CAPÍTULO 10
Después de tomar el castillo y encerrar a los reyes, les exigió que abdicaran en él, entregándole el poder para dirigir el territorio; al principio se negaron, pero rápidamente cambiaron de parecer cuando víctimas innecesarias de su codicia empezaron a teñir de rojo el suelo del salón del trono.
Fenrir amaba a su pueblo y no quería ser el culpable de la muerte de más ciudadanos si en sus manos residía el poder para detener esa carnicería.
Al principio, Emily estaba convencida de que Colin y Alexandra habían escapado y pedido ayuda, tenía que confiar en eso.
Debían llegar a Baltrium y alertar a los otros reinos para que los auxiliaran, sin embargo, al ver a Colin tan malherido como lo habían traído, sus esperanzas se desvanecieron. ¿Qué había pasado?
Tras ver cómo aquellos salvajes se ponían manos a la obra para perseguir a Alexandra, la reina imploró a los guardias que por favor volvieran en sí y los ayudaran .
No entendía por qué aquellos hombres les habían dado la espalda después de tantos años; se suponía que eran fieles, pero el miedo, tal vez a morir a manos de los taerianos, les hizo traicionar a todo su reino.
—Por favor, debéis ayudarnos. Tenéis que hacer algo.
Uno de los que habían pasado a engrosar las filas de los usurpadores miró a la cara a Emily y sonrió asintiendo de forma burlona, bajo la atenta mirada de uno de los sobrinos de Demian.
—No os canséis, majestad, nada podemos hacer nosotros ahora.
—Pero…
—No perdáis el tiempo, ellos no pueden hacer nada por vosotros porque de lo contrario lo pagarán caro.
La voz de Ángel les llegó antes de verlo acercarse. Venía con paso tranquilo y cuidada serenidad, como si ya no tuviera nada por lo que preocuparse.
El tiempo ya había pasado y los mercenarios no habían regresado. Ángel volvió a subir a la torre, esperando tener noticias de ellos.
Nada.
Ángel estaba nervioso porque quería presionar a los reyes a confesarle la verdad acerca de quién los había delatado; además, tener a toda la familia real atrapada hacía más fácil mantener el poder, puesto que no habría nadie que se lo disputara.
Pero debía capturarla pronto, antes de que el reino empezara a preguntarse qué había ocurrido con sus queridos monarcas, por qué habían cedido el trono a Ángel y qué era lo que este pensaba hacer.
Desde que los desterraron, Ángel sentía la necesidad de saber quién los había descubierto; había repasado todas las conversaciones y los interrogatorios, y seguía sin encontrar a quien los había expuesto.
Bajó nuevamente a hablar con los reyes. Ahora que ellos pensaban que Alexandra sería capturada, volvían a mostrarse dóciles.
—Ellos solo están siendo leales a su nuevo rey. ¿O ya os habéis olvidado de que Faroe me pertenece? Vosotros me lo entregasteis .
—Para proteger a nuestro pueblo.
—Minucias. Quería informaros de que pronto estará aquí la pequeña Alexandra —comentó Ángel tranquilamente—, pero, para que veáis que no soy el desalmado que creéis, os daré la oportunidad de evitarle cualquier sufrimiento.
No solo los reyes se pusieron alerta, sino también los guardias que los custodiaban y Colin, que ya había vuelto en sí, aunque fingía seguir inconsciente esperando el momento en el que poner a todos al día.
—En cuanto le pongas una sola mano encima, te arrepentirás de haber vuelto a pisar este reino —amenazó Fenrir, encarándose a Ángel tras los barrotes.
—Entonces decidme lo que quiero.
—Ya tienes el control sobre el reino, ¿qué más podrías querer?
—Necesito que me reveléis quién puso sobre aviso a mi madre y mis hermanos de nuestras intenciones.
Emily soltó todo el aire que contenían sus pulmones de forma abrupta y empezó a hiperventilar. Su esposo la miró, sorprendido por su actitud, y ella intentó recomponerse.
—¿De qué te servirá? Pasó hace mucho tiempo.
—Cuando nos exiliasteis, sé que fue porque mi madre os lo imploró, y también que ninguno estabais de acuerdo; vosotros queríais encerrarnos de por vida y tirar la llave. Sé que pensabais, y con bastante acierto, que nuestras ideas provenían de Taera, pero lo que hicimos era por un bien mayor.
—En una de las ocasiones, cuando regresasteis de Taera, vosotros mismos nos dijisteis que se había desatado un conflicto a nivel de todo ese reino. Que pocos lugares estaban al margen de la guerra. ¿Qué bien nos podría traer ese mundo? ¡Dime!
—Conocimiento, poder, avances tecnológicos…
Fenrir puso los ojos en blanco y bufó menospreciando las ideas de Ángel.
Habían pasado muchos años desde aquel atentado y él conocía de primera mano la situación actual de Taera, ya que viajaba a menudo con su familia para enseñar a Alexandra todo lo bueno que ofrecía, pero sin esconder ni apartar las cosas malas que ocurrían allí y que lo único que hacían era dañar ese hermoso reino.
—¡Me da igual lo que pienses! —replicó—. Solo quiero que me digas quién es el responsable de nuestra suerte.
—Las cuatro coronas hemos jurado guardar el secreto para siempre. Pierdes el tiempo.
