CAPÍTULO 11
La caminata no fue demasiado larga, sin embargo, Garik tuvo el tiempo suficiente para pensar y ordenar todas las preguntas que se agolpaban en su cabeza.
Desde que había encontrado a Alexandra en el manglar, poco a poco las acciones de su amiga le hacían necesitar respuestas, pues, cada vez que ocurría algo, una nueva acción inesperada o un comentario extraño añadía más preguntas a la larga lista que se estaba formando en su mente, si bien sabía que apenas habían tenido tiempo de hablar con calma.
En el taxi había querido sacar el tema, pero su desconfianza le había impedido obtener las respuestas que anhelaba.
Después, en la habitación del hotel, ella casi no le había dejado tiempo de pensar en que necesitaba saciar su curiosidad y, cuando se habían puesto a bailar, o al menos eso es lo que hacía ella, olvidó todas sus dudas y sencillamente disfrutó de la compañía de su vieja amiga, retomando un poco de esa confianza que se tenían.
Habían pasado varios años desde que habían estado juntos y solos como lo estaban ahora y, para ser sinceros, Garik se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos la cercanía y la confianza que Alexandra le inspiraba.
En Alena, era respetado y tenía amigos y amigas con los que disfrutaba de su tiempo libre; pensaba que con ellos era él mismo, pero en ese momento, caminando de la mano de Alexandra por un túnel oscuro sin más luz que un farol pequeño, se percató de que eso solo podría hacerlo con Alexandra, su mejor amiga Lexie, la persona a quien le confiaría su vida sin pensárselo ni un segundo.
Apretó la mano de la princesa de Faroe justo cuando ella se detuvo e intentó soltarse para abrir la trampilla y salir al exterior.
—Hemos llegado.
Alexandra se dio la vuelta para mirarlo cuando trepó por unos escalones rudimentarios para salir a la habitación que se encontraba al otro lado.
Al girarse, advirtió que él tenía los ojos cerrados mientras ella lo guiaba por el pasadizo y sonrió justo cuando él los abrió y sus miradas se encontraron.
—Aquí podremos hablar —añadió al ver la cara de Garik.
Nuevamente su corazón dio un ligero salto al darse cuenta de que Garik era ahora una de las pocas personas que conocían ese lugar; al mismo tiempo, sentía como si él siempre hubiera formado parte de esa faceta secreta y cobarde de su vida.
Conocía muy bien a Garik y sabía que tendría mil y una preguntas, y por eso había postergado el contestarlas; además, ella también tenía algunas y por fin había llegado el momento de ponerle fin a tanto secretismo.
—¿Me puedes explicar por qué? —Su pregunta iba acompañada de un gesto que abarcó todo lo que los rodeaba.
—Mi padre y sus paranoias.
—¡No, Lexie! Ya está bien de contestar a todo con «mi padre y sus paranoias», «las cosas de mi padre» o cabras locas del prado. ¡Necesito que me expliques a qué viene tanta monomanía !
Antes de que Garik terminase de hablar, Alexandra se mordió los carrillos en un intento de aguantar la risa.
Él suspiró esperando a que su amiga se serenase.
—Hace años que no escuchaba la expresión de las cabras locas del prado —se disculpó repitiendo la frase hecha típica en Alena—. Es difícil y largo de contar.
Se sentaron alrededor de una mesa de madera.
—Te escucho. —Alexandra suspiró antes de comenzar.
—Cuando el príncipe Ángel y Saray fueron exiliados, mi padre quiso protegerme.
Los primeros meses tras su partida, me encerró en el palacio; yo lloraba y le suplicaba que me permitiera ir a jugar a la playa, y no fue hasta que dejé de hablarle que me dio permiso para abandonar el castillo, eso sí, siempre con escoltas.
Era muy pequeña, Garik, tú lo sabes. —Su mirada buscaba comprensión—.
Para él, todo era una amenaza. No tenía a nadie, ya no podíamos estar juntos; éramos amigos desde pequeños y aun así nos separaron.
—En distanciarnos no jugaron un papel solo tus padres, los míos desconfiaban de Faroe y así nos lo hicieron pagar.
—Que nos alejasen es algo que nunca les he perdonado.
Por suerte, encontramos la forma de mantener el contacto —sonrió cómplice recordando su comunicación epistolar secreta—.
El tiempo pasó y me cansé de Faroe, quería irme, quería ser libre.
—Garik la miró sorprendido—. Sí, Garik, necesitaba escapar de mis padres y ver otros reinos.
Lógicamente, no lo hice… bueno, sí, pero no por mi cuenta.
—Él frunció un poco el ceño, intentando comprenderla—.
A ver, antes de hacer nada debía hablar con mis padres, como un ultimátum, aunque no tan brusco.
Lo hice, les expuse lo que sentía, sobre todo lo mucho que echaba de menos viajar.
Coincidió que en Taera ese año se celebraban unos juegos, como nuestros torneos, aunque aquí se llaman Olimpiadas; iban a ser en un país en el que aún teníamos un puente Maun y me propusieron ir a verlas.
