Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

Tras encomendar la tarea a Lyra, Alexandra se tomó unos segundos para decidir en qué animal podría transformarse para recorrer la distancia que separaba Dacoma y Lurat en el menor tiempo y a ser posible sin terminar extenuada; se decantó finalmente por un antílope berrendo, de modo que cogió prestada una manta que tenía Lyra en el sofá y salió de la casa seguida de su dueña.

Se quitó la ropa envuelta en ella para asegurarse de que nadie la viera desnuda y se transformó en el antílope, sorprendiendo a su anfitriona por su cambio, ya que ella nunca había conocido semejante animal.

No hizo falta que se lo pidiera, Lyra ya estaba recogiendo la ropa de la princesa y metiéndola en la mochila que llevaba consigo.

Miró a la princesa y, tras un asentimiento, la mujer se acercó con cuidado y pasó ambas asas de la mochila por la cabeza del animal; con otro cordel la sujetó lo mejor que pudo a los cuernos cortos de la princesa, para que pudiera llevarla sin que le estorbara a la hora de viajar.

Una vez estuvo asegurada su carga, se alejó de la casa y emprendió el camino a las ruinas de Lurat sin perder más tiempo.

Era casi de noche cuando divisó por fin las ruinas.

Apenas había luces, imaginó que por miedo a atraer la atención de los taerianos.

Sabía que asustaría a muchas personas si entraba como un antílope berrendo a Lurat, de modo que se dirigió detrás de un árbol para volver a cambiar, pero justo escuchó el sonido de una rama al quebrarse y, al darse la vuelta para ver de qué se trataba, se sorprendió al encontrarse con Johanna, la hermana de Garik, que sostenía en alto una ballesta y la apuntaba con ella al pecho.

Alexandra sabía que, por la información que tenían, había villanos en su reino capaces de transformarse en animales de fuera de Faroe, por lo que no la culpaba por la desconfianza y la amenaza con que vigilaba sus movimientos.

Johana miraba al animal maravillada, pero también preparada para disparar si hacía algo que la pusiera en peligro; además, y para aumentar su asombro, aquel ser retrocedió un poco, estiró una pata delantera y dobló la otra para a continuación agachar la cabeza en una reverencia, dejando que viera la mochila que llevaba en su lomo atada a sus cuernos.

—¿Quién eres? —preguntó con curiosidad, pero luego ordenó con voz firme—. ¡Cambia, muéstrate en realidad!

Alexandra-antílope asintió despacio y poco a poco volvió a ser la mujer que la princesa Johanna conocía y quería como a una hermana.

Cuando el cambio terminó, Johanna se abalanzó sobre Alexandra en un abrazo tan fuerte en busca de consuelo que provocó que Alexandra se derrumbase.

No hizo falta que ninguna dijera el motivo, para ambas aquel apretón era para llorar por el miedo que les producía saber que un ser amado estaba en manos de Ángel y sus secuaces.

Al separarse, y tras darle un tiempo para vestirse, ambas se encaminaron hacia las ruinas, que habían asegurado perimetralmente tanto por cepos, obra de los hombres de los reinos, como de sus propios guardias, cuyas trampas eran más destructivas, pues habían utilizado material militar taeriano de sus viajes.

—Pensé que solo vendrían unos cuantos guardias a ayudar, ¿qué haces aquí? Rebeca no me dijo mucho en su mensaje.

—¿Confías en ella?

—No la conozco, pero sí —se sinceró Alexandra—. ¿Tú no?

—Al principio no, aunque he cambiado de opinión.

Es taeriana, ¿sabías? Y después de lo que pasó —dijo aludiendo a lo acontecido hacía tanto tiempo—, pensé que estaba detrás de todo —suspiró—.

Cuando la llamaste porque habían cogido a Garik y venías hacia aquí dio un poco de miedo; no sé, empezó a dar órdenes e incluso les dijo a los reyes, mis padres incluidos, que si se querían poner bordes con ella o mandarla a paseo (esa frase no la entendí muy bien) que lo hicieran, pero primero que escucharan y pensaran con la cabeza fría.

Además, no paraba de repetir que tú no razonabas con claridad porque tus seres amados estaban en peligro.

Al escuchar esas últimas palabras, Alexandra se dio cuenta de que Rebeca se había percatado de que Garik no era solo un amigo y que había sentimientos más profundos entre ellos, lo que la había movido a hacer todo lo posible por ayudarla.

—Y así es, las tres personas que más amo ahora mismo están entre los muros de mi propio palacio y en manos de seres sin escrúpulos.

—Johanna abrió los ojos cuando comprendió las palabras de Alexandra; sin embargo, antes de que pudiera decir nada, la princesa de Faroe la silenció poniéndole el dedo índice sobre la boca, consiguiendo de esa forma no desviarse de lo que estaban tratando—. ¿Quién ha venido? —cambió de tema.

—Los reyes de Alena, Baltrium y Seica, cinco guardias de cada reino y además Verónica y Erik de Baltrium, Jayden de Seica y yo. No han permitido que venga ningún heredero y tampoco el príncipe Vincent de Baltrium, que ahora no es de fiar .

El último comentario con respecto al príncipe Vincent le llamó la atención porque no entendía el motivo, pero no tuvo tiempo de preguntarle la razón, ya que acababan de entrar en Lurat.

En cuanto lo hicieron, varios guardias acudieron a su encuentro para ver quién acompañaba a la princesa de Alena y rápidamente corrió la voz de que la heredera de Faroe estaba allí.

Las guiaron hacia una zona de ruinas donde se encontraban las familias reales y, nada más entrar, los primeros en abrazar a Alexandra fueron los reyes de Alena.

—Cuéntanos qué ha pasado con Garik —pidieron con urgencia sin siquiera darle tiempo a tomar asiento—. ¿Cómo estás?

—Intentamos huir cuando los taerianos nos encontraron, pero sin querer provoqué a Garik un síndrome de descompresión y necesitaba tratamiento médico, por eso decidió quedarse atrás y negociar con ellos para darme tiempo.

—¿Qué es un síndrome de descompresión? —preguntó Hakim, el rey de Seica.