CAPÍTULO 12
Hubo un silencio mientras ambos asimilaban las palabras que acababa de pronunciar Garik como si fuera una declaración, y les hizo recordar el momento exacto al que se referían.
Garik y su familia estaban pasando unos días en Faroe para que ambos niños jugasen.
Los hermanos de Garik se habían ido de excursión y él y Alexandra se habían levantado muy temprano, como les habían prometido a sus padres en demostración de responsabilidad por haberlos dejado quedarse más horas despiertos jugando.
Esa mañana, Alexandra se levantó la primera y fue a despertar a su amigo. Se vistieron y bajaron a desayunar.
Garik había empezado a transformarse, pues tenía ya casi catorce años, aunque aparentaba cuatro.
—¿Hoy cambiarás? —preguntó Alexandra.
—No lo sé, aún no puedo hacerlo cuando yo quiero .
—Bueno, si cambias yo te puedo cuidar.
—Gracias, pero es mejor que busques a alguien mayor. —Alexandra asintió y lo tomó de la mano.
—Ven, vamos a jugar en la playa.
Los dos niños fueron caminando de la mano hasta llegar a la orilla y ahí se sentaron en el suelo para coger las piedras y conchas que traía la marea.
Luego empezaron a pasear hasta que el calor comenzó a apretar. Vieron que sus padres se encontraban en un templete a la orilla del mar y estaban seguros de que les habían llevado sus bañadores. Sus ganas de meterse en el agua aumentaron exponencialmente.
—¿Nos bañamos?
—Sí, vamos.
Nuevamente iniciaron una carrera en dirección a sus padres, pero esta vez Garik se hizo daño con una piedra que se había colado en sus cangrejeras y se cayó.
Al verlo, Alexandra se detuvo en seco y volvió donde estaba su amigo; sin embargo, esta vez no lo encontró a él, sino que se topó con un pequeño chivo que luchaba por quitarse los jirones de ropa que aún le quedaban.
—¡Oh, Garik! —dijo la niña, sorprendida por el brusco cambio del niño—. ¿Te duele? ¿Te puedo ayudar?
Los ojos del asustado animal se cruzaron con la mirada tierna de la niña. Garik dejó de debatirse y alzó la pata trasera. Alexandra lo observó sin comprender, y luego se fijó en que en su pezuña se había incrustado una piedra con un canto afilado.
—No mires —susurró antes de sujetar la delgada pata del chivo y sacarle la piedra con sus manitas, lo que provocó que un poco de sangre brotara de la herida y que su amigo balara del dolor, algo que asustó a Alexandra—.
Perdón. —Los ojos de la niña se pusieron vidriosos, aunque aguantó las ganas de llorar—. Voy a limpiarla.
Mientras limpiaba la herida con el borde de su vestido y presionaba para que dejase de sangrar, llegaron Claire y los padres de Garik.
—¿Ves? ¡Ya estás bien! —Miró a los recién llegados y luego de nuevo a su amigo—. Tranquilo, ya pasó, yo te voy a cuidar.
El chivo miraba a Alexandra mientras esta le hablaba; confiaba en ella y, sin saber cómo, volvió al cuerpo de un niño de cuatro años aovillado en la arena y cubierto por jirones de tela rota.
La reina Iria había llevado con ella una toalla, con la que cubrió a su hijo, al tiempo que su marido lo tomaba en brazos para trasladarlo al templete.
Una vez ahí, ambos niños se cambiaron de ropa y se pusieron el bañador.
A Garik le seguía doliendo el pie, aunque intentaba ser valiente; quería jugar en el agua con Alexandra, pero ninguno de los dos se movió de la sombra que los resguardaba del sol. Sabía que ella no se iría sin él y él se sentía culpable de que se quedase sin nadar por su culpa.
—Vamos al agua, ya no me duele.
—Luego —dijo sabiendo que el agua salada haría que la herida le ardiese—, se está muy bien aquí sin sol. —A continuación, se acercó a su oído—. Además, han traído fruta y helados.
Se separó inmediatamente de Garik cuando se dio cuenta de que era de mala educación hacer eso y agachó la cabeza con vergüenza.
Sin embargo, tanto los padres de Garik como los de Alexandra estaban tan conmovidos por el detalle que ella estaba teniendo que apenas se percataron del desliz de la pequeña.
—Ese día también fue genial —recordó Garik—. Fue la primera vez que hablamos del manglar. —Ella asintió.
—También fue la primera vez que Saray nos habló de la mitología de Taera.
