Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 9 #2
34%

CAPÍTULO 9 #2

—¡No me lo puedo creer! —se sorprendió.

Se metió a la ducha y terminó enseguida, tenía que hablar cara a cara con la princesa de Faroe. Al salir a la habitación, la encontró acostada en la cama con un pantalón corto de deporte holgado y una camiseta lisa blanca, concentrada en algo mirando con atención el techo.

—Pensaba que, desde aquello —dijo haciendo referencia a su pasado—, no habías querido saber nada de Taera.

—Al principio fue así, mas la curiosidad pudo conmigo; aquí aprendí muchas técnicas de lucha que se desconocen en los reinos, además de otras cosas que…

—¿Ahora piensas como ellos? —preguntó casi sin fuerza y sin poder creerse lo que estaba escuchando.

Alexandra se puso en pie de golpe al escuchar las palabras de Garik y sin dar crédito.

Ella era fiel y leal a su reino, una cosa no quitaba la otra; podía ampliar sus horizontes sin sentir miedo constante.

Aunque debía admitir que recordar a Saray y todo lo que compartieron juntas, y lo que Saray pensaba hacer con ella, aún le causaba pesadillas.

—Garik, hay personas que no son malas. —Él la miró con desconfianza—.

La mayoría intenta hacer el bien y ayudar a los demás.

—El príncipe de Alena estuvo a punto de protestar, pero ella lo cortó levantando la mano—.

Sí, muchas buscan su beneficio, sin embargo, otras como el señor Galo y su familia nos protegen.

—No quiero que te hagan daño, se supone que estoy aquí para protegerte.

—¡Sé cuidarme sola!

—No me refiero a eso… Lexie, de verdad que sí, pero no confío.

Garik estuvo a punto de confesar que se había entrenado y quería ser el mejor para protegerla a ella de todos los que quisieran hacerle daño. Se habían criado prácticamente juntos y, para él, era como una hermana, aunque después de que sus familias los separaran su contacto hubiera disminuido.

Desde el ataque a la corona de Baltrium, perpetrado por el mismo príncipe Ángel y su esposa Saray, quien también era su cuidadora cuando era una niña, a Alexandra la habían preparado y entrenado para que fuera fuerte y tuviera conocimientos para poder cuidarse y defenderse si se encontraba en una situación de peligro.

Después de enterarse de que la intención de Saray era adoctrinar a la princesa para que tuviera ideas taerianas, sus padres habían decidido mostrarle ellos mismos aquel reino, para que de esa forma lo conociera de primera mano, aunque bajo su guía.

Habían tardado algunos años en tomar esa decisión, esperando a que Alexandra tuviera más edad para que pudiese ser consciente de la situación y sacar conclusiones propias.

—Pues te sorprenderían —terminó enfadada.

—Lo siento, Lexie; cuando pasó todo, mis padres no quisieron que tuviera contacto ni nada que ver con Taera, así que poco a poco empecé a desconfiar de todas las personas.

Lo reconozco, sin embargo, no puedo evitarlo.

Al descubrir los planes de Saray y Ángel, lo único que quería era protegerte y alejarte de ellos .

Al escucharlo, algo en el interior de Alexandra se removió; ella sabía que desde pequeños él siempre la cuidaba, pero oírlo de su boca la hizo sonreír por dentro.

—Te lo agradezco y siento mucho que el miedo te cambiara. ¿Aún confías en mí?

—Pondría las manos en el fuego.

—En ese caso, ven —se puso en pie y levantó los brazos, abriéndolos uno a cada lado a la altura de su cuello—, tienes una noche para aprender a bailar.

Garik suspiró audiblemente; de todas formas, se colocó delante de su amiga.

—Primero el vals —empezó—. El paso básico es moverse formando un cuadrado en el suelo, siempre de puntillas, no se puede apoyar el pie completo y cada vez que juntes ambos pies es como un balanceo de arriba abajo.

Los brazos deben mantenerse firmes y abiertos, con los codos levantados.

La posición de la cabeza de la mujer es con la barbilla alta y mirando hacia un lado y la del hombre hacia el contrario.

Garik la escuchaba con atención e intentaba hacerse una idea de lo que su amiga le decía, parecía fácil.

—Vamos.

Alexandra se irguió, cuadró los hombros y colocó los brazos en posición, esperando a su compañero.

Garik la imitó, mirando en la misma dirección, y ella puso los ojos en blanco. Le movió la cabeza para colocársela en la posición correcta.

—¿Y cómo vamos a practicar sin música?

—No hace falta, es un compás de tres por cuatro.

Al principio empezó a moverse sola bajo la atenta mirada de Garik, que seguía sus movimientos intentando seguirla sin entorpecerla, mientras ella contaba un, dos, tres, un, dos, tres y se movía manteniendo la postura.

