Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Alexandra tomó un taxi y fue al hotel; esperaba que aquellos comandos que los atacaron aún estuvieran ahí para intentar rescatar a Garik o al menos para saber qué habían hecho con él.

Al llegar a recepción fue directamente al baño para quitarse la ropa, transformarse y poder hacer una ronda de reconocimiento en la habitación y luego en su escondite.

Al llegar a la habitación vio que estaba como la habían dejado, de modo que se introdujo por el pasadizo transformada en un jaguarundi, lo atravesó en silencio y una vez cerca de la trampilla aguzó el oído intentando escuchar tras la compuerta.

Se percibían unos pasos que iban de un lugar a otro, ninguna voz, así que supuso que solo había una persona en el interior.

Esperó unos segundos a que se alejara para saltar al interior de la cabaña con sigilo felino y cruzó la estancia en dirección a la habitación; se agazapó y se dio cuenta de que habían registrado todas las cajas.

Su ropa y la de sus padres estaba por el suelo, la comida que guardaban también, y las armas del baúl de debajo de la cama se encontraban expuestas sobre ella.

La mujer que la había perseguido las miraba, pero el ligero movimiento de Alexandra-jaguarundi llamó su atención y la miró con ojos penetrantes.

Ambas se observaron un instante y Alexandra salió corriendo hacia el salón; necesitaba poco tiempo para volver a su forma humana.

Se pegó a la pared que separaba las habitaciones y aguardó a que la mujer fuera en su busca, cosa que ocurrió dos segundos después de terminar su transformación.

La esperó agachada, preparada para defenderse, y, cuando apareció lista para disparar, Alexandra la tomó de la mano con la que sujetaba el arma y la desarmó con un movimiento rápido.

La mujer se sorprendió por la destreza con la que descargó el artefacto y le puso el seguro.

—¿No se supone que sois pacifistas? —preguntó en tono burlón.

Se separó de Alexandra y lentamente trató de alcanzar otra pistola que llevaba en la espalda, mientras se movía de un lado a otro en un intento de buscar un punto de ataque fácil.

—¿Quién os ha contado eso?

—Ángel. Dijo que seríais fáciles de dominar.

—Pues ahora verás lo equivocado que estaba.

Tras decir esas palabras, Alexandra se agachó y se abalanzó en pos de la mercenaria, chocando a la altura del estómago e impidiendo al mismo tiempo que la apuntara con el arma que tenía.

La otra, por su parte, la tomó del torso para que no la derribara y le golpeó la espalda con el antebrazo, intentando que la soltara.

No funcionó y la princesa la empujó hasta estamparla contra la mesa.

La fuerza con la que la mujer sujetaba a Alexandra disminuyó y esta aprovechó para separarse lo suficiente e intentar hacerse de nuevo con el arma; sin embargo, esta vez su oponente estaba preparada y apartó con rapidez la mano.

A la princesa de Faroe no le importó, porque con aquel movimiento dejó su cara sin protección y pudo encajarle un puñetazo muy certero en el ojo, partiéndole la ceja.

Por un segundo, su contrincante vio las estrellas con ese mamporro, aunque reaccionó con celeridad, apartó de un empujón a Alexandra y le devolvió un revés cerca del oído, que hizo que la princesa escuchase un pitido agudo durante unos instantes.

El arma seguía en posesión de la mercenaria, pero con el ojo cubierto de sangre por la herida no atinó a apuntar bien y el disparo pasó muy cerca de la princesa, sin hacer blanco, así que Alexandra se lanzó a por la pistola nuevamente y forcejearon intentando quedarse con ella.

Ninguna daba su brazo a torcer. Al final, cayó al suelo, ambas se miraron un microsegundo antes de decidir si ir a por ella y al mismo tiempo pensaron que no era buena idea, de modo que se enfrentaron cuerpo a cuerpo.

Las dos eran magníficas luchadoras, ya que habían estado en el ejército, a pesar de que su rival en sus últimos tiempos había decidido cambiar de pagador, convirtiéndose así en mercenaria a sueldo, lo que la había hecho ganar más experiencia en cuanto a enfrentamientos.

Por suerte, Alexandra conocía muchas más técnicas de lucha debido a su extensa vida.

Así pues, Alexandra consiguió bloquear sus ataques y pronto la sometió.

