Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Al día siguiente, Garik fue el primero en despertarse.

Con la luz del día se dio cuenta de que se encontraban en una pequeña cabaña que solo tenía dos estancias; la habitación al fondo y el salón iluminado por una única ventana en la que no había reparado y lo que parecía una puerta tapiada con apariencia de no haberse usado nunca.

Buscó entre sus pertenencias el número de teléfono al que debían contactar y lo miró intentando decidir si la pareja del príncipe de Baltrium era de fiar, aunque llegó a la conclusión de que era lo único que tenían para comunicarse con sus padres y con el resto de monarcas.

Acababa de ponerse la camiseta, sucia y arrugada, cuando vio salir de la habitación a Alexandra con una blusa verde y unos vaqueros limpios. La miró intentando comprender de dónde había sacado la ropa.

—Mis padres y yo tenemos algunas pertenencias aquí; ya sabes, por si…

—Entiendo. ¿No tendrás algo que yo pueda usar?

—Mi padre es un poco más robusto que tú, aunque …

Volvió a la habitación y fue hacia un baúl que estaba cubierto por una colcha para que sirviera de asiento, rebuscó un poco hasta dar con dos bolsas cerradas al vacío y se las tendió.

—Son mudas de repuesto para mis guardias, imagino que alguna de ellas te debe de estar bien. Si no, compramos algo. —Sacó dinero de otra caja.

Las tomó y se las llevó a la ventana del salón para ver bien el contenido. Se decantó por la bolsa que incluía una camiseta blanca y unos vaqueros. Regresó a la habitación y devolvió la que no usaría.

—¿Qué más tenéis guardado? —preguntó medio en broma.

—Pues… —Alexandra se agachó y sacó otro baúl de debajo de la cama, lo abrió y le mostró su contenido.

—¡Pero ¿qué demonios?! —se sorprendió.

—Por eso este lugar también tiene que ser secreto. —Volvió a dejar el baúl en su sitio.

Esperó a que Alexandra saliera para cambiarse de ropa.

Se alegró en parte de la paranoia del rey Fenrir, ya que les proporcionaba refugio, comida, ropa y dinero para poder gestionar el tiempo que tendrían que permanecer allí hasta encontrar una forma de regresar a sus reinos.

Alexandra estaba ordenando su mochila y no se percató del momento en el que Garik salió de la habitación.

Cuando se giró y tomó aire para preguntarle algo a voz en grito, lo vio de espaldas a ella, concentrado en sus pertenencias, y no pudo evitar recorrerle el cuerpo con la mirada, pues la ropa le estaba lo suficientemente justa para marcarle todos los músculos a cada movimiento que realizaba.

—¡Joder! —apreció con sorpresa cuando sus ojos descendieron por su culo y sus piernas.

—¿Qué pasa? —Se giró enseguida, alerta.

—Eeemm, no, es… es que, joder, es tardísimo y seguro que ya están sirviendo el desayuno en el hotel —intentó arreglarlo.

—Vamos, no nos vendría mal desayunar .

Terminaron de ordenar y siguió a Alexandra para regresar a la habitación del hotel por el pasadizo que habían utilizado el día anterior.

Volvieron a servirse de un farol para alumbrar el camino; esta vez el trayecto no se hizo tan largo, aunque Garik sintió que le faltaba algo al darse cuenta de que la princesa no le ofreció la mano para guiarlo.

Pocos minutos después salieron del armario que contenía la trampilla y se dirigieron a las camas para deshacerlas y que pareciera que habían pasado la noche ahí.

Dejaron el cartel de «No molestar» colgado de la puerta y se dirigieron al restaurante.

Al llegar, una pareja abandonaba una mesa en el exterior que tenía vistas a la laguna de San Pablo y a las otras habitaciones, se sentaron ahí porque además se podía ver a su espalda el volcán Imbabura, que daba nombre a la provincia en la que se encontraban.

No tardaron mucho en preguntarles lo que tomarían para desayunar y mientras esperaban Alexandra hizo memoria de la leyenda que quería contarle a Garik. Se le formó un nudo en el estómago antes de empezar, pues le parecía que narraba la historia actual de ambos.

—¿Ves esa montaña? —Se giró para tenerla de frente—. Es el volcán Imbabura. —Garik estaba atento a sus palabras.

—Tiene en el centro la forma de un…

—Efectivamente —lo cortó—. La leyenda del corazón del Imbabura es la historia de dos cerros: Imbabura y Cotacachi.

Aquel de allá. —Señaló y Garik siguió la dirección—.

Se cuenta que, cuando Imbabura era un cerro joven, quedó embelesado por la belleza de Cotacachi.

Su afecto creció a través de milenios y ambos cerros lo expresaban de distintas formas.

Pasaron miles de años, en los cuales el cari [3] Imbabura nunca dejó de cortejar a la warmi [4] Cotacachi; al final por fin comprendió que lo que sentía por ella era amor.

Un amor puro nacido de una profunda y larga pasión gestada a través de siglos.

Cuando admitió sus sentimientos, lo hizo con devoción, satisfacción y felicidad, ya que por fin quiso declararse de la mejor forma y ser correspondido.