De nuevo, la sombra del pasado les oscureció la mirada, pero esta vez unieron las manos y el miedo no volvió a anidar en sus corazones, sino que latieron como uno solo, calentándolos y haciéndoles sentir fuertes.
Ya no eran unos infantes incapaces de defenderse y limitarse a ser observadores, ahora ellos también podían luchar y ayudar a quienes estaban en peligro.
Ambos sabían que, si en el pasado los acontecimientos los separaron debido a su corta edad, en esta ocasión serían ellos quienes se enfrentaran a sus adversarios y demostraran que, a pesar del miedo, las circunstancias y los enemigos, no volverían a dejar que nada se interpusiera en su amistad.
Garik juró en silencio que, cuando todo esto terminara, retomaría su amistad con Alexandra, aunque para ello tuviera que visitar Taera, algo que se prometió hacer solo en su compañía.
Un escalofrío recorrió a Alexandra mientras se perdía en los ojos azules de Garik, que la miraban con una gran intensidad, haciéndola sentir fuerte y vulnerable a la vez; era algo que nunca había experimentado, pero en su interior se encontró feliz y protegida.
—Seguro que eso de que las personas podían transformar solo la mitad de su cuerpo se lo inventó para que nos siguiera gustando Taera y lograr sus planes.
—Pues… —Alexandra no quería darle la razón a Saray, pero no podía dejar que pensara que eso era mentira.
—¿Tú los has visto?
—No, pero en eso no mintió. Es cierto que en Taera se cuentan historias y aparecen en leyendas antiguas referencias a estos seres mitológicos que podían ser mitad persona, mitad animal.
—¿Lo dices en serio? —Asintió.
—Aunque es cierto que el Yeti, el chupacabras o el monstruo del lago Ness no tienen pinta de ser más reales.
—Te confieso que, de pequeño, hasta que pasó lo que pasó, intentaba convertirme en un sátiro.
—¿Querías ser medio cabra para perseguir mujeres por Alena? —rio—. Seguro que no te hace falta mucho para llamar la atención de cualquiera chica.
Garik se sonrojó, no era la primera vez que su amiga le hacía un cumplido con respecto a sus facciones. No sabía qué responder, de modo que optó por levantar el rostro orgulloso .
A pesar de sus acciones, la princesa advirtió que su amigo se había puesto nervioso e incluso se había sonrojado.
Le pareció muy tierno que sus palabras le hicieran sentir vulnerable de alguna forma, sin embargo, imaginarse que su comentario fuera cierto le provocó una punzada de rabia o algo no pudo identificar.
Debido al cariz que estaba tomando la conversación, ella se levantó de la mesa donde se habían acomodado y entró en una estancia adyacente; allí se encontraban un par de camas y un baúl entre ellas que contenía algunas mudas de ropa dentro de bolsas al vacío.
Sacó un par de ellas y, al volver, fue hasta un aparador en una de las paredes del salón y sacó dos latas de comida con dos cucharas.
—Acabo de darme cuenta de que tengo hambre. —Le tendió la lata y una bolsa precintada al vacío con ropa—. Es de mi padre, espero que te esté bien. —Regresó a la habitación.
—Gracias —dijo, más por el cambio de tema que por la ropa—. Lexie, tenemos que hablar de lo que vamos a hacer mañana.
—Lo sé.
—El plan era sacarte de Faroe, llevarte a Baltrium y avisar a tus padres de que estabas a salvo. —Empezó a cambiarse de ropa en el salón.
—¿Cómo? —Se detuvo justo antes de terminar de ponerse un chándal cómodo para dormir.
—Colin —respondió sin más.
—La primera y la última parte del plan han salido bien, aunque no tenemos un teléfono dornia para ponernos en contacto con Baltrium y decirles quién está implicado en el secuestro de mis padres.
—Alexandra esbozó una mueca y salió al salón justo para ver cómo Garik se terminaba de subir el pantalón, que le estaba bastante suelto—. Lo siento.
—No pasa nada —le restó importancia, un poco azorado—. No obstante, creo que… a ver si lo encuentro…
Alexandra se sentó en la mesa, abrió una de las latas y empezó a comer mientras veía a Garik rebuscar en los bolsillos de la chaqueta que había guardado en la mochila tras cambiársela por la ropa que le había dado el señor Galo .
—Rebeca me dio un papel… aquí está. —Lo abrió—. Es un número de teléfono.
—¿Quién es ella? —preguntó en un tono mordaz que no era el que pretendía.
—Es la pareja de Víctor, es de Tarea y ya se han unido —confesó.