Se encontraba boca abajo con un hombro dislocado y el otro retenido a la espalda por Alexandra, que estaba sobre ella sangrando por el labio.

—Ahora te voy a hacer un par de preguntas y quiero respuestas claras. ¿Cuántos sois? ¿Mis padres están bien? ¿Qué habéis hecho con Garik?

—Muchos. No. Ni idea —rio.

—¡No me vaciles! —Tiró del brazo y la mercenaria gritó.

—Si ven que no regreso volverán, y ahora saben dónde encontrarte —amenazó.

—Eso ya no va a ser necesario. Respóndeme.

—Somos diez en mi escuadrón, sin contar a Ángel y a sus amigos del reino. —Esperó a ver su reacción.

—Continúa —ordenó con el corazón desbocado, intentando no mostrar sus sentimientos ahora que había confirmado que tenía gente de su propio reino que lo ayudaba .

—Ni idea de cómo se encuentran tus padres, se los llevaron y yo pasé de esos viejos cobardes que entregaron un reino solo por pena. —Escupió al suelo.

—Seguro que tú venderías a tus padres por dinero. —Fingió sopesarlo.

—Por supuesto que lo haría.

—Desalmada —susurró—. Y Garik, ¿qué habéis hecho con él?

—¿El guaperas? Después de abandonarlo en muy malas condiciones, porque un síndrome de descompresión es chungo —añadió para herir a Alexandra—, se lo llevarán a Ángel, él decidirá qué hacer con tu amigo.

Por cierto: estaba muy resuelto a revelar cosas sobre ti y dejarte con el culo al aire —rio—, aunque en este momento ya no haga falta.

Al escuchar el último comentario, Alexandra recordó que seguía desnuda y que sus cosas estaban en el baño de la recepción del hotel. No sabía cuánto tiempo había estado luchando con aquella mercenaria, pero tenía que regresar; seguramente en el hotel había llamado la atención que no saliera.

La princesa se removió un poco para buscar con la mirada algo con lo que atar a aquella mujer, sin embargo, aprovechó el movimiento para quitarse de encima a Alexandra y rodar, a pesar del dolor del hombro, hasta la pistola que se había metido debajo de una silla.

La cogió y, cuando iba a apuntar a su rival, esta cayó sobre ella y volvieron a luchar por el arma, que ahora se encontraba entre ambas.

Se escuchó un disparo y las dos abrieron los ojos de par en par, sintiendo una punzada en el pecho.

—¡Mierda! —susurró Alexandra, apartándose despacio de su contrincante, que seguía en el suelo y la miraba con una torva sonrisa.

—Buena suerte rescatando tu reino —se burló.

Al mirarse esta el pecho, se dio cuenta de que estaba manchando de sangre y que le ardía en el centro. La princesa miró a la mujer que tenía debajo y cerró los ojos con pesar.

La sonrisa de la mercenaria se había congelado y sus ojos la observaban carentes de vida .

Alexandra se apartó del todo y vio cómo la sangre brotaba del cuerpo de la mercenaria y había manchado el suyo; tomó una toalla y se limpió el pecho para estudiar la gravedad de la quemadura que le había hecho el arma al dispararse con el cañón tan cerca de su piel.

Luego se encargaría de enterrar a aquella mujer, ahora debía ocultar el cadáver lo justo hasta resolver sus problemas.

La cubrió con mantas y cerró la puerta que daba al exterior lo mejor que pudo, poniendo la mesa, las sillas y los baúles para dificultar que algo o alguien pudiera entrar por ahí y descubrir el cuerpo.

Con rapidez, fue a la habitación y cogió algunas armas blancas que se llevaría a Faroe; por suerte, la mercenaria las había dispuesto ordenadas sobre la cama y le resultó más rápido escoger las que usaría.

Cruzó el pasadizo convertida en un perro, llevando las herramientas en el hocico, y las dejó cerca de la ventana del baño de la recepción antes de entrar en él.

Comprobó el móvil; había perdido mucho tiempo y también varias llamadas de Rebeca. Por fortuna, le había enviado un mensaje en el que ponía: «Van a ir a ayudarte. Espero que salga todo bien».

Ese mensaje alivió en parte el peso que sentía en el corazón; aun así, no podía relajarse, de modo que se vistió, se despidió del hotel y llamó a un taxi, que la llevó enseguida a la cascada de Peguche. Era de suma importancia regresar a Faroe.