CAPÍTULO 11 #2
—Me encanta esta ciudad, es perfecta porque cuando veníamos aquí sentía que tú y yo estábamos juntos.
Alexandra lo observó avergonzada por sus palabras, aunque intentando adivinar qué era lo que él pensaba; sin embargo, al conectar sus miradas, el bochorno por lo que acababa de expresar dejó de tener lógica para transformarse en timidez, debido a la forma en que Garik la contemplaba.
Nunca había sentido tal consternación con alguien, el estómago le dio un vuelco y se sintió expuesta; no obstante, ya no podía desdecirse, era la verdad.
No hizo falta que él preguntase a qué se refería porque, como ya sucedía de pequeños, bastaba una mirada para entenderse.
—Otavalo se encuentra a más de dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar y está rodeado de montañas y volcanes, y también es conocida como la ciudad de los lagos.
Así que, cuando vinimos por primera vez aquí, pensé que era como tener a Alena y a Faroe en un mismo lugar.
Como si estuviéramos juntos otra vez. ¡Mañana te lo enseño!
—explotó animada, apretando las manos que permanecían unidas.
—De acuerdo. —Al verla tan contenta se sintió mal por lo que estaba a punto de decir, pero sin darse cuenta habían cambiado de tema, eludiendo las cuestiones que aún no tenían contestación—.
Entiendo que tenéis estos escondites como comodín por un ataque y fácil huida, pero ¿qué me dices de los guardias especiales?
La pregunta le cayó como un balde de agua helada, desinflando su ánimo y haciendo que volviera a comportarse como una cobarde asustadiza, aunque también estaba enfadada con él por sus preguntas. Le soltó las manos y se enderezó en la silla .
—Se llaman guardias miaro, y han hecho un juramento especial.
Son muy pocos y nadie conoce, a excepción de la familia real y el primer consejero, sus identidades.
Han viajado con nosotros a Taera y aprendido nuevas transformaciones para poder protegernos —suspiró—; bueno, en realidad, cuidarme sobre todo a mí.
Después de mis padres, ellos tienen la última palabra con respecto a mi seguridad; si estuviera en peligro, darían su vida por mí.
—Recordó el ataque cuando se dirigían a Baltrium—.
Mi padre tomó la idea de los guardaespaldas que hay en Taera para las personas famosas o importantes.
—Su tono era de pesar, pues, en el asalto a su carruaje, había muerto un guardia delante de sus ojos hacía escasos días—.
No me molestaba tanto tenerlos siempre pegados hasta que todo comenzó otra vez.
—Si tan buena eres defendiéndote, ¿por qué depender de los guardias miaro? ¿Cuál es el motivo por el que no te dejan demostrar tus habilidades?
—Miedo —repitió con tristeza—. Miedo y factor sorpresa.
—Garik giró la cabeza como un búho en señal de no comprender—.
Si conseguían llegar hasta mí, según mi padre, desconocer cuáles son mis verdaderas aptitudes para la defensa personal y la lucha me otorgaría ventaja para enfrentarme a los enemigos.
—Lexie, cada vez estoy más intrigado por conocer esas aptitudes que dices tener. —Ese comentario pretendía animarla y consiguió su objetivo, puesto que ella sonrió.
—Después de que me cuentes por qué eres tan desconfiado con todo el mundo —replicó ella.
Ahora llegaba su turno; esperaba poder evitarlo, pero no consiguió picarla lo suficiente con su comentario para escapar de dar sus explicaciones.
Pensó en lo que le había contado Alexandra antes de sincerarse con ella, se lo debía. Su costumbre de desconfiar de casi todo el mundo estuvo a punto de interponerse, mas bastó cruzar una mirada con su amiga para saber que ella nunca se burlaría de él ni lo juzgaría. Tomó aire y empezó.
—Tú y yo no somos tan distintos. Mi desconfianza también nace del miedo a que las personas que están a mi alrededor me traicionen y nos hagan daño a mí o a mi familia.
Garik no era capaz de retener la mirada en los ojos de la princesa mientras hablaba, de modo que la desplazaba por el techo y las paredes en un intento de mantener un ritmo constante, evadiendo el contacto ocular.
—No quiero que nadie me use para llegar hasta mis padres o mis hermanos. No dejo que se acerquen lo suficiente como para que me conozcan de verdad.
Alexandra miraba a Garik llena de pena, ya que, aunque su vida era una prisión impuesta por sus padres, al menos ella sí se había sentido segura, y a pesar del miedo se permitió tener amigos que la conocieran bastante.
Él, en cambio, había evitado la cercanía con el resto de personas para que ninguna pudiera herirlo.
—Las únicas personas que de verdad saben quién y cómo soy son mis hermanos. —Miró el suelo—. Al igual que tú, yo tampoco he perdonado a mis padres por alejarme de ti. Estuve meses llorando e incluso dejé de comer después de lo ocurrido.
—¡No es cierto! —se sorprendió.
—Claro que lo es, incluso estuve ingresado en el hospital porque enfermé gravemente. Mis hermanos me visitaban a diario, porque no quería ver a mis padres, los culpaba por todo, pero lo peor fue separarme de ti y de Faroe.
—Si lo hubiera sabido… yo…
—Tú fuiste quien me sacó de ahí. —Frunció el ceño sin comprender—. Fue tu primera carta lo que me devolvió el ánimo; como no tenía fuerzas, volví a comer para poder responderte.
Alexandra recordó que había transcurrido casi un mes antes de obtener respuesta, y fue una nota de Lucian y Johanna.
—Lucian encontró tu carta y la escondió para llevármela al hospital cuando fuera de visita. Él y Johanna me las traían y se encargaban de enviarlas.
—Con tu primera respuesta, también había una nota de tus hermanos.
—Garik se sorprendió porque no sabía nada; aun así, seguía sin mirar a los ojos a Alexandra—.
En ella me deseaban ánimos, que fuera fuerte y me daban las gracias por haberme puesto en contacto contigo; ellos sabían que me echabas de menos y me decían que te habías alegrado mucho de tener noticias mías.
—No te mintieron, tú me salvaste la vida. —La muchacha se levantó y lo abrazó.
Las lágrimas brotaron silenciosas mientras mantenían el abrazo. Un abrazo que ambos necesitaban y que cerraba de manera definitiva unas heridas tan profundas que solo ellos compartían.
—Te prometo que nunca te traicionaré y siempre estaré ahí cuando me necesites.
Alexandra no sabía lo importante que eran esas palabras para Garik.
Él acentuó el abrazo y más lágrimas recorrieron su rostro sin poder evitarlo.
Por primera vez en muchos años, se permitió dejarse llevar por sus emociones, y estas cayeron con todo el peso de largas décadas, con sollozos y tantos sentimientos reprimidos que incluso sintió vergüenza al permitir que afloraran delante de la princesa de Faroe.
Sin embargo, sintió que ella lo abrazaba con fuerza y dulzura a la vez; estando en sus brazos se dio cuenta de que ella seguiría ahí cuando la necesitara y que, como sus guardaespaldas, él también daría su vida por ella, pues ya había salvado la suya.
—¿Recuerdas aquella vez que me transformé? —preguntó de repente, sorprendiendo a Alexandra.
—Por supuesto.
La princesa se separó de él para mirarlo, cómo iba a olvidar aquella tarde de verano que pasaron en Faroe.
—Esa fue la primera vez que pude volver a ser yo mismo después de una transformación, las ocasiones anteriores tuvieron que dormirme para que mi cuerpo regresara a la normalidad. —Alexandra no sabía qué decir—. Siempre has sido la persona en quien más confío, incluso más que en mis hermanos.