaron a ver las acciones que tomaría el resto del grupo.

Le sorprendió ver a su hermano y a su cuñada en ese lugar, pero se lo imaginó cuando las noticias del fracaso de Kyle por hacerse con el control de Baltrium llegaron a sus oídos.

Esperaba que el plan de su hijo tuviera éxito, aunque le resultaba demasiado arrogante y no las tenía todas consigo.

Supuso que Kyle había sido detenido, sin embargo, confiaba en que al menos hubiera mantenido a su hermana Krista a salvo y en el anonimato; si bien, hasta donde ella misma le había contado esa mañana, cuando lo llamó para informar del lugar en el que se escondía la princesa de Faroe, era cuestión de tiempo que el príncipe Vincent la recordara y ella también tuviera que huir de Baltrium.

Dejó de pensar en sus hijos y volvió a prestar atención al pasillo en el que se encontraba.

No se escuchaba nada, de modo que asomó la cabeza y enseguida algunos disparos pasaron tan cerca que tragó saliva, nervioso, mientras que otros chocaron contra la pared que tenía delante.

Tanto él como el general Gregor devolvieron los disparos sin percatarse de que dos sombras se acercaban por sus espaldas hasta pillarlos desprevenidos, pues habían atravesado el salón de baile y salido por la puerta de servicio para situarse detrás de ellos.

El forcejeo para desarmarlos fue complicado porque tanto el cabecilla de los mercenarios como Ángel no dejaban de disparar intentando herir a alguno de sus enemigos; aun así, Adrián logró que su hermano tirase el arma justo antes de que Idaira lo empujara, pues había recibido un revés tan potente del mercenario que le había partido el labio.

Sin detenerse ni un segundo, Gregor apuntó con su arma a la cabeza de Adrián y ayudó a Ángel a incorporarse.

—¿Qué haces aquí, hermanito? Este no es tu reino —preguntó—. ¿Cómo están mis sobrinos? —añadió burlón.

—No permitiré que destruyas este reino ni le hagas daño a la familia real —lo miró con desprecio—, como ya hiciste con la mía.

—Querrás decir a la nuestra —dijo con rabia.

—¡No! Tú dejaste de formar parte de ella cuando Saray apareció.

Las miradas que se profesaron los hermanos hicieron que el tiempo se detuviera; ambos estaban dolidos por el pasado, ninguno habló y solo clavaron la vista en el otro con odio y con rencor, pues, a pesar de todo, la pena seguía en sus corazones.

—Tú al menos tienes a tu esposa a tu lado —lo acusó señalando a Idaira—. Por vuestra culpa, yo perdí a la mía.

La noticia de la muerte de Saray los pilló desprevenidos. Al haberle perdido la pista cuando fueron exiliados, ninguno de los reinos tenía conocimiento de la situación, de modo que Idaira dio un paso al frente desafiando el arma con el que los amenazaban.

—Siento mucho que Saray ya no esté —empezó, acompañándolo en el dolor—; ahora bien, no puedes culpar a nadie de su muerte. Fuisteis vosotros quienes, con vuestras acciones, labrasteis vuestro destino.

—¡Cómo que no! Por vuestra culpa no pudo ser atendida como debería.

—Y, aun así, aquí estás otra vez, hermano —intervino Adrián—, continuando con esas ideas taerianas de poder y opresión.

Has amenazado a un reino que nada tiene que ver con vosotros, has puesto en peligro a Kyle, que ahora está en prisión, habéis corrompido a gente del castillo para que os ayudara…

Ahora que ya no está Saray, tú eres el único responsable de la suerte de tu hijo.

—¿Es una amenaza? —replicó.

—No, hermano, es un hecho.

Durante el corto periodo de tiempo que duró la conversación, Terence y Joel salieron del salón de baile para disparar; no obstante, solo pudieron herir al general Gregor en un hombro, lo que hizo que bajase el arma por un momento.

Mientras los guardias del palacio se aproximaban, Ángel se acercó a Gregor y, tomando una granada de humo, la detonó a sus pies.

