Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Al llegar, les sorprendió que el ataque proviniera del interior de una vivienda y que, a pesar de ser Yurena y su grupo quien les pisaban los talones, los disparos no iban dirigidos a ellos, sino que lo hacían hacia la plaza que había frente a la casa.

Entonces descubrieron que allí se encontraba la unidad liderada por Riley, junto a la familia real de Seica y sus guardias.

Fueron a su encuentro con precaución.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó con preocupación Hakim al ver al grupo acercarse—. ¿Y el resto? —Miró esperando ver a Ryan y al resto de guardias .

—Hirieron a uno de los de Alena y se han quedado con él para cuidarlo, mientras veníamos hemos conseguido neutralizar a uno del grupo que perseguíamos y otro guardia está custodiándolo.

Sus compañeros escaparon, pero los hemos seguido hasta aquí.

Creo que se iban a reunir con más tropas —resumió Yurena.

—Nosotros acorralamos al grupo en un parque cercano, pero abrieron un agujero en los muros y consiguieron escapar; no nos lo esperábamos, así que nos costó un poco saber lo que había pasado —contó Riley—.

Hasta que se disipó la polvareda y vimos que habían entrado en aquella casa y que tenían a toda la familia de rehenes.

Mientras Riley contaba lo ocurrido, los reyes de Seica se mantuvieron callados, con el rostro un tanto triste. Al darse cuenta, Yurena miró a Riley y los señaló con la cabeza para saber a qué se debía su actitud. Riley suspiró antes de responder.

—Una guardia de Seica vigilaba por aire a los taerianos y, cuando hicieron explotar la pared, las piedras y cascotes de roca salieron volando como proyectiles, alcanzándola. —Miró a la reina Kamilah—. Cayó cerca de nosotros y fue la reina quien la encontró. Murió en sus brazos.

El silencio por la muerte innecesaria de aquella guardia de Seica duró poco tiempo, pues no podían permitirse dejar a un lado la labor que les habían encomendado, de modo que se tomaron aún más personal el secuestro de aquella familia faroense. No dejarían que se salieran con la suya.

—Tenemos que hacer un reconocimiento del perímetro de la casa, para saber si pueden escapar de alguna forma. —Riley y Yurena empezaron a repartir las tareas.

Los taerianos que tenían a la familia como rehén los habían reunido en el salón con las luces apagadas y las ventanas y las cortinas cerradas.

Al ver que se acercaban sus compañeros, abrieron fuego contra el grupo que los había perseguido por la plaza, para dar tiempo a los suyos a refugiarse en la casa .

Todos estaban tensos. Tanto por sentirse atrapados y haberse tenido que esconder como vulgares ladrones como por los llantos incontrolados de dos niños que se hallaban muertos de miedo al ver a esos hombres irrumpir en su hogar y golpear a su padre.

—¡Haz que se callen! —gritó un mercenario.

—Son niños, tienen miedo —repuso la madre, intentando apaciguar a los pequeños.

Los dos grupos se reunieron delante de las ventanas para ver lo que estaba pasando fuera; tenían que salir de allí y regresar al castillo.

—Hemos avisado del ataque al general —informó un mercenario—, pero hemos perdido contacto con el otro grupo.

—Puede que los hayan pillado por sorpresa —respondió un mercenario con muy malas pulgas.

—De momento, aquí estamos seguros, aunque no sabemos cuánto puede durar esto. El general Gregor ha dicho que enviará refuerzos.

Tras esa conversación, se fueron turnando para vigilar.

Habían elegido un lugar perfecto para poder defenderse, aunque sabían que cabía la posibilidad de que algo fallara.

Mientras esperaban refuerzos, empezaron a bromear con lo que harían si su jefe finalmente les permitiese llevarse un recuerdo de ese trabajo.

—Sabes que no te van a dejar —decía el que parecía gozar de mayor rango y había tomado el mando de ambas unidades.

—Lo sé, pero sabes igual que yo que, si nos hacemos con uno de estos —señaló con su arma a la familia—, podríamos ser famosos.