—No lo hago —lo contradijo—; así como me cediste el trono para no ver morir a más de tus súbditos, me dirás el nombre que deseo saber si no quieres ver morir a tu hija.
El rostro de Fenrir perdió todo el color y a punto estuvo de perder también la fuerza en las extremidades que lo mantenían erguido; por el contrario, su esposa se llevó las manos a la boca intentando sofocar el miedo, mas no lo logró, pues en cuanto se imaginó a su única hija entre las garras de esa escoria de taerianos asesinos y miserables, comandados por un salvaje y vengativo baltrense como era Ángel, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas sin poder contenerlas ni disimularlas.
Un miedo atroz se había apoderado de Emily.
—¿Qué le harás a quien os delató?
Ángel sonrió y se apartó de Fenrir para observar a Emily, que parecía más receptiva a concederle lo que pedía.
—Eso, querida, no es de vuestra incumbencia; baste decir que ni esa persona ni sus allegados volverán a revelar secretos —rio—. ¿Y bien? ¿Me ibas a contar algo?
—Aunque quisiera no podría, hay cosas que es mejor no recordar.
En ese momento, uno de los mercenarios encargados de atrapar a la princesa llegó hasta ellos.
—Señor, tenemos noticias —empezó, pero Ángel lo detuvo.
—Caballeros… dama… tengo que ir a atender a mis invitados —finalizó con voz triunfante antes de salir, observando el miedo reflejado en los rostros de los antiguos reyes.
Una vez hubo abandonado la mazmorra, algunos guardias y el sobrino de Demian lo siguieron intentando saber si habían atrapado a la princesa; Colin aprovechó entonces para hablar con los reyes en voz baja.
—Mis señores, os he fallado —empezó—. Xandra no salió de Faroe conmigo, se quedó para intentar salvaros, pero me pidió que buscase ayuda y así lo hice, aunque me ordenó que solo trajera al príncipe Garik.
—¡¿Por qué no la obligaste?!
—Cariño, deja que termine —concedió el exrey, aunque también tenía los ojos llenos de ira contenida.
—No pude hacerlo, ella corrió en otra dirección, alejándose del puente, y se transformó el tiempo suficiente para darme las instrucciones. Nuestros perseguidores nos daban alcance y solo se me ocurrió ir en sentido contrario a ella, por eso…
Los antiguos reyes siguieron la mirada de Colin y se dieron cuenta de que la venda con la que le habían curado la pierna había vuelto a teñirse de rojo. La herida se había abierto.
—Llegué a Baltrium y trazamos un plan. Consistía en sacar a la princesa de Faroe y llevarla allí, al amparo del resto de monarcas.
Solo vendríamos el príncipe Garik y yo. —Colin vio reflejado en la mirada de los reyes la duda, pero la intentó disipar—.
Yo me ocuparía de recabar la mayor información que pudiera y Garik se encargaría de buscarla.
—¿Cómo buscarla? ¿No te dijo dónde estaría? —negó.
—Me dijo que solo el príncipe Garik sabría el lugar donde se reunían los magos.
Los monarcas se miraron buscando que el otro tuviera la respuesta sobre dónde se encontraba el lugar que había mencionado su hija, pero ninguno pudo resolver las dudas.
«¿Será algo íntimo entre los príncipes?», pensó la reina.
«¿Mantenía alguna conexión con el príncipe de Alena al margen de nuestro conocimiento?
». Era la única posibilidad, sin embargo…
Estaba a punto de poner pegas a esa relación clandestina hasta que rememoró lo protector que había sido siempre Garik con ella.
Se conocían desde pequeños, prácticamente habían crecido juntos.
«No. Eran casi hermanos», desechó el rumbo que habían tomado sus pensamientos.
—… cogió la nota y huyeron. No sé a dónde. Perdí el conocimiento y me desperté aquí.
Emily se había perdido una parte de la historia; luego se la preguntaría a Fenrir.
—Si están juntos, estoy seguro de que estarán a salvo.
—Eso mismo pienso, alteza; ambos son buenos guerreros, aunque Xandra seguramente tendrá que demostrar todo lo que sabe.
—De eso no me cabe la menor duda.
Justo cuando terminaba de hablar, sus palabras fueron sustituidas por el sonido de pasos al acercarse y, en cuestión de segundos, todos los guardias volvieron a sus puestos y empezaron a comentar en susurros, poniendo, de repente, los pelos de punta a los prisioneros.
Arriba, en el salón del trono, Ángel paseaba de un lado a otro pensando en la información que acababa de llegar.
Los hombres del capitán Gregor intentaron seguirlos, cruzando el puente que Ángel intuyó que existía en ese lugar; no obstante, no fueron capaces de encontrarlo y mucho menos atravesarlo, puesto que no sabían lo que debían buscar.
Ángel no dejaba de darle vueltas, intentando adivinar cuál era la identidad del hombre que acompañaba a Alexandra y que la había ayudado a escapar; en realidad, le daba igual, simplemente era un cabo suelto que tendría que atar cuando diesen por fin con su paradero.
Maldijo porque no hubieran conseguido atrapar a Alexandra desde el inicio, sin embargo, encontraría otra forma de saber dónde se ocultaba, aunque tuviera que ir él mismo y buscar la abertura del puente.