CAPÍTULO 24
Alexandra atravesó el puente y llegó a su hogar; nadó hasta salir del agua, y lo hizo con mucha precaución por si había alguien por los alrededores. Una vez fuera, y sin perder el tiempo, sacó su ropa y se vistió.
Corrió en dirección a Dacoma, que era la ciudad más próxima, y vigiló unos instantes que no hubiera esbirros de Ángel cerca.
No vio a nadie sospechoso, de modo que se adentró con rapidez buscando al chico que le entregó la nota de Colin unos días atrás.
No lo encontró, sin embargo, una mujer un poco mayor que ella la vio a través de la ventana y le hizo señas para que entrara a su casa.
Alexandra no se lo pensó dos veces. No hubo tiempo de saludos y rápidamente la mujer le contó lo que la mantenía nerviosa.
—Princesa, ¿dónde estabais? Os han estado buscando por Dacoma hasta ayer, hombres y mujeres de Taera.
—Lo sé, lo siento. Tuve que huir, pero he vuelto a recuperar el reino. ¿Sabes qué está pasando?
—Princesa, no solo son taerianos, también se les ha unido la familia del exprimer consejero.
—Sabía que lo conocía de algo —susurró y la mujer asintió—. ¿Cuál es tu nombre?
—Lyra. —Se produjo un silencio breve mientras pensaba en cómo compartir la información que tenía—.
Las noticias que nos han llegado es que ayer alguien de los nuestros entró en el palacio y que no lo pudieron atrapar; después de ese incidente, los taerianos salieron y —miró a Alexandra— sometieron a la ciudad haciendo que sus habitantes eligieran si vivir o servir al nuevo rey.
El corazón de la princesa dejó de latir cuando escuchó la última frase, se le cortó la respiración y los labios se le secaron.
Su cabeza daba vueltas pensando en todo el mal que estaba ocurriendo y, sin darse cuenta, las lágrimas brotaron recorriéndole las mejillas y cayendo sobre su camiseta.
La mujer le dio un pañuelo que no pudo aceptar porque el miedo la había paralizado, hasta que sintió que unos brazos la rodeaban.
—Estamos con vos, princesa —le dijo al oído e hizo que reaccionara—. Lucharemos a vuestro lado.
—A eso he venido, a recuperar lo que me pertenece; siento mucho lo que ha pasado y prometo liberar a mi reino de Ángel y sus esbirros.
Conforme hablaba, sus palabras la iban llenando de seguridad y poco a poco el miedo y el dolor se transformaron en determinación.
—Tengo que ponerme en contacto con algunas personas, ¿me puedes ayudar?
—Por supuesto.
—Necesito un móvil. —La mujer se levantó y le tendió uno. Lo tomó y empezó a hacer llamadas.
Tras unas cuantas llamadas el humor de Alexandra empezó a cambiar; a pesar de que poco a poco se iba enterando de las cosas que habían ocurrido en palacio y sus alrededores, eso no mermó el alivio que comenzaba a florecer en su interior.
—¿Yurena? —preguntó rápidamente cuando su interlocutor contestó.
—Sí, ¿quién es? Ahora no tengo tiempo de hablar, estoy …
—Soy Xandra. —Utilizó el nombre por el que sus guardias la llamaban—. Voy a recuperar mi reino y necesito tu ayuda.
—¿Dónde estáis?
—En Dacoma, intentando comunicarme con todos para preparar una ofensiva.
—Ahora estamos en las ruinas de Lurat —informó Yurena—, hemos traído a algunas personas que dejaron la ciudad poco antes de que los taerianos la invadiesen.
Alexandra suspiró, pero se alegró al saber que al menos algunos de sus ciudadanos estaban a salvo en las ruinas que se encontraban a las afueras de la capital.
—¿Hay más guardias contigo?
—Sí, están Eiden, Riley y en cuanto haga una ronda de reconocimiento vendrá Nando.
—Perfecto; esperadme ahí, iré en cuanto llame al resto de guardias que no estaban en palacio.
Gracias a la nota que había recibido de Colin, Alexandra conocía cuáles de los guardias que la acompañaban a sus viajes a Taera no estaban en el palacio y a quiénes podía contactar con más facilidad.
Además, en ella también figuraban nombres y teléfonos de algunos que sí se hallaban dentro del castillo y a los cuales no sabía si atreverse o no a llamar.
—Princesa, hay noticias de que algunos guardias del palacio han cambiado de bando; sinceramente, no sé hasta qué punto es cierta esa información, sin embargo, me niego a aceptar que gentes faroesas, y sobre todo miaros que han jurado proteger y defender el reino, le hayan dado la espalda.
Sé que los taerianos pueden ser muy convincentes cuando quieren, pero creo que sigue habiendo buenos soldados que lucharán por Faroe en nombre de los que ya no tienen esa oportunidad —añadió con tristeza—. Es posible que nos ayuden.
Tras las palabras de Yurena, entre la pena y la esperanza, la princesa de Faroe se decantó por jugársela y contactar con ellos también.
Cruzó los dedos, marcó el número y cerró los ojos mientras el teléfono daba señal .
—¿Quién es? —susurró alguien al otro lado de la línea.
