Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Ya era de día cuando Garik se levantó de la cama, observó unos segundos a su amiga y salió al salón después de vestirse. No tardó mucho en aparecer Alexandra también vestida.

Ninguno dijo nada porque no hacía falta, ambos se sentían como en una nube; una burbuja de amistad, amor, placer y felicidad que solo contenía una mancha negra: no tener noticias del reino de Alexandra para poder actuar en consecuencia.

Atravesaron en silencio el pasadizo y cuando salieron del armario se quedaron perplejos: la habitación no estaba como la habían dejado la noche anterior, las camas se veían más deshechas de lo normal y los cajones revueltos.

Alguien había estado allí buscando algo o a alguien.

Sin pensarlo dos veces, Garik se colocó delante de Alexandra, sin embargo, ella le tocó el hombro y le hizo señas para que no hiciera ningún ruido y la siguiera.

Regresaron con rapidez sobre sus pasos y llegaron al refugio de la familia de Alexandra, pero cuando estaban a medio camino escucharon que alguien volvía a entrar en la habitación del hotel.

Se apresuraron y, sin detenerse a cerrar la trampilla, Alexandra se dirigió a la habitación y extrajo el baúl de debajo de la cama. Sacó un par de prendas y le lanzó una a Garik.

—¡Póntelo debajo! Coge las mochilas y abre la puerta —le ordenó mientras ella examinaba el baúl de entre las camas.

Garik salió al salón e hizo lo que mandó Alexandra. Estaba forcejeando con la puerta para abrirla cuando escuchó que alguien se acercaba atravesando el pasadizo.

Se separó de la puerta y cerró la trampilla, intentando ganar tiempo. Volvió a centrarse en la puerta y estuvo a punto de abrirla cuando Alexandra salió de la habitación con una falda de tela gruesa y una camiseta verde de camuflaje.

—¡Apártate! —gritó y con una pistola semiautomática disparó a las bisagras.

—¡Ya vienen! —respondió acercándose a la trampilla, muy atento al ruido.

—Coge esto. —Le lanzó un cinturón enrollado con varios cuchillos.

Alexandra sabía que Garik no se iba a sentir cómodo usando un arma de fuego.

Garik miró perplejo a Alexandra. Llevaba un arnés con cinco cartucheras y todas ellas con armas de fuego.

Mientras él se colocaba el cinturón volvió a escuchar ruidos casi debajo de la trampilla. Ya estaban muy cerca. Se agachó para intentar oír cuántas personas iban tras su pista.

—¡Vamos! —Volvió a disparar a los bordes de la puerta, acto seguido levantó la pierna y de una patada la abrió de par en par.

Se giró hacia donde se encontraba Garik y vio que ya estaba alejándose de la trampilla hacia ella, de modo que salió de la cabaña y miró a su alrededor, intentando averiguar qué dirección debían tomar.

Acababa de decidirlo cuando Garik llegó a su lado. En cuanto lo hizo, ella tomó una de las mochilas que él se había encargado de agarrar y se la echó a los hombros.

Se habían internado en la maleza, aunque no era tan alta como para ocultarlos de sus perseguidores, por lo que enseguida escucharon que les disparaban; por fortuna, ninguno tuvo buena puntería y ambos amigos siguieron corriendo.

Mientras saltaban unas rocas y otros matorrales, Garik trastabilló y estuvo a punto de caer.

—¿Estás bien? —preguntó Alexandra, mirándolo apenas de reojo para comprobar que aún estaba con ella.

—Perfectamente. Sigue.

Ya se veía la laguna de San Pablo y Alexandra se alegró; al menos tendrían una posibilidad de escapar.

La orilla de la laguna estaba a doscientos metros, pero justo se dio cuenta de que había un indígena pastoreando un pequeño rebaño de ovejas; tenían que alejarse de él si querían huir sin alertarlo.

Si bien la presencia de aquel señor entorpecía su huida, también hacía que sus perseguidores se cuidaran de llamar la atención, ya que habían dejado de dispararles.

Alexandra cambió de dirección y se alejó de aquel hombre; intentó acelerar el paso, sin embargo, se percató de que Garik estaba perdiendo velocidad.

—¡Vamos, ya casi hemos escapado!

Garik miró delante de Alexandra y se alegró al ver que estaban cerca del lago. Su amiga podría tener una oportunidad de alejarse de sus perseguidores. Aceleró lo máximo que pudo, sin embargo, sabía que estaba perdiendo fuerzas.

Por fin llegaron al borde de la laguna. Alexandra se giró para saber a qué distancia se encontraban sus atacantes.

Maldijo para sus adentros, pues estaban tan cerca como para volver a disparar si no se daban prisa.

—¡Tenemos que irnos! —Señaló el agua.

—Lexie, ve tú, yo los detendré aquí.

Alexandra lo miró y se llevó las manos a la boca. Garik sangraba por el hombro y tenía el brazo cubierto de rojo.

—¡Déjame ver! —pidió, a pesar de que no había tiempo; un par de disparos pasaron cerca—. ¿Confías en mí?