Sin saber por qué, su respuesta la tranquilizó y sorprendió al mismo tiempo.
—¡Pensaba que nos la iban a presentar, no que su relación ya estaba tan avanzada!
—No confío en ella, es taeriana y, al parecer, antes de atacar a tu familia habían intentado arrebatarles Baltrium hace unos meses.
—Si no te fías, ¿por qué tienes eso? —Señaló el papel.
—Es lo único que puedo ofrecerte y que se me ocurre para tratar de contactar con Baltrium. Has dicho que algunos taerianos son buenas personas, ¿no? Pues tenemos que arriesgarnos.
Alexandra no sabía qué pensar, no conocía de nada a esa mujer y Garik no confiaba en ella, aunque, como él mismo le había confesado, no se fiaba de nadie.
Miró a Garik, que aún sostenía el papel con duda en la mirada. «Es la única forma de mantener el contacto con los demás y conseguir ayuda para liberar a mis padres». Ese pensamiento la hizo decidirse. Tomó el papel de las manos de Garik y observó lo que había escrito.
—«Por si acaso. Espero que no os haga falta. Contacto en Taera» —leyó en voz alta—. Tiene prefijo, menos mal, así podemos saber a qué país llamar
—¿Llamamos?
—No tenemos otra opción. —Lo miró—. ¿Sabes quién puede ser el propietario de este número?
Garik se sintió fatal. Cuando Rebeca le había dado el papel le había dicho algo, sin embargo, él no le prestó atención, intentando poner todas las barreras posibles entre ellos.
«Si al menos la hubiera escuchado… Por mi culpa, Lexie está preocupada», pensó, y la miró tratando de darle fuerzas y confianza que él no sentía.
—Que yo no confíe en ella no significa que sus intenciones no sean buenas; al fin y al cabo, según nos dijeron, ayudó a liberar a los príncipes de Baltrium del hijo de Ángel y Saray.
—¿Kyle está también detrás de esto? —negó.
—Está encerrado en una prisión de Baltrium con uno de los guardias que lo ayudaban.
—¡¿Un guardia del castillo?!
A cada información que desvelaba, Garik veía cómo el miedo volvía a la mirada de Alexandra; estaba seguro de que con esta última noticia sospecharía que había alguien también infiltrado en su palacio que ayudaba al enemigo.
Alexandra se alejó de Garik y le dio la espalda.
Se le había pasado por la cabeza que alguien podía haber ayudado a Ángel y sus matones, pero enseguida lo había descartado, pues todos los guardias eran seleccionados con mucho cuidado y la información casi siempre estaba compartimentada.
Respiró hondo y miró a Garik con resolución.
—Mañana por la mañana llamamos.
—¿Por qué no ahora? ¡No tenemos tiempo que perder! —Lexie sonrió y el corazón de Garik sintió alivio por un segundo.
—Porque no tengo un teléfono y si no conseguimos contactar, o si ellos necesitan llamarnos después, es mejor llevar un teléfono siempre con nosotros.
—De acuerdo. ¿Qué haremos con la fiesta?
—Tenemos que asistir, al menos un rato. —Garik torció el gesto—. Hasta que no nos pongamos en contacto con quien sea el dueño del teléfono y con Rebeca no podemos hacer nada. Incluso es posible que estemos más seguros rodeados de personas.
—Tenemos que regresar.
—Estoy segura de que estarán vigilando la zona por la que escapamos por si volvemos a entrar en Faroe; o peor, intentando averiguar cómo cruzar para llegar hasta aquí.
—Pero el tiempo es vital.
—Lo sé, yo también tengo miedo por mis padres; sin embargo, no podemos ir a ciegas, y si con eso —señaló el papel— debemos contar con alguna ayuda más para liberarlos, esperaré.
A pesar de la seguridad con la que pronunció esas palabras, su corazón temblaba de miedo y preocupación.
Gracias a su regio entrenamiento sabía que no podía dejarse llevar por sus emociones, aunque le estaba costando muchísimo no ovillarse a los pies de la cama y llorar pidiendo ayuda y la protección de sus padres.
Se dio la vuelta para volver a la habitación y tener unos instantes de privacidad para reponerse, pero antes de dar dos pasos en dirección a la puerta sintió unos brazos que la abrazaban con fuerza y un beso en la nuca.
Ninguno de los dos dijo nada durante el minuto que duró ese abrazo reconfortante que Garik sabía que necesitaba y que a su vez también sirvió para fortalecerlos.
—Deberíamos dormir, mañana será un día largo.