Estaba pletórica, mas me pusieron la condición de que debería estar siempre con ellos y que también tendría que llevar un par de guardias para que me protegieran.
Acepté por completo sus ex igencias. Por fin iba a salir.
»Todo fue perfecto y yo deseaba viajar más, conocer más, explorar más, ver más…
Había personas tan distintas en Taera… En esas Olimpiadas descubrí que tienen multitud de estilos de lucha que nosotros desconocemos.
Le propuse a mi padre, aprovechando su miedo por mi seguridad, que podría aprender y así defenderme mejor.
Sí, lo sé, era una excusa y una manipulación para continuar yendo a Taera —se justificó al ver la ceja levantada de su amigo—.
Me daba igual, en ese momento solo ansiaba abandonar esas cuatro paredes que eran una cárcel para mí y pensé que sería la manera idónea de tranquilizarlos y conseguir mis objetivos.
Sin embargo, esas escapadas nos hicieron descubrir no solo las maravillas que Taera puede ofrecer, sino también una visión amplia de lo bueno y malo de los taerianos.
Tuve profesores y maestros de karate, jiu-jitsu, taekwondo, capoeira y otros tantos que tenían distintas filosofías de motivación.
A esas alturas, ya me habían enseñado a ser crítica en cuanto a las opiniones de los demás y a quedarme siempre con lo mejor, no solo para mí, sino para el resto y lo que nos rodea; de modo que aprendí a discernir enseguida entre personas buenas y malas.
Los taerianos también ayudaron a que mis padres dejaran de atarme en corto.
En realidad, eso lo hizo el señor Galo, y por eso es uno de los poquísimos que conoce nuestro secreto.
Fue una vez que él se encontraba con su ahijado y ambos nos queríamos subir a un árbol; ya sabes que se me daba de lujo, aunque justamente al que le habíamos echado el ojo estaba enfermo.
El señor Galo se lo dijo, los reyes lo oyeron y me prohibieron subir.
Entonces el señor Galo añadió: «Súbete, trepa, pero, como te caigas, te hagas daño y vengas llorando, encima te voy a castigar».
Mis padres se sorprendieron por la forma de decírselo y hablaron con él.
Les respondió que son los progenitores quienes deben avisar de los peligros de la vida y los hijos pueden elegir entre confiar o sublevarse y llevarles la contraria.
Tanto si el hijo sale airoso como si no, los padres deben estar ahí para cuidarlos cuando se hacen daño demostrándoles que más sabe el diablo por viejo que por diablo o para rectificar y alabarlos si el hijo consigue aquello de lo que fue advertido.
Aquel día terminé en el médico con un esguince en la muñeca y varias astillas en las piernas.
—No me creo que no supieras distinguir que el árbol se caería.
—No me piques, que puedo contigo —advirtió y él se rio—. Gracias a nuestras habilidades aprendí muchas cosas, tuve instrucción militar incluso, a pesar de que en nuestros reinos no se usan las armas de fuego. También poseo nociones avanzadas de medicina y veterinaria.
—¿Sigues deseando ver el mundo?
—No, gracias a todos mis viajes me di cuenta de que Faroe es un reino maravilloso y que quiero cuidarlo y protegerlo. Es mi reino y no me imagino abriéndolo a Taera; cada mochuelo en su olivo.
—Entiendo en parte lo que acabas de decir, sin embargo, sigo sin comprender cómo pasasteis de viajar por Taera para conocerlo a tener un escondite como este, por qué hay guardias especiales como Colin o por qué no te dejan revelar tus habilidades a los otros reinos.
Alexandra tomó aire antes de continuar; lo que iba a decir era tan descabellado que se lo parecía incluso a ella cuando lo pensaba.
—Miedo. Resume las tres preguntas respondidas en una sola palabra.
Garik frunció el entrecejo intentando encontrar sentido a su respuesta, y al ver un atisbo de ansiedad en la mirada de Alexandra atrapó entre sus manos una de las de ella, que estaban sobre la mesa.
—Si bien vimos que los taerienses, la mayoría por tónica general, podían ser buenas personas, mis padres, el rey sobre todo, seguía desconfiando del resto de ellos; por eso en varias de nuestras propiedades a lo largo de Taera tenemos estos pasadizos para escapar u ocultarnos si estamos en peligro. Como lo estamos haciendo ahora mismo.
—¿El hotel es vuestro?
—No, lo que ocurre es que…
Alexandra enmudeció, dirigió la mirada hacia la pared de su derecha, sus mejillas adquirieron un color tan escarlata como su melena e intentó ocultar una sonrisa tímida; Garik la observó maravillado, volvía a ser su amiga, tal cual la recordaba cuando aún tenían diez años, pero, esta vez, se recreó durante unos segundos en sus facciones, recorriendo poco a poco su rostro para grabarse sus gestos en la memoria.
Recordó que ella siempre lo hacía sentir bien; en ese momento, solo por verla como antaño, su corazón volvió a ser el de un niño, aunque su cariño y su afecto por ella ahora tenían otro matiz que desechó, pues no quería estropear la relación que estaban rescatando.
—¿Qué has hecho? —preguntó como habría hecho de niño.