—O lo estudian como un espécimen raro —añadió otro mercenario.

—Siempre podemos volver a por más —dijo un cuarto, uniéndose a la idea y sonriendo por las posibilidades.

—Hombre, visto así es un buen negocio —lo sopesó el cabecilla—. Tienes muy buen ojo para estas cosas. —Rieron.

—Decid lo que queráis, pero también estaría genial tener descendientes con alguna de aquí, a ver si el enano sale con poderes.

—¡Hostia! Esa sí que es buena. A ver si nos libramos de esta avanzadilla y buscamos candidatas .

El grupo de mercenarios hablaba con despreocupación de lo que les gustaría hacer con los habitantes de Faroe, sin tener en cuenta a la familia que habían tomado como rehenes y tampoco el oído agudo de los habitantes de los reinos, pues un gato se había acercado a la ventana y acomodado en el alféizar.

Ninguno de los taerianos sospechó nada hasta que, tras su conversación, el felino bufó y salió corriendo.

—Creo que ese no era un gato normal —avisó Armand.

—Coge a la madre y tráela aquí. —El jefe se colocó delante de la ventana y un subordinado hizo lo que pidió—. No intentéis nada o esta mujer morirá, ¿me habéis entendido?

Nadie movió ningún músculo mientras esperaban una respuesta.

Los cinco mercenarios que se encontraban en el interior de la vivienda miraban hacia la noche intentando distinguir algún movimiento; sin embargo, no ocurrió nada.

Por lo que el guardia alano había escuchado en forma de gato, supieron que debían detener a esos hombres a toda costa.

—¿Qué vamos a hacer? Esos salvajes quieren secuestrar y explotar a nuestros ciudadanos —dijo la reina Kamilah.

—No permitiremos que esa mujer muera y tampoco que consigan llevar a cabo sus planes, de modo que vamos a intentar introducirnos en la casa provocando una distracción por delante —empezó Riley—.

Yurena, tú te mantendrás aquí llamando su atención con los reyes y el resto iremos al interior de la casa.

—Cuando dices «los reyes», ¿a quiénes te refieres? —preguntó el rey Hakim.

—En realidad, me refiero a ambas familias reales, a vosotros —señaló a los reyes de Seica— y a vuestro hijo; y también a la reina Iria y a su hija —añadió con contundencia, y sin permitir que replicara continuó—: Esto va a ser peligroso y no puedo poneros en más riesgo del que ya os habéis expuesto viniendo a Faroe, de modo que, sí, os quedaréis en la retaguardia con Yurena y seguiréis las órdenes para minimizar cualquier contingencia.

—Está bien —claudicó el rey Hakim al ver tensa a su esposa .

Rápidamente, se pusieron en marcha. Y Yurena se puso en pie para atraer la atención de los matones y permitir que el resto se acercase a la casa.

Cuando vieron movimiento en el exterior, uno de los mercenarios descorrió un poco la cortina para ver lo que ocurría y llamó a sus compañeros para que se acercaran.

—Están tramando algo —dijo.

—Caballeros, preparaos —ordenó el cabecilla, quitando el seguro de su arma—. Id a las otras habitaciones y prestad mucha atención.

Los mercenarios se dispusieron a abandonar la habitación, pero al dueño de la casa le había bastado esa conversación para tomar una decisión.

No permitiría que le ocurriera nada a su familia.

Él seguramente no tenía tanta experiencia en lucha como los que intentaban ayudarlos, sin embargo, podía darles una distracción para que sus salvadores lograran llevar a cabo su plan.

El señor, un hombre que aparentaba la cuarentena, esperó a que dos de sus secuestradores abandonaran la habitación para convertirse en un enorme animal de seis patas, cuatro pinzas, dos pequeñas y dos grandes, caparazón duro y un abdomen blando llamado cátralo, que solía vivir en cuevas submarinas de su reino.

Su transformación sorprendió a los mercenarios, que se pusieron en pie y abrieron fuego contra el hombre-cátralo; pero las balas no conseguían atravesar la coraza, aunque sí que se quedaban incrustadas en él.