CAPÍTULO 16 #2
Miró a Garik, él le sonrió y dio un ligero paso hacia atrás para que ella pudiera tomar la mano de Gabriel.
Garik sabía que ella no necesitaba su permiso para irse con aquel chico, pero se sintió importante y lo llenó de confianza.
Además, quería que ella se divirtiera ahora que aún estaban recopilando información en cuanto a la situación de Faroe, porque, en cuanto tuvieran más datos, él mismo se presentaría allí y pelearía por él con tal de ver a su Lexie nuevamente en su hogar junto a sus padres.
Esperó un par de segundos antes de seguir a la pareja al interior del recinto, la fiesta se había dividido entre los bailarines y los corrillos de personas que charlaban. Al entrar se dio cuenta de que no conocía a nadie, aunque no le importó; se dirigió hacia su mesa y observó a los asistentes.
Para Garik era todo nuevo. Solo había ido a Taera en escasas ocasiones y siempre en «misión oficial», como él las llamaba, para acompañar a su hermano Lucian a asistir a unas clases de veterinaria en la universidad .
Las personas no eran diferentes y se comportaban igual a las de Alena.
Era cierto que las diferencias físicas podían considerarse bastante obvias: en Ecuador eran mucho más bajos que en Alena y su piel era también más morena; si bien no todos tenían la piel tostada y los ojos oscuros, sí la mayoría.
Durante un par de minutos estudió a las personas que lo rodeaban y casi ninguna mostraba sentimientos de maldad o desdén hacia los demás, algo que él imaginaba habitual en todos los taerianos.
Supuso que se debía a que la mayoría eran familiares; aun así, sí que se podía entrever envidia y superioridad entre algunos de los invitados más jóvenes, que tendrían alrededor de la edad de la cumpleañera.
Le llegaron las voces de una conversación que mantenían dos muchachas de la edad de Margarita y que miraban a Alexandra en la pista de baile.
—Se supone que es amiga de la familia de Margui, pero nunca la había visto y me enteré de que llegaron ayer ella y el muchacho que bailó con Margui.
—¿Cómo te enteraste?
—Escuché cuando Gabriel se lo contó a mi hermano, ya sabes que son muy amigos. Él iba a ser quien bailase con ella, pero resulta que se encaprichó y tuvieron que convencer al pobre muchacho para ocupar su lugar.
—Pues como sea, ya me gustaría bailar con un hombre como él. Está buenísimo. —Las chicas recorrieron el salón con la mirada y lo encontraron mirándolas.
—¡Ay, creo que nos ha visto! —Rápidamente le dieron la espalda.
—¡Qué vergüenza! ¿Crees que sabe que hablamos de él?
—¿Cómo va a saberlo si está a más de cinco metros y encima con todo el ruido que hay? ¡No seas boba!
Garik sonrió al encontrar otra diferencia entre todas esas personas y él.
Gracias a sus dones de transformación, él y el resto de habitantes de los reinos animales vivían tres veces más que un humano normal y tenían los sentidos muy desarrollados, de modo que las escuchaba sin problema a pesar de la música.
—Tienes razón. Además, vino con la chica que baila con Gabriel.
—Cierto, tienen que ser pareja, aunque por cómo baila con él pareciera que no. Está zorreando.
—¡No seas exagerada! Que las bachatas son así, un baile muy sensual. —Imitó unos movimientos como si se estuviera restregando con su amiga.
—Gabriel está muy bien, pero donde se ponga aquel… —Movió la cabeza en dirección a Garik, que fingió mirar hacia otro lado—. ¡Si es que está muy bueno…! —Ambas chicas lo observaron—. Con esos ojos azules y ese pelo… ¡Lo que le haría yo!
—¡Estás supersalida! Desde que perdiste la virginidad con…
—Shh… ¡Cállate! No quiero que nadie se entere.
—Además, ¿aún no estabas…?
Cuando la conversación giró en torno a la intimidad de la muchacha, Garik perdió el interés y se levantó de la silla.
Las palabras con las que se habían referido a Alexandra y su baile con Gabriel le habían molestado y removido algo que no entendía.
Necesitaba buscarla y tenerla cerca. Se detuvo en seco.
«¿Qué estoy haciendo?». Dio media vuelta y se dirigió al cuarto de baño.
Nunca se había comportado así con ninguna de sus parejas; aunque, claro, no había sentido nada parecido por sus ex.
Los sentimientos que habían despertado desde que estuvo de nuevo a solas con Alexandra eran más intensos, reales y fuertes que los que había sentido hasta ahora.
Se miró en el espejo y se mojó la nuca.
—¿Se lo confieso? —se preguntó, pero sacudió la cabeza enseguida.
No debía hacerlo, sería aprovecharse de la situación; ahora ella estaba vulnerable y solo necesitaba a un amigo.
Y eso es lo que sería, haría lo mejor para ella.
Tal vez más adelante o en otras circunstancias sí le confesaría sus sentimientos, aunque tendría que esperar a que todo volviera a su cauce.
Salió del baño y volvió a la mesa. Le pediría un baile si ella estaba dispuesta, aunque aún le daba vergüenza.
Al llegar, se encontró a la princesa de Faroe sentada frente a Margarita y su abuelo, hablando.
—Ha bailado muy bien, joven —lo felicitó el señor Galo cuando estuvo cerca.