Al verlo, Gregor aspiró rápidamente todo el aire que pudo y aguantó la respiración para que el gas no lo afectara.

Ángel se acercó a él y, pasándole un brazo alrededor del cuello, lo sujetó para escapar del lugar.

Gracias a la bomba de humo, pudieron apartarse del pasillo a pesar del lagrimeo de sus ojos.

Se dirigieron hacia las mazmorras con la intención de reunirse con el resto de sus esbirros, pero, cuando llegaron a los escalones, Ángel se detuvo, ya que escuchó al grupo de la princesa Alexandra subir por las escaleras.

Maldijo y cambiaron de rumbo. No sabía lo que había ocurrido, pero ya no tenía la ventaja estratégica de sus prisioneros.

Cuando estaba a punto de abandonar el castillo, escucharon cómo el grupo de Alexandra salía de las mazmorras e iban tras ellos; sin pensárselo dos veces, esta vez Gregor volvió a tirar una bomba de humo en dirección a sus perseguidores y llegaron al exterior.

Al hacerlo, ambos se sorprendieron al encontrar a Demian desnudo.

—¡Seguidme! —dijo y se transformó en una gaviota.

Sin dudar, Ángel se convirtió en un caballo, rompiendo la mayoría de sus ropajes, e hizo señas a Gregor para que subiera a su lomo; este obedeció y juntos se alejaron del castillo.

Sus perseguidores les dispararon y aumentaron la velocidad.

Demian descendió en picado cerca de un precipicio e hizo que Ángel-caballo se detuviera en seco.

No tenía ni idea de para qué los había llevado hasta ahí, y durante un instante pensó que había cambiado de parecer tras ver a la princesa y ya no iba a ayudarlos; sin embargo, escuchó una voz desde el fondo del barranco.

Al asomarse, vio que Demian los llamaba.

Ángel se sacudió y Gregor bajó.

—Tenemos que bajar. Vamos —ordenó Ángel.

—Tengo que prepararme. Dame un segundo.

El general le dio un arma para que lo cubriera mientras ataba el extremo de una cuerda a una roca grande y a continuación se la enrollaba alrededor de la cintura para bajar haciendo rápel.

Ángel se transformó esta vez en una cabra y, con la habilidad que solo estos animales poseen para desplazarse por laderas verticales, descendió hasta la base del barranco y se quedó asombrado por lo que tenía ante sus ojos.

Apenas un par de minutos después, el general de los mercenarios se unió a ellos y los miró con una nota de desconfianza, pues delante de ellos había una delgada abertura a través de la cual solo se intuía oscuridad en su interior.

—Destruidlo al entrar —ordenó Demian, atravesando en primer lugar la abertura.

Ni Ángel ni Gregor escucharon nada tras su partida, de modo que eso solo podía significar una cosa: se trataba de un puente, aunque no sabían a dónde los llevaría. Justo antes de dar un paso en dirección al interior, vieron que se acercaba en picado un albatros.

Ángel entró en la abertura al mismo tiempo que Gregor quitaba la anilla de una granada de mano, lo que le daba cinco segundos para cruzar el puente y llegar al otro lado sin que la explosión lo alcanzara; no sabía muy bien cómo funcionaban esos puentes, como ellos los llamaban, pero rogó que la onda expansiva no atravesase al otro reino .

Soltó la granada y se metió en la pared de piedra que tenía delante, avanzando lo más rápido posible.

Sin ser consciente del momento exacto en el que cambió de reino, Gregor miró hacia atrás y solo vio cómo se sacudían algunas rocas y caía arena a su alrededor, el único indicio de que la granada había explotado.

Cuando el general abandonó la gruta que habían atravesado, se quedó helado al encontrar a Demian cubierto por una manta y a Ángel desnudo delante de una mujer, morena y de tez bronceada, que le ofrecía otra para cubrirse.

—¿De verdad eres tú? —preguntó Ángel con incredulidad.

—Sí, cariño, soy yo —respondió esta—. Ven, tenemos que hablar.