—Sí, pero yo no p…

Su afirmación era lo único que necesitaba. Sin pensárselo dos veces, se lanzó a las frías aguas de la laguna de San Pablo y al poco tiempo asomó la cabeza.

—¡Tírate! —lo apremió—. ¡Rápido!

Garik obedeció sin pensárselo, aunque tras hacerlo se arrepintió; sabía que, a pesar de que Alexandra era buena nadadora, él sería un peso muerto si no podía mover el brazo.

Braceó como pudo para acercarse hasta Alexandra, que le quitó la mochila y se hundió para emerger debajo de él, de tal modo que pudiera apoyarse en su espalda.

El príncipe de Alena se sorprendió al ver la nueva transformación que había adquirido la princesa de Faroe.

Su cuerpo había cambiado.

La camiseta mojada permanecía pegada a cada centímetro de su torso, su piel ahora brillaba sutilmente como esquirlas de nácar con un tacto resbaladizo, su pelo se mantenía atado en una coleta alta y dejaba entrever unas protuberancias que se asemejaban a unas branquias detrás de las orejas; aunque el mayor cambio estaba en que las piernas de la princesa habían desaparecido y, en su lugar, una cola de sirena, como en la mitología taeriana, había hecho acto de presencia.

Garik no lograba creerse lo que veía; estaba siendo testigo de que las historias que Saray les había contado de pequeños podían ser reales. La miró fascinado. ¡Estaba tocando a una sirena!

Advirtió que Alexandra ya estaba preparada para esa transformación y por eso, cuando volvieron a su refugio, se había apresurado para cambiarse de ropa. No había tenido tiempo de preguntarle, aunque sí le sorprendió que sustituyera los pantalones vaqueros por una falda.

Verla aparecer con esa vestimenta y armada hasta los dientes lo había endurecido de deseo, si bien, cuando la vio dar órdenes tan decidida y resuelta supo que no tenían tiempo para adulaciones, de modo que siguió sus mandatos al instante hasta ese momento.

Alexandra era uno de los seres más poderosos de todos los que había conocido y lo llenaba de admiración y orgullo.

Si lo pensaba con detenimiento, hasta ahora siempre lo habían considerado a él como el mejor luchador de los reinos; puede que no el más fuerte, pero sí ágil, de modo que se sintió estúpido por creerse una maravilla tras descubrir aquel diamante oculto.

Sin proponérselo, Alexandra le había dado otra lección de humildad, esta vez para su ego.

—¿Cómo lo has hecho?

—Luego, ahora coge aire.

Se sujetó a su cuello y apenas tuvo tiempo de hacer lo que le ordenó cuando ya estaba sumergiéndose en las aguas frías de la laguna.

Los ojos de Garik se helaron cuando los abrió para intentar ver algo a su alrededor, cosa que no pudo porque solo lo rodeaba la oscuridad.

Alexandra, por el contrario, podía ver claramente. Sus ojos también habían cambiado, permitiéndole una visión perfecta bajo la superficie.

Los brazos de Garik se aflojaron cuando sintió el aumento de presión en su cuerpo. Él no estaba preparado para descender tan rápido.

Cuando Alexandra sintió que la soltaba, cayó en la cuenta del motivo e intentó ascender despacio para que los órganos de Garik no colapsaran; sin embargo, también se fijó en que se estaba quedando sin aire.

Era arriesgado salir del todo a la superficie, pero no tenía alternativa si quería comunicarse con Garik.

Salió despacio y el vertical, para dejar fuera ambas cabezas casi en el centro de la laguna, intentando mover lo menos posible el agua para no alertar de su posición a sus atacantes.

—Perdona, no me he dado cuenta. ¿Estás bien?

—Más o menos —contestó con sinceridad.

La herida del hombro seguía perdiendo sangre, la cabeza le daba vueltas, tenía los brazos entumecidos y notaba el estómago revuelto.

Alexandra lo miró con miedo, pues sabía lo que la presión del agua podía hacerle a un cuerpo humano. Aparte de la herida del hombro, Garik parecía encontrarse bien, aunque no tenía forma de estar segura. Debía llegar a la orilla, sacarlo de allí y llevarlo a un hospital.

Apenas tuvo tiempo de buscar el lugar más cercano y seguro para abandonar el agua cuando escuchó que una moto de agua se acercaba; miró en la dirección del sonido y se percató de que dos motos más se unían a la primera e iban a por ellos. Garik también las vio.

—Sujétate —pidió Alexandra y nuevamente se puso en marcha, aunque esta vez no se hundió.

Garik se sentía extraño. Miró para atrás buscando a sus perseguidores y vio que poco a poco se les echaban encima.

—Lexie, debes sumergirte.

—No puedo hacerlo. Tenemos que salir de aquí e ir al hospital.

Su amigo frunció el ceño y volvió a sentir entumecimiento en los brazos.

Garik no entendía que Alexandra estuviera tan preocupada por la herida de su brazo, y también por el síndrome de descompresión al que lo había expuesto.

