CAPÍTULO 26
Tras avanzar y dejar atrás las cocinas, el grupo de Alexandra buscó habitación por habitación a los enemigos de su reino.
Terence les había contado que varios guardias fingieron revelarse contra los reyes, a pesar de que un par de los más jóvenes sí habían cambiado de bando y ayudado así a Ángel y a sus esbirros a hacerse con el palacio, aunque para ello tuvieron que hacer daño a algunas personas.
Sabían que esa era la única forma de proteger a sus majestades y su reino, pero que no pudieron salvar a todo el mundo, porque Ángel y los taerianos querían tomar el control del lugar rápidamente y mataron sin piedad a los trabajadores, guardias y consejeros que intentaron mostrarse inflexibles ante sus exigencias.
—No entréis ahí, princesa —dijo con pesar, señalando el salón del trono—. No es un buen momento para que veáis el dolor que han causado.
El corazón de Alexandra se encogió al escuchar la advertencia y sintió miedo y ganas de llorar.
Observó la puerta e intentó serenarse, sin embargo, no lo consiguió hasta que Adrián le apoyó la mano en el hombro.
Sus miradas se cruzaron y vio en él aún más dolor y culpa de la que estaba experimentando, de modo que respiró hondo y asintió con valentía, procurando transmitir a los reyes de Baltrium un poco de entereza.
Sin decir nada, se alejaron del salón del trono y siguieron adelante.
Pronto se encontraron con uno de los sobrinos de Demian, pero enseguida se encargaron de él y continuaron con su cometido.
Con el ruido que se produjo, sabían que era cuestión de tiempo que más enemigos aparecieran, de modo que se organizaron para actuar.
Adrián e Idaira eran quienes estaban más ansiosos por detener a Ángel, ya que pertenecía a su familia y deseaban que dejase de causar estragos en un reino que nada le había hecho.
La ocasión no se hizo esperar y, mientras el grupo salía de los salones de baile, Ángel y tres taerianos armados hasta los dientes terminaron de descender por las escaleras que llevaban a las salas de entrenamiento y la biblioteca.
Cuando los grupos se encontraron de frente, durante un segundo nadie se movió; enseguida, los taerianos descargaron sus armas contra Alexandra y los suyos, cuya respuesta fue empujar a los reyes de Baltrium otra vez al interior de la sala de baile y devolver el fuego.
—Princesa Alexandra —la llamó Ángel cuando los disparos cesaron—.
Bienvenida a Faroe, mi reino. —Hizo una pausa—.
Aunque supongo que ya lo sabéis si habéis venido tan preparada hasta aquí.
—Esperó alguna respuesta que no se produjo—.
¿No decís nada? Tus padres me entregaron Faroe a cambio de no heriros; deseaba cumplir mi palabra, pero, si os mostráis tan beligerante, no tendré más remedio que haceros daño.
—¿Dónde están mis padres?
—Encerrados en las mazmorras de palacio, y sí: respondiendo a tu próxima pregunta, están bien. Aunque no puedo decir lo mismo del príncipe Garik.
—¡¿Qué?! —Salió de su refugio—. ¿Qué le has hecho? —Eiden la volvió a meter de un tirón sin miramientos.
—Simple venganza —respondió con tranquilidad—. Ahora ya nunca podrá volver a delatar a nadie ni arruinar su vida.
—¿A qué te refieres? —preguntó Alexandra confusa, aunque los reyes de Baltrium sí habían entendido el significado de sus palabras.
—El príncipe Garik confesó que había descubierto los planes que tenía con Saray. —A pesar del rencor que sentía, hablar de su esposa le provocó un nudo en la garganta.
—No puede ser, él no haría eso —replicó la princesa en voz muy baja, como si de esa forma la culpa y el miedo no la paralizaran.
—Princesa, callad —advirtió Adrián.
—Por su culpa, mi preciosa Saray murió, y ahora él también lo está.
Alexandra no pensaba con claridad después de escuchar esas palabras; no podía ser cierto que Garik estuviera muerto, tenía que verlo y comprobarlo por sí misma.
La culpa la volvió temeraria y, levantando el arma, abandonó el salón de baile, aunque esta vez, a pesar de disparar hacia donde se encontraba Ángel, cruzó el pasillo para atravesar la sala de las audiencias e intentar llegar por otro camino a las mazmorras.
Eiden siguió a la princesa y dejaron a Terence y a Joel, que tenían las armas taerianas, con los reyes de Baltrium para protegerlos.
—Seguidlos; ahora que la princesa está aquí, podremos acabar con toda la familia y así no habrá nadie que intente reclamar el trono de Faroe —ordenó Ángel con maldad, viendo que estaba a punto de eliminar todos los impedimentos para gobernar el reino del agua.
Los mismos dos taerianos que previamente habían perseguido a Alexandra y a Garik por Otavalo y que habían llevado al príncipe en presencia de Ángel volvieron a seguirla.
Dispararon contra ellos, sin embargo, la princesa y Eiden eran muy rápidos y conocían todos los rincones y el mobiliario, lo que hacía que se pusieran a cubierto enseguida.
