CAPÍTULO 25
Tras haber repartido las tareas y atendido a Emma, los guardias miaro trajeron ante ella armas y artilugios de defensa taerianos; eran insuficientes, pero aun así podían serles útiles.
Entre ellas había un par de chalecos antibalas, varias pistolas y una granada de humo; además, improvisaron unos ganchos para escalar los muros del palacio.
Una vez todos estuvieron preparados, abandonaron Lurat y se dirigieron a la ciudad.
Cuando estaban cerca, se dividieron por grupos y cada uno fue a cumplir su misión.
Poco después de separarse, se empezaron a escuchar los primeros altercados entre taerianos y grupos de los reinos. El corazón de la princesa Alexandra se encogió de pavor al oír los disparos; rezaba para no ser la responsable de ninguna baja en sus filas.
Aun así, sabía que no podía perder la calma y siguió avanzando con el grupo que asaltaría el palacio y del cual ella era la líder.
Su equipo era el menos numeroso, debido a la necesidad de pasar lo más desapercibidos posible y poder infiltrarse entre los muros.
Llamó a Eiden y Joel para que la ayudaran a preparar el gancho con el que escalar uno de los muros. Lo lanzaron y treparon con rapidez.
Joel fue el primero en hacerlo, seguido de Alexandra y los reyes de Baltrium; por último, Eiden se encargó de recoger la cuerda.
El grupo corrió agachado en dirección a las cocinas; sabían que era muy probable que no hubiera nadie allí, sin embargo, al llegar escucharon una pelea y se detuvieron en seco.
Estaban a punto de dar media vuelta y buscar otro modo de acceder al palacio cuando la puerta se abrió y una sombra salió por ella.
—¿Princesa? —dijo una voz conocida que hizo que Alexandra se girara—. ¿Sois vos?
—¡Terence! —se alegró Alexandra.
—Entrad, ¡pronto! —El grupo volvió sobre sus pasos y accedió a las cocinas. Había un cuerpo inerte en el suelo—. Fue necesario —añadió solemne mirando el sujeto a sus pies.
—Lo sé. ¿Cómo están mis padres?
—Están bien, encerrados en las mazmorras, pero a salvo. Desde que se han oído los disparos en la ciudad, aquí están nerviosos.
—¿Cuántos enemigos quedan dentro de los muros?
—Demian, su hijo y dos sobrinos, Ángel y dos mercenarios.
—¿Y el resto de vosotros?
—A Marcus y a Lidia los tienen vigilados, no se fían de ellos.
—¿Por qué? —lo interrumpió Eiden.
—Estaba todo bien hasta que se han escuchado los disturbios, ahí han empezado a recelar de Marcus, alegando que sabe algo desde que recibió vuestra llamada.
—Lo siento, pero necesitaba saber si podía contar con los que estabais dentro.
—Entiendo. Nos han puesto a todos esposas glubbit para impedir que podamos transformarnos y también nos han colocado un pequeño explosivo alrededor de la cintura. —Se levantó la chaqueta para mostrarlo .
Los reyes de Baltrium se sorprendieron al escuchar lo que el guardia estaba diciendo y Adrián se llevó las manos a la boca cuando vio aquel explosivo. Se sintió terrible pensando en toda la maldad de la que era capaz su hermano.
—¿Los habéis desactivado ya? —preguntó tranquilamente Alexandra, acercándose al pequeño artefacto y echándole un vistazo.
—Faltan los de Marcus y Lidia, señora. Para que ellos no lo noten pusimos aislante entre el borde del cable y la masa para que se mantenga junto, pero no corremos peligro.
—Habéis hecho bien. Ya os lo podéis quitar, no quiero que haya riesgos innecesarios.
Al escuchar a Alexandra hablar con tanta naturalidad y confianza de explosivos taerianos, los monarcas de Baltrium se miraron con sorpresa. Cada vez estaban más ansiosos por que la familia real de Faroe contase todo lo que podía hacer.
—Vamos a liberar el palacio, ¡guíanos! —ordenó Alexandra y todos entraron siguiendo a Terence.
En las calles de la ciudad, el primer grupo liderado por Nando, en el que estaban Erik, la princesa Verónica y los guardias baltrenses, habían encontrado a un par de mercenarios que vigilaban los alrededores.
Cuando lo vieron, enseguida abrieron fuego, pues en un primer momento pensaron que se trataba de habitantes de la ciudad que habían hecho caso omiso del toque de queda, y sus órdenes eran disparar a quien se opusiera.
Los mercenarios pensaron que no eran más que ciudadanos intentando recuperar su ciudad, así que no esperaban que nadie les devolviera el fuego; de modo que se sorprendieron cuando Nando disparó contra ellos, ya que, según les habían contado, ninguna persona en esos reinos era capaz de manipular armas de fuego.
Al darse cuenta de que el grupo los superaba en número, los taerianos se internaron en un parque y se refugiaron tras una gran fuente de piedra para intentar parapetarse del ataque.
—No podemos acercarnos más —dijo preocupado el guardia de más experiencia de Baltrium.
Los mercenarios no les daban tregua y no dejaban de disparar contra Nando y su escuadrón.