—Me encuentro bien. —Intentó sonar convincente.

—Necesitas oxígeno e hidratación. —Quiso aumentar la velocidad, mas las mochilas y su amigo la estaban poniendo al límite de sus fuerzas—. Además, no dejas de sangrar.

El príncipe la escuchó y supo apreciar en su tono de voz, aunque no le veía la cara, que estaba asustada y nerviosa, de modo que tomó una decisión que la salvaría.

—¿Confías en mí? —repitió la pregunta que ella había formulado antes.

—Garik, no, por favor —suplicó adivinando sus intenciones.

—¿Eso es que no te fías?

—Claro que confío en ti, pero no puedo dejar que…

—Sí que puedes, porque eres valiosa, y ellos te buscan a ti. Si me dejas ahora, a lo mejor se detienen el tiempo suficiente para que consigas ganar más distancia y escapar.

—¿Y si no lo hacen? ¿Y si solo se dividen?

—Sin mí podrás sumergirte y huir más rápido. Además, tú conoces mejor a los taerianos. ¿Qué crees que harán? —Lo pensó durante un segundo.

—¡Necesitas ir al hospital!

—Estaré bien, te lo prometo —dijo esbozando un plan para llegar a Faroe.

—No quiero hacerlo —le imploró con voz temblorosa.

—Se me ha ocurrido una cosa, pero debes dejarme ya. —Disminuyó la velocidad—. Te esperaré en Faroe. ¡Vete!

La princesa se detuvo y lo miró un segundo a los ojos. Rebosaban confianza y amor. Lo besó con miedo y acto seguido se hundió a sus pies.

Las tres motos de agua aminoraron la marcha cuando llegaron hasta Garik, que se apretaba el hombro en un intento de no perder más sangre.

Uno de ellos lo subió a su moto de agua mientras el otro vigilaba los alrededores y la tercera iba en busca de Alexandra, que había emergido para observar qué ocurría con su amigo.

Al verla, Alexandra nadó lo más rápido que pudo hacia la orilla y salió de la laguna un par de minutos antes que su acosadora llegará también al borde del agua; sin embargo, la princesa ya había vuelto a su estado normal y ahora corría por la montaña para alejarse de allí.

Cuando llegó cerca de las primeras casas, se derrumbó y se permitió llorar de impotencia.

Estaba cansada y acababa de dejar a merced de unos salvajes al amor de su vida.

En cuanto ese pensamiento penetró en su cerebro, su mente se aclaró; no iba a consentir que le ocurriese nada a Garik, y tampoco a sus padres.

Buscaría el modo de salvarlos a todos y confesarle a Garik que lo amaba.

De los tres que los perseguían, fue la mujer quien siguió a Alexandra fuera de la laguna; sin embargo, regresó a su moto acuática, ya que le había perdido la pista entre la maleza.

Cuando volvió al lugar donde sus compañeros la esperaban, se dio cuenta de que Garik había perdido mucha sangre debido a la herida del hombro y que manchaba una gran parte de su ropa; además, se percató de que sus aliados estaban terminando de vendarle la herida.

—Os dije que le había dado —se jactó la mercenaria.

—¿Dónde está la princesa? La necesitamos a ella —inquirió el líder.

—La he perdido, señor, esa zorra es muy rápida.

—Yo sé dónde está —dijo Garik con voz débil.

—¿Y nos lo dirás por las buenas? —preguntó el cabecilla desconfiado.

—No —sonrió de medio lado—; a cambio de oxígeno, agua y un médico.

—¿Algo más, guaperas? —La mujer lo observó con desdén.

—¿Por qué la traicionas ahora?

—Hizo algo cuando emergimos del agua y no me siento bien.

—Síndrome de descompresión —susurró el tercer mercenario, quien lo había subido en la moto de agua, y luego añadió—: Según me he informado, esta laguna tiene una profundidad de entre treinta y cuarenta metros, suficientes para provocarle un colapso en los órganos —sonrió.

Garik escuchó el término y lo usó para que lo ayudaran.

—Sí, dijo algo como eso.

—Debemos darnos prisa. Nos lo llevamos a Faroe con Ángel; él sabrá qué hacer y allí te curarán —decretó el cabecilla—.

Tú —señaló a su compañera—, ve de vuelta a la cabaña y regístrala.

Espera un día, estoy seguro de que volverá; atrápala y llévala a Faroe.

Y tú —miró a su otro subordinado—, ponle las esposas especiales.

Garik se sorprendió al percatarse de lo mucho que conocían esos mercenarios taerianos cómo funcionaban sus reinos y de que además tuvieran consigo glubbits.

No obstante, en esos momentos agradeció que eliminaran sus habilidades, ya que, debido a la herida del hombro y a lo mal que se sentía, presentía que faltaba poco para que se transformara sin querer.

—En marcha.

Lo último que vio Garik antes de perder el conocimiento fue el agua de la laguna de San Pablo bañando la orilla.