Practicaron hasta que Garik consiguió llevar el ritmo sin parecer un robot, pues se notaba que estaba contando los pasos mentalmente y sus movimientos no eran fluidos .

Las risas entre ellos, mientras practicaban, los hicieron volver a acercarse, como si el tiempo que llevaban separados nunca hubiese tenido lugar.

Pero la comodidad se vio un tanto mermada cuando pasaron a practicar la bachata, pues se trataba de un baile con más movimiento, cercanía y sobre todo más sensual.

—Te falta dar el toque de cadera, aunque no tan pronunciado como el mío, sino más suave, solo para hacer la pausa antes de continuar.

—Yo creo que esto no lo voy a bailar, estoy seguro de que no me voy a sentir cómodo moviéndome así con alguien que no conozco.

Alexandra sacudió la cabeza. Se lo estaba pasando muy bien y se dio cuenta de que, a pesar de que parecía que Garik también, estaba un poco tenso.

—Bueno, no es obligatorio bailar.

—Eso está mejor. Pero ¿el vals sí lo tengo que bailar con Margarita?

—Le harías un gran favor, estoy segura de que piensa que serás el chico más guapo de su fiesta.

Garik se sorprendió por sus palabras y estuvo a punto de perder el paso, aunque lo salvó a tiempo.

—¿Crees que soy guapo?

Garik lo preguntó de broma, sin embargo, Alexandra se separó de él y lo contempló intensamente de arriba abajo, lo que lo hizo sentirse un tanto incómodo.

Era la primera vez que Alexandra se planteaba mirarlo con otra visión que no fuera como su mejor amigo, así que se tomó su tiempo para recorrer cada facción de su rostro y su complexión.

Garik era un chico alto, solo unos centímetros más que ella; eso le gustaba en un hombre, más que nada porque era muy raro que alguien la superara.

Tenía los pies grandes y las piernas largas, cubiertas por unos pantalones blancos que le llegaban justo por debajo de las rodillas, y ahí donde su piel quedaba al descubierto se podía comprobar que era todo músculo.

Su torso era duro y atlético, y ella sabía que era fuerte y valiente.

Los brazos, largos y musculosos, terminaban en unas manos grandes capaces de derrotar a sus contrincantes en una lucha cuerpo a cuerpo, aunque a ella siempre la habían sabido proteger y cuidar, haciéndola sentir segura y confiada.

Ascendió hasta su cuello, que era largo; se detuvo una milésima de segundo en su nuez, que subió y bajó deprisa.

La mandíbula era fina, los labios delgados, rosas y carnosos, con un aspecto tan suave que por un instante pensó en levantar la mano para rozarlos; su nariz aguileña.

Sin pensarlo saltó a apreciar su cabello rubio, desordenado después de la ducha, que absorbía la luz de las lámparas dándole otros matices, y finalmente se centró en los ojos, esos ojos azules un tanto rasgados que en ese momento la observaban con expectación, a pesar de que siempre la miraban con atención, buscando la manera de hacerla sentir bien.

Sabía que, mientras la mirara de esa forma, no necesitaría tener miedo.

Durante un segundo, sus miradas se encontraron.

—Sí, creo que eres guapo.

Tal vez fue la forma en que lo dijo, pero algo en su mente y en su corazón se desconectó y dio paso a un instante de inseguridad y vergüenza que enseguida fue redirigido a comprobar la hora que era en el reloj situado en la pared sobre la televisión.

—Y también creo que es hora de descansar, mañana tenemos que ir a una fiesta y salvar mi reino.

—Sí, y no hemos hablado nada sobre eso, yo creo que…

—¡No! Aquí no —lo cortó—. Tenemos que irnos.

La respuesta lo sorprendió, pero, antes de poder preguntar a qué se refería, Alexandra recogió la mochila que llevaban y lo guio hacia un armario grande que dominaba una esquina de la habitación; abrió la puerta y se metió dentro.

Garik se detuvo, observando con curiosidad las acciones de la princesa.

Miró a un lado y a otro, indeciso sobre si meterse al armario. «No irá a dormir ahí, ¿no?», se preguntó dos segundos antes de que ella le hiciera señas para que la acompañara. Al introducir la cabeza para comprobar qué había dentro, se dio cuenta de que su amiga se estaba incorporando.

—No queda nada nuestro en la habitación, ¿verdad?

Las acciones de la princesa lo tenían muy desconcertado, de modo que solo atinó a negar con la cabeza.

Una vez estuvieron dentro, ella cerró la puerta del armario y encendió una pequeña lámpara de pulsador, manteniéndola entre ambos antes de señalar una trampilla en la base del habitáculo.

Le indicó por señas que lo siguiera y pronto se encontraron en un túnel de tierra estrecho que se alejaba, sin que pudiera intuir hasta cuándo con la escasa luz.