—Muchas gracias, el vals no es uno de los bailes que se me dan bien.
—Todas mis amigas se han sorprendido y seguro que les he provocado envidia, te lo agradezco.
Las palabras de Margarita lo sorprendieron; no entendía por qué le parecía tan bueno despertar dicho sentimiento entre sus amigas.
Miró a Alexandra, que le apretó la mano en señal de que luego se lo explicaría.
Garik sonrió al darse cuenta de que, como antaño, sabían perfectamente lo que pensaban sin decirlo en voz alta.
—En ese caso, me alegro. —Realizó un asentimiento de cabeza formal de cortesía que provocó que la muchacha se sonrojara.
Sin pensárselo dos veces, se levantó, cuadró los hombros y extendió una mano en dirección a su amiga, que lo miró con sorpresa y asintió antes de escuchar la pregunta.
—¿Bailarías conmigo?
—Claro —respondió, aunque ya estaba poniéndose en pie.
Mientras se alejaban de la mesa y se acercaban a la pista de baile escucharon un comentario sobre la bonita pareja que hacían, pero no supieron de quién procedía.
Una vez en la pista, Garik se puso nervioso. Respiró hondo y miró a Alexandra, que le sonreía.
—Pensaba que no querrías bailar otra vez.
—Yo también, aunque no quería dejar pasar la oportunidad de bailar con la chica más hermosa de la fiesta. —Ella se sonrojó y miró al suelo. Al verla, añadió—: Aunque es verdad que no tengo ni idea de lo que voy a hacer ahora.
—Yo te guío —rio y lo tomó de la cintura—, tienes que mover la cadera y los hombros. —Al principio era ella la que lo manejaba, pero enseguida cogió el ritmo—. Es fácil, déjate llevar por la música y lo que te pida el cuerpo.
Rieron cuando Garik perdió el ritmo por mirar a otros bailarines e hizo un movimiento gracioso antes de volver a coger el compás.
—¿Me dirás cuando veas que lo hago mal?
—Por supuesto.
Un par de canciones más fueron suficientes para devolverlos a la mesa a descansar. Los dos se lo estaban pasando muy bien y disfrutando como cuando eran niños; no habían vuelto a estar solos desde que se descubrieron los planes de Ángel y Saray hacía tantos años.
Incluso pidieron un par de cervezas cada uno. No paraban de reírse y de ponerse al día.
Mientras charlaban, Garik le apartó un cabello que se le había salido del recogido y se le había pegado a la comisura del labio; al sentir el roce de su mano tan cerca, sin pretenderlo aguantó la respiración al tiempo que su amigo le colocaba el mechón detrás de la oreja.
Aquella ligera caricia, hecha sin otro afán que acomodarle el pelo, fue para Alexandra algo tan íntimo que el corazón se le desbocó, la temperatura de su cuerpo aumentó al menos cinco grados y sintió una necesidad visceral de exponerse y confesarle los sentimientos que habían aflorado en ella.
Sabía que no podía hacerlo, sin embargo, su cuerpo la traicionó y, sin pensarlo, tomó la mano de Garik que aún estaba cerca de su rostro y la besó en la palma, reteniéndola apoyada en su mejilla durante más tiempo del normal entre un par de amigos, disfrutando un poco más de su proximidad.
Al darse cuenta se separó y lo miró a los ojos.
—¿Nos vamos?
—Sí —respondió él.
Sin soltarse de la mano, buscaron al señor Galo y se despidieron.
Por fortuna, encontraron un taxi enseguida y tras quince minutos ya estaban otra vez en el hotel.
Ninguno dijo nada en el trayecto. Ambos intentaban aclarar sus ideas y poner en orden sus sentimientos para mantenerlos atados .
Una vez dentro abrieron las camas para simular que dormirían ahí y se dirigieron al armario para atravesar el pasadizo.
A cada acción que realizaban la tensión y la electricidad iba en aumento, abrir las camas de la habitación le había evocado imágenes de Garik y ella juntos.
Como si fuera la primera vez, Alexandra lo guio de la mano por el pasadizo y solo lo soltó para abrir la trampilla.
Una vez dentro, se apartó y fue hasta la mesa. No sabía qué decir. Esperó a que Garik cerrara la entrada y lo observó a los ojos; él le devolvió una mirada con la que estuvo todo dicho.
La princesa se acercó lentamente a Garik, permitiendo que fuera él quien pusiera algo de cordura a sus sentimientos; no obstante, no hizo nada, solo esperó a que ella acortara la distancia que los separaba.
Ya en el baño del recinto se había dicho que no le confesaría sus sentimientos, pero tras esa caricia en la fiesta y las miradas que ahora se profesaban supo que toda intención de ocultar sus emociones sería en vano y una mentira.
Aun así, era un caballero y seguía pensando que ella se encontraba en una situación de vulnerabilidad por lo acontecido en su reino, de modo que esperaría a que ella diera el primer paso, si de verdad estaba segura.
Sin detenerse ni darle tiempo a nada, Alexandra lo besó con delicadeza en los labios. El roce apenas duró un segundo, pero hizo que su piel se erizase y sintiera frío cuando se apartó.
No sabía cómo reaccionar. Estaba dividido entre lo que deseaba y lo que debía hacer.
—Lexie, yo… No creo que…