—Sus miradas se cruzaron dos segundos y se vieron reflejados en los personajes de la historia—.

Durante años, Imbabura intentó expresar su pasión por ella, pero sus acciones no eran suficientes; después de siglos, encontró la manera.

Lo que hizo fue abrirse el pecho y exponer su corazón para demostrar su devoción hacia Cotacachi, que finalmente reconoció, aceptó y correspondió los profundos sentimientos de Imbabura.

Ahora, ambos cerros cuidan a sus hijos, protegiéndolos al cobijo de la inmensidad de su cariño.

Aquí en Otavalo se los conoce como taita [5] Imbabura y mama [6] Cotacachi, y cuando aparece el arcoíris se dice que es el puente que une a estos amantes, recordando a la gente la fuerza del amor verdadero que trasciende al tiempo y al espacio.

—Ha contado la historia de una forma magistral, señorita —la interrumpió el camarero, un señor indígena bastante más mayor que ambos, con su comida.

—Gracias.

—Si me permite añadir algo… —Alexandra aceptó—, la leyenda perdura en nuestra memoria como un símbolo de devoción, sacrificio y amor eterno en la cultura de Otavalo, y nos enseña la importancia de la entrega y el cariño entre dos seres.

El corazón expuesto del Imbabura es un recuerdo visual de esta preciosa leyenda que sigue inspirando a las generaciones en esta ciudad y también para deleite de visitantes de otros lugares.

—Les hizo un asentimiento en señal de cortesía. Dejó el desayuno y se marchó.

—Una historia preciosa. Lástima que los amantes nunca puedan estar juntos, a pesar de conocer sus sentimientos —se lamentó Garik.

Una lluvia muy fina empezó a caer sorprendiendo a Garik; este observó el cielo y encontró una ligera nube que descargaba el agua contenida de forma tan delicada que incluso el sol se filtraba entre ella para iluminar la laguna, que brillaba bajo sus rayos.

Garik miró a Alexandra sonriendo porque en Alena había regiones en las que también ocurría este fenómeno.

—Bienvenido a Otavalo. Te dije que me encantaba porque me recordaba a tu reino.

Al pronunciar esas palabras, se vislumbró un arcoíris que unía a ambos cerros de la leyenda. Sonrió y se sonrojó cuando Garik también le tomó la mano. Ninguno dijo nada y permanecieron así hasta que la llovizna cesó. El puente del cielo se mantuvo unos minutos más para luego desaparecer.

—Tenemos que llamar al número que te dio Rebeca —suspiró Alexandra, soltando a Garik y centrándose en desayunar.

—Lo sé. ¿Desde dónde podemos hacerlo?

—Iremos al centro a comprar algo de ropa y un teléfono móvil, así estaremos comunicados.

Una hora después, ya estaban en el centro y tenían una tarjeta de móvil lista para usar. Por seguridad, compraron otra por si era una trampa y Rebeca estaba compinchada con Ángel y Saray.

Esperaron unos instantes con nerviosismo mientras el número daba tono, pero nadie contestó. Colgaron y volvieron a intentarlo tras un par de minutos.

—Diga —se escuchó la voz somnolienta de un hombre—. ¿Quién es? —Se notaba que acababa de despertarse.

—Buenos días, soy Garik. Rebeca me dio este número y me dijo que podía ponerme en contacto con ella por aquí.

Se escuchó cómo el interlocutor bostezaba y se removía. Garik y Alexandra se miraron.

—Pregunta con quién hablas —susurró la princesa.

—¿Me podría decir con quién estoy hablando?

—Soy Félix, el hermano de Rebeca. Me dijo que estuviera pendiente de su llamada porque ella está de excursión con su novio, pero ahora le voy a enviar un wasap y se pondrá en contacto con usted. Deme un momento …

Félix rebuscó en los cajones de su habitación la nota que le había dado Rebeca. Le hacía mucha gracia participar en el juego de rol que su hermana y sus compañeros del instituto habían montado para finalizar el curso.

Rebeca se había inventado eso para que su hermano no sospechara si el príncipe de Alena lo llamaba, aunque no estaba segura de si lo haría; esperaba que no, pues eso significaría que tanto el príncipe Garik como la princesa Alexandra habían salido sanos y salvos de Faroe y estarían en alguno de los reinos animales con acceso para volver a Baltrium con el resto de los reyes.

—¿Sabes algo de él? —Alexandra escuchaba el movimiento a través de la línea.

—No, lo cierto es que cuando Rebeca me dio la nota dijo algo, pero no le presté atención. —Se sintió culpable por su actitud.

—Ya estoy —volvió el hermano—. A ver —empezó leyendo la nota—, «me alegra que hayas podido contactar. Lo más importante es que los reyes están bien, aunque es complicado y esperan tener más información pronto para poder actuar».

—¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes?

—Sí… —Dudó un poco porque no se esperaba esa pregunta—. Solo tengo algunas respuestas, pero ya sabes que si no haces las cuestiones adecuadas no te las puedo decir.

—No entiendo qué…

—Pregunta otra cosa por si acaso sabe algo más —la princesa presionó.

—¿Cómo o cuándo se va a poner Rebeca en contacto con nosotros?