A pesar de las palabras de Ángel, los dos mercenarios confiaban en poder someter a la princesa en cuanto entrase en las mazmorras porque no tendría escapatoria.
Al verla bajar las escaleras con su guardaespaldas, sonrieron y descendieron con tranquilidad detrás de ellos.
Sabían que en el interior de la prisión los guardias que habían cambiado de bando estaban vigilados, por si las moscas, por los sobrinos y el hijo de Demian, de modo que en cuanto pusieran un pie allí los atraparían.
Al llegar a las celdas, los mercenarios apenas tuvieron tiempo de levantar sus armas: tres personas se les echaron encima, los desarmaron y esposaron casi en un suspiro; cuando por fin fueron conscientes de lo que había ocurrido, se sorprendieron mucho al descubrir a prácticamente todos los prisioneros fuera de sus jaulas y que los familiares de Demian habían ocupado su lugar, encadenados en los catres de una de las celdas.
—Pero ¿qué demonios hacéis? ¡Ángel os lo hará pagar claro! —gritó un taeriano mientras lo empujaban dentro de una celda.
Lidia lo golpeó en la boca y de un empellón lo tiró al suelo. Enseguida, su compañero también estuvo dentro y cerraron la puerta.
Mientras los guardias terminaban de liberar a los rehenes, Alexandra se reencontró con sus padres entre llantos y lamentos.
—¿De verdad estás bien? ¿Esos salvajes no te han hecho nada? —preguntaba el rey Fenrir, revisando con la mirada cada centímetro de su hija.
—Sí, papá, estoy bien. —Miró alrededor—. ¿Dónde está Garik? Ángel ha dicho… —No pudo continuar.
—Está ahí, cariño. —Su madre se apartó para que lo viese tumbado en el catre que habían compartido ella y su marido.
Sin poder evitarlo, soltó las manos a su madre y se alejó de ellos para arrodillarse junto a Garik.
La camiseta seguía empapada en sangre, aunque aún mantenía el torniquete en el brazo; hizo caso omiso a esa herida para tocarle el torso y suspiró. Mil emociones le llenaron el corazón, pero sonrió al mismo tiempo que apoyaba la cabeza en su pecho.
—Tesoro, Garik está… —empezó su madre.
—¡Despieeeeerta! ¡Despierta, despierta, despierta, despieeerta!
—empezó a gritar y a mover a Garik por el pecho, riendo como cuando eran pequeños.
Sus padres se sorprendieron, igual que el resto de los presentes, ya que no sabían a qué se debía la actitud de la princesa—.
Tienes que levantarte para poder comer juntos queso y dulce de leche —dijo sonriendo mientras una lágrima se le escapaba.
Alexandra se dio cuenta de que, a pesar de ver claramente los tres agujeros de bala en su pecho, él no había sufrido daño alguno debido al chaleco antibalas que le había ordenado que se colocase en la cabaña.
—Lexie, sabes que estoy herido, ¿no? —dijo sonriendo a su amiga—. Aunque, si es para desayunar contigo como antaño, me levanto enseguida.
Garik se incorporó y Alexandra lo abrazó con fuerza.
Todos miraban la escena sin entender lo que ocurría entre ambos príncipes, y menos aún en la situación en la que se encontraban, pero a ellos les dio igual.
Él sabía que ahora tanto ella como sus padres estaban a salvo, tras confesarle a Ángel que quien descubrió sus intenciones hacía tantos años fue él; por su parte, ella sentía que su corazón iba a estallar de alegría al ver a Garik vivo, aunque aún seguía necesitando tratamiento médico para el brazo y la inmersión.
—Alex, cariño —empezó su padre—. Garik necesita descansar y nosotros atrapar a Ángel y recuperar el reino.
—Lo siento. —Alexandra se alejó un poco de Garik y observó las celdas adyacentes—. ¿Están todos? —preguntó mirando a sus padres y a los guardias que habían permanecido dentro del castillo todo el tiempo.
—Ahora que estos dos están encerrados, solo quedan Ángel y el cabecilla de los mercenarios —respondió Lidia—. Sin embargo, sé que el resto de taerianos salieron del palacio para tomar la ciudad —añadió con pesar—. No sabíamos lo que harían hasta que fue tarde.
—No te preocupes, ya hay personas ocupándose de ellos.
—¿Quiénes? —se interesó su padre, que no tenía idea de estrategias militares, al contrario que su hija o sus guardias miaro, por lo que se quedó al margen para no entorpecer su labor.
—Han acudido todas las familias reales y guardias a ayudar. —Su padre suspiró de alivio y gratitud, a pesar de que enseguida esos sentimientos fueron sustituidos por miedo.
—Pero ellos no saben que tú y los guardias… —se preocupó.
—Ahora sí. —Lo tomó de las manos—. No te preocupes, todo irá bien. —Volvió a abrazar a sus padres y miró a Garik—. Descansa, voy a ocuparme del responsable de todo.
Les lanzó una mirada a sus guardias y subieron las escaleras nuevamente.