Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Al segundo día que Ángel y sus esbirros habían tomado el castillo, sus gentes ya se habían empezado a preguntar qué les había pasado a sus monarcas y por qué el palacio estaba cerrado a cal y canto.

Nadie podía entrar y comprobaron que tampoco se les permitía acercarse, pues cuando el hermano de uno de los consejeros que se había quedado al mando del reino en ausencia de los monarcas intentó preguntar por qué no contestaba a sus llamadas los guardias del palacio lo echaron como si fuera basura y le advirtieron que no volviera a menos que quisiera terminar mal parado.

La disconformidad empezaba a crecer entre los habitantes que residían más próximos al castillo, haciendo que Ángel perdiera poco a poco la paciencia.

Necesitaba atrapar a Alexandra para poder revelar que ahora él era el nuevo soberano de Faroe; sin embargo, cada vez lo tentaba más anunciar sus planes y gobernar Faroe con mano de hierro y doblegar a sus gentes a base de ametralladora, dejándolos a merced de los mercenarios taerianos para que pusieran orden entre la muchedumbre .

Además, aunque deseaba enviar a alguien a investigar cuál era la entrada del puente que habían cruzado los prófugos, por el momento no podía, ya que los habitantes de la ciudad vigilaban el palacio; no se atrevían a acercarse, pero no eran tontos y querían averiguar lo que ocurría, por lo que tanto los padres de Alexandra como Ángel y sus matones estaban atrapados dentro del castillo.

Por eso, para sentir que aún tenía poder y autoridad, decidió bajar a ver a sus prisioneros y mermar su estado mental.

Al llegar a las mazmorras, se los encontró abrazados en la cama que compartían.

—Buenas tardes, altezas —se burló—. Os traigo noticias que sé que serán de vuestro interés.

Ambos lo miraron con desconfianza y temor.

—Aún no tenemos a la pequeña Alexandra —los reyes suspiraron de alivio—, aunque es cuestión de tiempo, pues sabemos dónde se esconde —mintió.

La reina Emily se llevó las manos a la boca en un intento por sofocar un grito que su marido también tuvo que mantener a raya, apretando con fuerza a su mujer para serenar su miedo. Ángel sonrió al ver sus reacciones.

—El problema que tenemos es que su acompañante está siendo un verdadero incordio y nos está impidiendo acercarnos a ella.

—Me alegra saber que Garik la protege; es un guerrero fuerte, lo tendréis muy complicado al enfrentaros a él —respondió la reina sin poder contener su entusiasmo.

Sin siquiera proponérselo, Ángel había conseguido la información acerca de la identidad del hombre misterioso que acompañaba a la princesa. Cuando lo supo, se dio cuenta de lo idiota que había sido, pues sabía que Alexandra y Garik eran amigos desde la infancia y prácticamente inseparables.

—No importa quién la proteja, tarde o temprano terminará en vuestra compañía y yo por fin tomaré el control absoluto de este reino.

—Garik es fuerte, tus hombres no podrán con él —lo retó la reina, dejándose llevar.

—Tal vez mis hombres no, pero sí sus armas. —Los reyes palidecieron—. Pensad en eso. Las balas corren más que ellos. De momento han conseguido esquivarlas, aunque quién sabe… —Sonrió cruelmente.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como si fueran un espectro que producía un miedo atroz.

—Por cierto, ¿habéis comido algo? —preguntó con sorna mientras se alejaba y abandonaba las mazmorras.

La reina Emily advirtió que su marido había perdido todo el color del rostro; Ángel lo habían hundido y no podía ser el apoyo que ella necesitaba, de modo que tomó aire, se serenó y poniéndose en pie se colocó delante de su pareja, le acunó la cara entre las manos y lo besó suavemente en los labios.

Fue un beso tierno que hizo que la mirada de Fenrir se centrara en ella. Ahora Emily era quien debía ser fuerte.

En cuanto la miró, los ojos se le anegaron en lágrimas que no pudo evitar que rodasen por su rostro. Emily abrazó a su marido sobre su pecho y le acarició el cabello mientras él expresaba su miedo, rabia, culpa y frustración entre sollozos.

Ferir era un hombre muy fuerte, mas los acontecimientos estaban pasándole factura.

Intentaba tranquilizar a su esposa, sin embargo, eso había hecho que no pudiera expresar lo que sentía hasta que no pudo contenerlos.

Solo Emily era capaz de conseguir que aquel hombre tan grande, que inspiraba respeto y temor, mostrase sus sentimientos.

Cuando los sollozos cesaron, ella lo besó en la frente y lo miró con una sonrisa en la mirada y una confianza que podría convencerlo de caminar sobre lava.

—Alexandra está bien. La hemos educado perfectamente y además se encuentra con el mejor guardián que puede tener.

—Pero ¿y si…?

