CAPÍTULO 25 #3
El hombre ocultó a sus hijos bajo sus patas, protegiéndolos del ataque, y su mujer aprovechó para convertirse en una anguila que cayó al suelo y usó su nueva condición para emitir una descarga eléctrica contra el taeriano que tenía más próximo.
El calambrazo casi hizo que soltara el arma e intentó alejarse de él, pero no pudo llegar muy lejos, ya que sintió como una bota pretendía aplastarla.
Volvió a su cuerpo normal y el mercenario dudó una milésima de segundo al verla desnuda, disminuyendo la presión; la mujer trató zafarse, sin éxito, aunque poco después el sujeto que la amenazaba cayó al suelo.
Por su parte, el hombre-cátralo quiso abandonar la habitación y así poner a salvo a sus hijos; en cambio, debido a su enorme envergadura no consiguió atravesar la puerta, de modo que se apartó de ella y se agachó lo máximo posible para protegerse el abdomen y a sus pequeños.
Su mujer intentó llegar hasta él, pero el jefe la tomó del pelo y volvió a atraerla.
—¿A dónde crees que vas?
—¡Suéltame! —Se debatió.
En ese momento, algo se ensartó en el brazo del hombre, haciendo que soltase a la mujer, que corrió ágilmente al refugio en el que se había convertido su marido.
Cuando el mercenario quiso quitarse lo que tenía en el brazo se dio cuenta de que no podía, ya que era un artefacto desconocido.
Se trataba de un jöhyö, un tipo de arma blanca que servía para herir y atrapar a los enemigos, que constaba de un dardo metálico en un extremo unido a una base de madera por medio de una cuerda de cuatro metros de largo; sin embargo, ese jöhyö estaba modificado, pues en la punta había unas púas retráctiles a modo de dientes de tiburón que en cuanto entraban en la carne se abrían para impedir que se pudiera extraer sin causar una herida aún mayor.
El cabecilla miró al exterior y vio con miedo como una sombra se acercaba volando hacia la casa. Por primera vez desde que llegó a Faroe, sintió que había sido una muy mala idea, pues la forma alada no era un solo animal, sino varios que se aproximaban con premura.
El pánico al ver a uno de sus compañeros abatido en el suelo, sumado a los ruidos de las habitaciones contiguas donde sus hombres parecían estar enfrentándose a múltiples enemigos, hizo que le costase reaccionar.
No sabía hacia dónde mirar; escuchaba que alguien lo llamaba, pero no era capaz de concentrarse en nada, solo en la bandada, con la sensación de que se acercaban a cámara lenta para paralizarlo.
Cuando consiguió ordenar sus ideas y volver en sí ya era tarde; no pudo dar ninguna instrucción al único subordinado que continuaba a su lado y esa falta de control los hizo actuar de forma desorganizada.
Sentían las laceraciones en la cabeza, el dolor era muy fuerte y notaban deslizarse cálida y húmeda la sangre de los profundos cortes que les estaban provocando aquellas aves.
Apenas podían ver ni concentrarse porque chillidos, graznidos y sus propios gritos hacían imposible volver a tomar el control.
El jefe de los mercenarios sintió un dolor agudo en el ojo y disparó descontroladamente, sin siquiera apuntar o ver nada; solo oía y sentía el aleteo de grandes alas a su alrededor.
Gracias a los disparos, el ataque aéreo cesó, pero casi de inmediato fue sustituido por uno cuerpo a cuerpo en el que los seres que los aprisionaron y les quitaron las armas eran enormes, o al menos esa fue la sensación que tuvieron después de haberse visto en inferioridad de condiciones.
Cuando la calma volvió, el príncipe Jayden y la princesa Johanna se acercaron a la casa con algunas prendas de ropa que sus padres y Yurena habían dejado atrás, aunque la mayoría se había desgarrado debido al cambio.
Aquel ataque por aire había sido totalmente improvisado al ver al dueño de la casa transformarse en un cátralo, pues de esa forma atacaban a la vez ambos frentes, y con la envergadura del crustáceo gigante habían dividido las fuerzas enemigas.
El grupo de Riley entró en el salón. Solo un par de los guardias se había transformado en un oso pardo y en un prumenix: una especie de puma con un pelaje veteado de color canela.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Riley, y los miembros del grupo asintieron.
Miró a la familia, que seguía en un rincón, aún protegidos por el padre—.
Tranquilos, no tenéis nada que temer —les dijo y, tomando una manta del sofá, la acercó a la mujer que estaba detrás de una de las grandes pinzas de su marido—.
Tenga, cúbrase y llévese a los niños fuera, por favor; no es necesario que vean esto.
La mujer hizo lo que Riley le dijo y sacó a sus hijos de su refugio; con la ayuda de la princesa Johanna, llevaron a los pequeños fuera de la sala, cubriéndoles el rostro para que no vieran los cuerpos de los mercenarios que habían caído en el ataque.
—¿Se ve capaz de mantener esa forma un poco más?
—preguntó Riley al hombre-cátralo, que lo miró con cansancio, pues, a pesar de que las balas no lo habían atravesado, sí eran dolorosas—.
Yurena, ve a la cocina y busca unas pinzas, necesitamos atenderlo de inmediato para que pueda volver a cambiar y llevarlo a un hospital.