EPÍLOGO
Varios días después de la huida de Ángel y el general Gregor, los reyes de Faroe aún seguían celebrando actos para honrar a todas las personas que habían fallecido durante el ataque y como consecuencia de este.
Una vez restablecido el orden, y tras hablar largo y tendido de las aptitudes que tanto la princesa Alexandra como sus guardias poseían, cada una de las familias reales regresaron a sus propios reinos para que en Faroe sus gentes pudieran retornar a la normalidad; a excepción de Alena, que se quedaron un par de días para asegurarse de que Garik estuviera fuera de peligro.
—Yo me quedaré y lo cuidaré como si fuese mi hermano —bromeó la princesa Johanna apretando el brazo de Garik, que se encontraba aún en el hospital, aunque ya totalmente fuera de peligro.
—Lucian vendrá a verlo también y a llevaros con él de vuelta a casa —respondió su padre.
—No soy un bebé, no necesito niñeras —se quejó Garik intentando incorporarse, pero aún le dolía mucho el hombro .
—Eres un hombre hecho y derecho, pero la herida del hombro tiene que sanar bien si no quieres que queden secuelas en el futuro para tus transformaciones —dijo Alexandra, entrando al mismo tiempo que una enfermera —. Tendrás que quedarte en el hospital solo un par de días más, por seguridad.
—¡Cuídate y haz lo que te digan! —avisó la reina y acarició el pelo de Garik antes de salir de la habitación.
—Nos vemos —añadió Ryan, que siguió a su esposa.
Cuando los reyes de Alena salieron de la sala, Alexandra se giró hacía Johanna.
—A mis padres les gustaría que los acompañaras a comer; has estado aquí toda la mañana y tienes que descansar.
—Gracias —miró a Garik—. ¿Crees que estarás bien sin niñera? —lo pinchó.
—Creo que podré quedarme tumbado, aburrido sin hacer nada —rezongó.
—No se queda solo, yo me ocuparé de él hasta que vuelvas.
—¡Ah, entonces perfecto! —sonrió—. ¿A qué hora me esperan los reyes?
—Lo cierto es que he venido más tarde de lo que me habría gustado para hacer el relevo; pero tendrás tiempo suficiente para llegar.
—De acuerdo. —Recogió sus cosas antes de salir—. Hasta luego.
Mientras hablaban, la enfermera se ocupó de revisar y cambiarle el vendaje de la herida. Comprobó el cuadrante del tratamiento, que estaba en una tablilla cerca del paciente, y se dio cuenta de que tenía que llevárselo a la cámara hiperbárica.
—Princesa Alexandra, príncipe Garik, me temo que deben despedirse; tiene programada la cámara hiperbárica —les avisó la enfermera—. ¿Le han traído el almuerzo a las doce? —le preguntó a Garik y este asintió—. Perfecto, entonces tenemos que irnos.
Como había tardado varias horas en recibir atención médica para tratar el síndrome de descompresión, ahora tenía que someterse al tratamiento dos veces al día, para asegurarse de que no le quedaba ninguna secuela cuando volviese a Alena, pues su hogar estaba a más de dos mil metros sobre el nivel del mar y la presión sería distinta.
—¿Me aburro dentro de esa máquina? —se quejó.
—Creo que puedes llevar un libro o algo para leer —respondió Alexandra.
—¿Ah, sí? —se alegró—. Pero ahora no tengo nada.
—La próxima sesión de cámara te traigo algo.
—¿Cuántas quedan? —Ambos miraron a la enfermera, que lo comprobó en la tablilla.
—Con esta serían cinco. En total son seis sesiones de hora y media. En un par de días ya se podrá ir de alta.
—Solo quedan dos días, eso pasa enseguida. —Alexandra intentó sonar animada, pero, mientras hablaba, no pudo evitar un deje triste en la voz, ya que esperaba que tuvieran más tiempo.
—Tenemos que hablar —dijo sentándose en la silla de ruedas que le había preparado la enfermera—. ¿Estarás aquí cuando termine? —La princesa asintió y se acomodó en el sillón.
Alexandra estaba ensimismada leyendo un libro cuando entró Garik, que sonrió al verla tan absorta en su lectura. La miró durante unos segundos y su sonrisa se ensanchó. De pronto, dio una palmada fuerte y gritó.
—¡Ya estoy aquí!
La princesa soltó un grito ahogado y casi se le cayó el libro de las manos. Miró a Garik molesta durante dos segundos, pero cuando lo vio reírse tan relajado ella también se unió a sus risas.
—Quiero quedarme contigo, aquí en Faroe —soltó de repente. Alexandra lo miró fijamente—. Si tú quieres, claro.
—¡Por supuesto! —Se levantó con rapidez y lo abrazó.
—¿Interrumpimos algo? —se escuchó la voz de Lucian desde el vano de la puerta y detrás de él a Johanna.
—¡Claro que no! —dijeron separándose, sin embargo, Garik tomó la mano de Alexandra .
Al verlos, los príncipes de Alena se sorprendieron, pero también se alegraron mucho por ellos y los abrazaron.
—No lo sabe nadie —avisó Alexandra tras el abrazo de Lucian—, creo que será mejor esperar a que Garik se encuentre bien para anunciarlo. —Miró a Garik para confirmar que estaba de acuerdo y él sonrió.