—¿Marcus? —Un sonido afirmativo—. ¿Estás en el palacio? Soy Alexandra, yo…
—Princesa, lo siento, no pudimos evitarlo, yo… nosotros… —Su interlocutor se derrumbó.
—Tranquilo —pidió Alexandra—, más tarde lloraremos juntos por todo lo perdido. He venido a arreglarlo todo. He hablado con algunos guardias del exterior y vamos a reunirnos en Lurat.
—Shhhh… — la calló de inmediato—. Mamá, haz lo que ellos te digan, ahora son los que mandan y no dudarán en haceros daño.
—¿Con quién hablas? —preguntó un mercenario taeriano que lo escuchó—. Dame el móvil.
—¿Quién te crees que eres? Hasta donde yo sé, no eres Ángel.
—No, pero sabes que también estoy al mando.
Alexandra escuchó la conversación entre Marcus y el mercenario y rápidamente le pasó el teléfono a la dueña de la casa para que no sospecharan de él.
—Finge ser su madre; se llama Marcus, tiene un hermano y viven cerca de palacio, es muy cercano a su familia…
—¿Quién es? —ladró el mercenario por teléfono.
—¿Marcus? Soy la madre de Marcus, por favor —mintió Lyra—. Haremos lo que digan, pero… —fingió suplicar.
—Ya sé que haréis lo que se os ordene si sabéis lo que os conviene. —Le devolvió el teléfono, aunque se quedó a escuchar la conversación—. Avísale de que me he ido, a ver qué es eso tan importante que tiene que decir —susurró pensando que no lo oirían.
—Ya está, mamá, ya se ha ido —repitió, a sabiendas de que con el oído tan agudo que tenían todos en los reinos animales no hacía falta más.
—Ay, Marcus, tengo miedo —continuó Lyra mientras Alexandra escribía en un papel lo que debía decir.
—Lo sé, es normal. Ellos están al mando y, ahora que sé que estás bien —dijo en alusión a Alexandra—, acataré las órdenes que me digan .
—Gracias. Tus hermanos y el resto de la familia estamos en contacto. —Hizo una pausa y énfasis en el posesivo, esperando que Marcus comprendiese que se refería a los guardias miaro—. Necesitamos toda la fuerza que podamos reunir para hacer frente a esta situación.
—El nuevo rey ya ha tomado el control de la ciudad, así que es cuestión de tiempo que abra el reino a Taera. —Intentó sonar distante, como si la situación de Faroe no le importase—. Y no habrá nadie que lo pueda detener.
—Tengo miedo, y ojalá te equivoques —lo animó esperando que de esa forma supiera que vendría gente de Baltrium—. Pero tú sabes lo que tienes que hacer, cuídate.
—¿Puedes avisar a la familia de Amy, Terence, Lidia y Koral de que están bien? —pidió.
Marcus quiso darles una lista de los otros guardias miaro con los que podían contar, a pesar de que otros dos guardias sí que se habían cambiado de bando de verdad y seguramente tendrían que encargarse de ellos.
El mercenario que estaba escuchando la conversación puso mala cara al oír la petición de Marcus; al verlo, Marcus reculó.
—Madre, te tengo que dejar, voy a ver si me necesitan; aquí hay mucho movimiento.
—Ten cuidado —advirtió Lyra, haciéndose eco de los pensamientos de la princesa.
—Por supuesto, señora —respondió sabiendo que la princesa Alexandra estaba escuchando la conversación. Colgó.
Tras terminar la conversación, Alexandra se sentía cada vez más decidida; la mujer que había abatido en Ecuador le había dicho que eran diez los mercenarios que ayudaban a Ángel, más los familiares de Demian.
«Pero ¿qué motivos pueden tener ellos para traicionar a su reino?
», se preguntó mirando sin ver la pared del salón de la casa de Lyra.
Años atrás, cuando ocurrieron aquellos fatídicos acontecimientos, Demian y su familia fueron apartados del gobierno de Faroe por miedo a que ellos también hubieran adoptado la forma de pensar de Ángel y Saray; sin embargo, tanto tiempo después, ya nadie dudaba de Demian y su círculo, hasta ahora.
En toda la paranoia de su padre, nunca se le había ocurrido vigilar a la familia de Saray, y por eso nadie sabía qué había ocurrido con ellos durante ese tiempo para que cambiasen de bando y atacaran directamente a su familia y al trono.
Hizo un par de llamadas más, sin obtener respuesta. Sabía que eran importantes para la empresa que se le avecinaba; no obstante, no podía dejar pasar más tiempo, necesitaba ponerse en marcha. Esperó a que el móvil cortara el intento de comunicación y se lo devolvió a Lyra.
—Ten, si llama Joel o Emma les dices dónde voy a reunirme con los demás; que se den prisa, tenemos un reino que recuperar.
—Pero a mí me gustaría ayudar; es cierto que el grado de lucha que poseo no estará al nivel de los guardias, aun así… —La princesa sonrió agradecida.
—Tu ayuda es posible que haya sido la más importante en estos momentos, Lyra; sin ti no habría podido saber dónde reunirme con mis hombres.
—Tomó sus manos, entre las que llevaba el móvil—.
Ahora seguirás contribuyendo si esperas y les dices a los guardias con los que no he logrado contactar qué es lo que está ocurriendo.
—Así lo haré, contad conmigo.