—Shh… Escucha, los demás reinos están al tanto lo que ha ocurrido, y solo ha pasado…

—En realidad no lo sabía con seguridad, pues no había ventanas en la mazmorra—.

No creo que sean más de dos días, así que todo se arreglará; es cierto que Ángel tiene a esos salvajes taerianos, en cambio, nosotros somos más.

Si los habitantes lo supieran, vendrían.

Mientras hablaban, los comunicadores de los guardias que vigilaban a los prisioneros sonaron y tras escuchar las indicaciones subieron con prisa las escaleras. Nadie prestó atención a las palabras del intercomunicador.

—No quiero que nadie más muera —respondió Fenrir a su esposa.

—Lo sé, yo tampoco, pero sufrirán y perderán mucho más si no luchan por su reino.

—¿Cómo podemos avisarlos?

—Creo que puedo ayudaros yo, majestades —dijo un chico joven que aparentaba trece o catorce años, vestido solo con una camisola larga.

—¿Quién eres? ¿Cómo has entrado aquí? —inquirió Fenrir con desconfianza.

—Mi nombre es Nirso. Estuve aquí cuando llegaron los usurpadores con sus majestades cautivas, mas pude escapar por una ventana antes de que se percataran de mi presencia.

—El joven miró a los reyes esperando que lo creyeran—.

He entrado por la torre norte, la princesa dijo que por allí había una abertura para no ser vistos.

—¡¿Alexandra está bien?! —Se alegraron al tener noticias de su hija.

—Sí, está con el príncipe Garik en Ecuador, ambos se encuentran a salvo por el momento, sé que están extremando las precauciones.

—¿Cómo sabes todo eso? —La reina estaba feliz, a pesar de que desconfiaba un poco—. ¿Has hablado con ella?

—No, después de hablar con Colin me puse en contacto con Baltrium por unos conocidos de mi madre, y ellos con el castillo. He estado con los reyes y ya lo saben todo.

—Eres muy valiente, ¿por qué has regresado?

—La princesa necesitaba saber cómo os encontráis y también si tenemos a alguien de nuestra parte.

—No cuentes con ello, algunos guardias han cambiado de bando y otros están aquí en prisión, y por desgracia muchos han… —Fenrir no pudo continuar, el recuerdo de lo acontecido aún pesaba como una losa en su memoria.

—Los otros monarcas están esperando también información; hasta donde tengo conocimiento pretenden venir a Faroe para ayudaros a recuperar el trono.

Entonces, Colin se acercó a las rejas de su celda y miró al muchacho con seriedad.

—¿La princesa Alexandra no transmitió a los demás reyes la información que le di en una nota?

El chico miró a Colin y se sorprendió por sus palabras, aunque probablemente a él no se lo hubieran dicho, pues no era más que el hijo de una cocinera del palacio que deseaba entrar a formar parte de la guardia.

—No lo sé —admitió con sinceridad—. A mí solo me pidieron que me infiltrara aquí para averiguar más cosas; si la princesa Alexandra les ha contado algo más a los reyes, no me lo han dicho.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que has averiguado? —quiso saber la reina Emily.

—Antes de que me capturaran, me comuniqué con otro guardia que también… —No siguió hablando, pues se escucharon pasos—. No te puedes quedar aquí, tienes que marcharte —urgió al muchacho—. Debes irte, escóndete.

—Pero ¿qué les digo a los otros reyes?

—Diles que necesitamos su ayuda, que tanto Emily como yo estamos bien, y que deben asegurarse de que Alexandra no se acerque a Faroe. Ángel quiere descubrir quién los delató. Mi hija no puede saber que es eso lo que buscan.

Los pasos se escuchaban cada vez más cerca.

—Diles a los reyes que le pregunten a Xandra por la nota, eso puede ayudar en nuestra liberación.

Nirso poco a poco fue alejándose de las celdas en dirección a la salida.

—Y que no permitan que Alexandra o Garik vengan a Faroe.

Las voces se escuchaban cada vez más cerca y Nirso tuvo el tiempo justo para esconderse antes de que un guardia y uno de los hijos de Demian entrase en las mazmorras.

—¿Habéis visto a alguien? —les preguntó a los prisioneros, esperando que le confesaran la verdad. Ninguno respondió—. Es cuestión de tiempo que demos con él.

—¿De quién se trata? —preguntó la reina fingiendo desconocimiento.

—Aún no lo sabemos, y tampoco cómo ha entrado, pero lo averiguaremos.

Mientras los carceleros hablaban con los reyes, Nirso aprovechó para subir las escaleras lo más sigiloso que fue capaz.

Una vez arriba, corrió para escapar por el mismo lugar por el que había entrado, y se encontró con una guardia del palacio que se había cambiado de bando.

Nirso la conocía, se llamaba Lidia. Ambos se miraron durante dos segundos sin mover ni un músculo, pero, cuando se escuchó movimiento, los dos reaccionaron a la vez.