—Por supuesto que sí —dijo Erik, que empezó a desabrocharse el chaleco.
—¿Qué haces? —preguntó Nando con el ceño fruncido.
—Lo que estás pensando, solo que tú eres el líder de nuestro grupo y no puedes ponerte en peligro. —Erik se había detenido mientras hablaba—. Distraedlos, yo intentaré pillarlos desprevenidos.
—Tú no irás —sentenció, y Erik lo fulminó con la mirada—. Eres médico, te quedarás en la retaguardia. En esta situación, además de sus majestades, eres el más importante entre nosotros.
—Soy muy buen luchador —argumentó.
—Lo sé, pero en combate el equipo médico, comunicaciones y el alto mando son los últimos en ponerse en peligro. Lo hará otro.
—Tú no eres quién…
—En este momento no estamos en Baltrium, sino en mi reino, y estás bajo mis órdenes.
—Pero…
—¡Erik, calla! Tiene razón —lo interrumpió Verónica, nerviosa y agradecida por que Nando no le permitiera ir. Erik no dijo nada y solo la miró molesto.
—Néstor, ¿verdad? —preguntó Nando a un guardia baltrense que aparentaba los cuarenta años, aunque seguramente estaba cerca de los ciento veinticuatro debido a su lento envejecimiento. El aludido asintió—. Irás tú, ¿podrás transformarte en una serpiente y deslizarte entre ellos?
—Sí, señor.
—Perfecto, espero que se asusten en cuanto te vean aparecer, pero ten cuidado; solo necesitamos que uno de ellos salga de su escondite.
Mientras Néstor se desnudaba y cambiaba de forma a una serpiente negra con vivos colores rojos y amarillos, Erik observó a Verónica, molesto por haberle impedido atacar; ella se dio cuenta y le mantuvo la mirada por unos instantes.
Sin embargo, enseguida la apartaron y la dirigieron hacia el lugar donde se encontraban los taerianos, esperando que el plan tuviera éxito.
Nando salió de detrás de los arbustos para dejarse ver y llamar la atención de los mercenarios para que Néstor pudiera llegar a ellos sin ser visto hasta que fuera necesario.
El plan funcionó a la perfección. Los comandos intentaron herir a Nando, pero él se ocultó enseguida; diez segundos, después se escuchó un grito y algo voló por los aires al mismo tiempo que un taeriano se ponía de pie.
Nando aprovechó para dispararle con tal precisión que ninguno de los baltrenses que lo acompañaban lo comprendieron, pues lo hizo con un rifle de ese reino.
El mercenario tenía un disparo en el hombro, bastante cerca del pulmón, por lo que su compañero intentó ayudarlo presionando la herida para que no se desangrase.
El grupo de Nando aprovechó ese instante para acercarse a ellos, atraparlos y desarmarlos mientras Erik atendía lo mejor que podía la laceración del taeriano caído.
En otra parte de la ciudad, el grupo de Yurena y los habitantes de Alena perseguían a otro comando de taerianos de gatillo fácil que apenas dejaban tiempo entre ráfagas de disparos.
Durante la persecución, uno de los mercenarios había conseguido herir en una pierna a uno de los guardias del reino de las montañas y habían tenido que detenerse para que Yurena le realizara los primeros auxilios.
Mientras atendía al herido, las ráfagas de disparos empezaron a disminuir y advirtieron que los mercenarios se estaban alejando de ellos, por lo que el grupo se dividió en dos: Yurena, la reina Iria y un escolta se adelantaron a perseguir a los maleantes, al tiempo que el rey Ryan, su hija y un par de guardias se quedaron con el lesionado para llevarlo a un lugar seguro .
No tardaron mucho en encontrarlos, pero se percataron de que estaban hablando con alguien y que acababan de llegar a un acuerdo en algo, porque lo último que escucharon antes de que la comunicación se cortara y los mercenarios volvieran a ponerse en marcha fue: «Nos vemos ahí.
Cambio y corto». Lo primero que pensó Iria fue que se encontraban próximos al palacio, no obstante, al ver a su alrededor se dio cuenta de que eso no era posible porque su persecución los había hecho alejarse de él.
Se pusieron en marcha a la vez que los taerianos, que esta vez tardaron en notar su presencia, aunque en cuanto lo hicieron volvieron a atacar; sin embargo, fue tarde para uno de ellos, ya que el guardia que las acompañaba lanzó un cuchillo a uno de los mercenarios y lo hirió justo detrás del muslo.
Sus compañeros, al verlo caer, intentaron ayudarlo, pero al darse cuenta de que el grupo se les echaba encima lo dejaron en el suelo y siguieron adelante; cuando estaban cerca del soldado caído, Yurena advirtió que tenía una granada en las manos, de modo que sin pensárselo dos veces le disparó al pecho, haciendo que soltara el explosivo, y rápidamente lo agarró para impedir que explotara.
Los otros dos consiguieron escapar.
Cuando la situación estuvo controlada, volvieron a ponerse en marcha siguiendo la ruta que habían tomado; no les hizo falta mucho para localizarlos, pues se escucharon disparos cercanos y simplemente avanzaron en esa dirección.