CAPÍTULO 16 #3
—Lo sé. Lo siento. —Se dio la vuelta, dolida por su rechazo, aunque también agradecida por tener la fuerza de proteger su amistad.
Fue a la habitación y se cambió la ropa por un chándal. Cuando salió lo encontró en el mismo sitio, con la mirada perdida en el vano de la puerta por la que había desaparecido.
—¿Quieres luchar y así nos despejamos?
Garik parpadeó al escucharla y enfocó la mirada sobre la mujer que tenía delante. Una mujer hecha y derecha, preciosa, fuerte, valiente y con un solo defecto: era su mejor amiga, algo que él quería mantener.
—Claro, dame un momento. —Se puso ropa cómoda.
Volvieron a despejar la habitación y se pusieron en guardia.
Nuevamente, Alexandra fue la primera en atacar. Le lanzó un puñetazo directo a la cara y, cuando él la detuvo, giró sobre sí misma e intentó golpearlo con el antebrazo, tan rápido que Garik se sorprendió.
Esta vez no se estaba cortando. Se notaba que buscaba quitarse de encima la tensión; Garik se alegró y decidió hacer lo mismo. Ambos lo necesitaban.
Golpes y patadas dirigidos hacia su contrincante con la necesidad de rebajar la presión de unos sentimientos que pugnaban por salir.
Poco a poco, los impactos eran menos certeros.
No sabían cuánto tiempo llevaban peleando, pero sus cuerpos estaban cansados y no sentían la atracción sexual con la que habían empezado.
Estaban disfrutando.
En un ataque de Alexandra, Garik esquivó el golpe y, tras adelantar una pierna para colocarla detrás de las de la princesa, le puso la zancadilla a la vez que la empujaba, lo que provocó que ella perdiera el equilibrio y estuviera a punto de caer de espaldas; sin embargo, Garik fue más rápido y la sujetó para que no se hiciera daño.
—¡Te tengo! —dijo Garik antes de perder el equilibrio y terminar en el suelo con Alexandra en brazos.
—O yo a ti —respondió palmeándole la espalda para que viera que ella se había aferrado a él durante la caída.
Garik sintió la suavidad del cuerpo de Alexandra bajo el suyo y sus brazos alrededor de él, la miró a los ojos y esa tensión volvió con más fuerza que antes, pues esta vez también la sentía palpitar en la entrepierna. Intentó apartarse para poner distancia, pero Alexandra se lo impidió.
—Lo siento —dijo antes de dejarse llevar por sus sentimientos y la besó.
Garik inició el beso suave y cuidadoso, como si temiera asustarla, si bien Alexandra tomó el control y lo transformó en un beso ardiente que intentaba expresar con pasión todo lo que sentía.
Sin pensárselo dos veces, Alexandra lo empujó para rodar y colocarse sobre él.
Saboreó cada roce que la lengua de su amigo le provocaba.
Abandonó su boca para lamer la firme mandíbula y recorrerla hasta llegar al lóbulo de la oreja, la cual perfiló con la lengua, haciendo que la piel del cuello de Garik se erizase.
Sonrió un segundo antes de morderle con delicadeza la piel y trazar un camino de tiernos besos de vuelta a su boca.
Su cuerpo había tomado el control y no pensaba en nada más que en el hombre que estaba bajo ella.
Tan concentrada estaba en la emoción que le producía tener a Garik entre sus brazos que le sorprendió el ligero empujón que él le dio para poner distancia.
—Lexie, espera.
Garik disfrutaba de las caricias de Alexandra, si bien seguía pensando que se estaba aprovechando de ella en esa situación; además, tenía que confesarle algo y no sabía cómo se lo iba a tomar.
—¿Qué pasa? —Intentó sonar enfadada, aunque su voz salió triste.
—Lexie —suplicó—, somos amigos, no quiero que eso cambie.
—Ya es tarde para eso. —Se separó incorporándose.
—Créeme que lo sé. Pero no es buen momento. —Lo miró con el ceño fruncido—. Con todo lo que está pasando no quiero que confundas las cosas y aprovecharme de tu situación. Además, que…
—¿Aprovecharte de la situación? ¿Que no me confunda? ¿A qué demonios te refieres?
Mierda, ahora que lo había dicho y escuchado, sus palabras no tenían muy buena pinta, y justo así se lo había tomado Alexandra. Mal. Debía explicarse o al menos intentarlo.
—Lo que quiero decir es que ahora mismo estás pasando por una etapa complicada en tu vida con todo lo que está ocurriendo en tu reino y con tus padres —lo miró enfadada por despreciar así sus sentimientos—, y no me gustaría que desahogues tu ira y frustración de una forma errónea .
—¿Crees que besarnos es un error? ¿Que no he intentado evitar esta situación? —Se dio cuenta de que tenían las manos entrelazadas y trató de soltarse, pero Garik la detuvo—. Hace tres minutos no sentía ira ni frustración, algo que, por el contrario, sí tengo ahora mismo.
—¿Y qué sentías? —En cuanto formuló la pregunta se arrepintió.
Sus miradas se cruzaron durante menos de dos segundos, pero no hizo falta más. Ambos temblaron al descubrir los sentimientos que ocultaba el otro.
El silencio llenó la habitación.
—¿Además qué? —preguntó la princesa de repente.
—¿Cómo dices?
—Antes, cuando has dicho que no querías aprovecharte, has añadido: «además, que…», y te he cortado. ¿Qué pretendías decir?
Garik tuvo que esforzarse en recordar lo que quería añadir; cuando lo hizo, soltó la mano de Alexandra, miró al suelo muerto de vergüenza y rojo como un tomate.
—¿Qué ocurre?
—Nada, no es nada. Da igual.
El rojo cada vez se intensificaba más.
—¡Ey! Cuéntamelo, sabes que puedes confiar en mí.
—Lo sé, es que me da vergüenza.
Alexandra se sorprendió y se alegró de que él no la mirase, pues seguramente se habría dado cuenta de que sus palabras la habían descolocado por completo y no entendía ya nada.
—Te ayudaré si puedo.
—Eres la única que puede —dijo tan bajito que ni siquiera Alexandra con su oído tan agudo estuvo segura de haberlo entendido bien—. Lexie, yo… es que… yo… yo nunca he… —Alexandra lo miró sorprendida.