La guardia intentó atraparlo, sin embargo, Nirso fue más rápido y se agachó para evitar su agarre.

Al incorporarse para salir corriendo, algo chocó contra su espalda, empujándolo hacia delante.

Con la adrenalina que le recorría el cuerpo por el miedo a que lo apresaran aprovechó aquel impulso para avanzar y consiguió aumentar la ventaja entre él y sus perseguidores.

Subió las escaleras de la torre lo más rápido posible y enseguida encontró la ventana que había abierto al entrar; se quitó la única prenda que llevaba y con gran valor saltó al vacío, transformándose en el aire en una gaviota y uniéndose a un grupo de ellas, que por fortuna pasaban cerca del castillo, para que no lo reconocieran.

Mientras se alejaba con la bandada de gaviotas, miró hacia su espalda y se fijó en tres personas que aparecieron en la ventana por donde había huido.

Lidia conocía a Nirso y supo perfectamente quién era entre la bandada de gaviotas, pero no dijo nada a los mercenarios que la acompañaban porque si no lo habrían matado y no quería que la muerte de ese joven pesase en su conciencia.

Sin embargo, los taerianos no tenían sentimientos y se giraron hacia ella cuando se dieron cuenta de que habían tenido una intrusión y que ella no lo había atrapado.

—¿Por qué no lo has detenido? —la acusó enfadado un mercenario.

—No pude, era muy rápido —se defendió—. Os recuerdo que a vosotros también os ha dado esquinazo.

—No confío en ti, creo que lo has dejado ir.

—¡Me importa un trico lo que pienses! —respondió usando una expresión de Faroe en referencia a la clase de arena que se podía encontrar en cualquier playa sin ningún tipo de interés—.

Y ahora vuelvo a mi puesto, que, hasta donde yo sé, no se ha visto comprometido.

—Se alejó de la ventana y descendió las escaleras.

Al llegar abajo, la esperaban un mercenario y Ángel, que estaba hecho una furia. Sin darle tiempo a defenderse, la golpeó y la amenazó con una pistola en la cabeza.

—¿Es cierto? —Ella lo miró sin comprender—. ¿Has dejado que escapara?

—¡¿De qué vas?! —respondió sin pensarlo, aunque luego moduló la voz para no sonar rebelde—. No he podido detenerlo, se nos ha escapado a tus hombres y a mí.

—Ellos dicen que ha sido cosa tuya —repuso Ángel.

En ese momento, los mercenarios que habían subido con ella llegaron y descubrió que la habían metido en aquel lío, comunicándose a través de los walkies.

Necesitaba liberarse; a pesar de ser muy buena luchadora, en el fondo les tenía miedo a los taerianos, y más después de verlos actuar de forma tan sanguinaria.

—He dado la espalda a mi reino y por mi culpa han muerto amigos y gente inocente, creo que ya he demostrado a quién soy leal.

—Pues tendrás que demostrarlo nuevamente. ¡Traedla!

Los que la habían acusado la sujetaron por los brazos y la empujaron detrás de Ángel; ella se soltó y caminó sola mientras los otros la escoltaban.

Bajaron a las mazmorras y vieron a los reyes cuchicheando, ajenos a lo que los rodeaba, hasta que Ángel cargó un arma.

—Necesito que todo el mundo me preste atención y que responda a lo siguiente: se nos ha colado un espía y es urgente saber si ha llegado hasta aquí o ha sido una incursión sin más.

—Ninguno de los cautivos dijo nada—. ¡Perfecto entonces!

—se alegró con malicia—. En ese caso, vamos a arreglar otra cosa.

—Empujó hacia delante a Lidia—. Ella me es leal —miró a los reyes intentando sacar alguna respuesta—, o eso dice, y va a demostrárnoslo ahora mismo.

Buscó con la mirada a un mercenario, tomó su arma de la cartuchera que llevaba, la cargó y se la tendió a Lidia.

—Toma, mátalo. —Ángel señaló a Colin. Ella lo miró sorprendida y asustada—. Así veremos a quién eres fiel y leal de verdad.

—Yo… yo no puedo… Así no… yo…

Colin observó la situación y supo que no había escapatoria, pues al mismo tiempo Ángel levantó su arma y apuntó a Lidia a la cabeza.

Ella era madre de tres niños y sabía lo que tenía que hacer, aunque también era consciente de que ya no podría convivir consigo misma después de aquello.

Miró a Colin suplicante.

El tiempo se detuvo mientras ambos se observaban. Al compartir el mismo trabajo, los dos habían jurado proteger a su pueblo, no obstante, nadie los preparó para esto.

—Regresa con tu familia —dijo Colin y cerró los ojos.

Ángel estaba a punto de perder la paciencia cuando alguien se acercó con premura y le dijo algo al oído que lo hizo sonreír.

Se oyó un disparo.