CAPÍTULO 9
El taxi que había pedido para ellos el señor Galo los dejó en la puerta del hotel, ubicado a la orilla de la laguna de San Pablo y en el valle del volcán Imbabura, que daba nombre a la provincia en la que se encontraban.
Al llegar, el recepcionista les dio las llaves de las dos cabañas que iban a utilizar.
Se dirigieron a ellas mientras volvían a la conversación que había quedado en el aire en el taxi.
Entraron en una de las cabañas y la princesa solo revolvió un poco las sábanas y le hizo señas a Garik para marcharse; él obedeció, aunque estaba muy confundido por las acciones de su amiga.
Al llegar a la segunda, Alexandra dejó las cosas sobre la cama y miró a Garik para explicar su comportamiento.
—Esta cabaña es más segura —dijo, aunque su compañero siguió sin comprenderla—.
Aún no puedo contarte todo, pero ya queda menos.
—Garik asintió y decidió revisar que el lugar fuera seguro; además, así aprovecharía para hacer una lista de la multitud de preguntas que se empezaban a acumular en su mente.
—Deja mi ropa en el baño mientras yo salgo y hago un reconocimiento de los alrededores.
—Está bien; si no vuelves en diez minutos saldré a buscarte.
—Lexie, sabes perfectamente de lo que soy capaz. Tú misma me has dicho que me has visto participar en los torneos… —Alexandra puso los ojos en blanco.
—Lo sé, ¿recuerdas el torneo de Seica hace ocho años, donde luchaste en la final con Joseph? —Garik tuvo que hacer memoria, hasta que asintió—. Me encantó que lo derrotaras; tuvimos un problema justo antes, y que le bajaras los humos con los que iba fue genial.
—¿Qué problema tuvisteis con él?
—No, solo lo tuve yo.
Garik intentó hacer memoria para recordar al rival a quien se refería la princesa.
Mientras luchaban, Joseph miraba siempre a la tribuna donde se encontraban los reyes junto a Alexandra, que efectivamente nunca participaba.
Hasta ese momento no se había percatado de la cantidad de veces que lo hizo y, desde luego, jamás pensó que hubiera otro motivo que el de llamar la atención de la realeza.
—¿Qué pasó?
—Estuvimos saliendo una temporada; rompimos pocos días antes de la final en la que os enfrentasteis.
Fue demasiado prepotente alardeando de sus habilidades en un entrenamiento, y le dije que aun así le costaría vencerte.
Llevabas varios torneos sin perder, eras el mejor; sin embargo, él afirmó que no serías rival.
—Garik sonrió—. Eso me molestó, pero no fue lo peor.
—Alexandra torció el gesto antes de terminar de contarlo—.
No, lo que hizo que rompiera con él fue que añadió que yo no tenía ningún criterio para subestimarlo ni alabar tu nivel porque nunca había participado, y que él me había visto luchar y aún me quedaba mucho para ponerme siquiera a su altura.
A pesar de ser un guardia del castillo y yo la princesa, siempre menospreciaba lo que yo hacía, cómo si él en mi lugar lo hubiera hecho mejor .
—¿No le demostraste que se equivocaba?
—No me estaba permitido, de modo que me conformé viéndolo escupir arena.
Sin quererlo, la ira tiñó el rostro de Garik al escuchar el relato de su amiga; después sonrió al recordar la forma en la que lo había vencido.
Cuando empezaron a pelear, Joseph enseguida había intentado derribarlo con una finta por la derecha, pero cambiando de dirección en el último instante para sorprenderlo por la izquierda.
No había funcionado; él reaccionó con rapidez y se apartó un segundo antes de que su cuerpo se colocara correctamente, haciéndolo perder fuerzas.
Garik lo agarró del cuerpo y lo alejó levantándolo en peso.
Ambos se miraron con fijeza, intentando prever el próximo movimiento de su adversario.
Joseph miró de forma fugaz a la tribuna y acto seguido lanzó una combinación de golpes.
El primero fue un puñetazo directo al rostro de Garik, que lo detuvo; el siguiente, uno dirigido a su estómago, que no tuvo problema en desviar, pero Joseph aprovechó el impulso para girar y enviar un revés a la oreja de su rival, que también logró esquivar echándose para atrás.
A continuación, Joseph aprovechó la inercia y, agachándose, apoyó ambas manos en el suelo, estiró una pierna y consiguió derribar a Garik, que se sorprendió por la rapidez y la facilidad con la que había enlazado los ataques.
Una vez en el suelo, Garik sonrió al ver que sería complicado vencer a su contrincante. Durante esos segundos, mientras tomaba impulso con ambas piernas para ponerse en pie, se dio cuenta de que Joseph volvía a mirar la tribuna.
Llamó su atención, y el combate continuó. Golpes, patadas, cabezazos y reveses siguieron después de la primera caída de Garik, quién no perdía la sonrisa, pues, por cada golpe encajado por Joseph, Garik lograba conectar tres.
Ahora que lo pensaba en retrospectiva, en un momento del combate Joseph había mirado la tribuna y Garik, siguiendo la dirección, se percató de que a quien dirigía su ira era a Alexandra, que le devolvía el gesto con desprecio; algo que no era normal en ella .
Entonces recordó que algo había cambiado en su forma de enfrentar el combate e hizo que se lo tomase más en serio, lo que desembocó en una victoria rápida.
Después de un revés, su adversario lo había agarrado del cuello y la pechera para acto seguido tirar de él y levantarlo en peso en un suplex estrellando a Garik de espaldas contra la arena y haciendo que por un segundo se sintiera aturdido; sin embargo, este se recompuso justo cuando Joseph lo soltaba para continuar castigándolo y esperó en el suelo hasta que vio que su contrincante se ponía sobre él para alzarlo y golpearlo.
Garik se percató de que Joseph sonreía sintiéndose vencedor, lo que hizo que él sonriera aún más, sorprendiendo así al hombre, que lo miraba con furia en los ojos.
Cuando Joseph lo volvió a tomar de la camiseta, Garik movió los brazos para colocarlos entre los de su adversario y los abrió rápidamente, lo que hizo que los de Joseph se doblasen y que al perder sus puntos de apoyo el cuerpo descendiera dejando su rostro al alcance de la cabeza de Garik, que le propinó un fuerte cabezazo en la nariz, haciendo que la sangre goteara en su ropa.
No sé detuvo ahí; acto seguido, cruzando el brazo derecho, tomó de la nuca a Joseph y lo movió con fuerza para así poder salir de debajo y, sin aguardar un segundo ni disminuir un ápice de fuerza, estrelló el rostro de su rival contra la arena sobre la que luchaban y se colocó encima de él para terminar de inmovilizarlo, retorciéndole una extremidad a su espalda.
El combate finalizó cuando Joseph intentó en vano soltarse de la presa en la que lo tenía sujeto Garik, sin conseguirlo al cabo de diez segundos.
Una vez declarado vencedor, Joseph había mirado a la tribuna molesto; aun así, ya no estaba iracundo, sino que se mostró resignado e incluso hizo una leve reverencia.
—Mañana si quieres practicamos juntos y te demuestro mis habilidades —escuchó decir a Alexandra.
—Me parece buena idea. Ahora vengo. —Garik se estaba alejando.
Alexandra se sentó en la cama y buscó en la mochila el paquete que había sacado de la gruta.
Dentro de la bolsa había dinero y los carnets de identidad de su familia.
Menos mal que su padre se empeñaba en dejar la documentación en las entradas a Faroe; de no ser así, ahora no podrían pagar el hotel ni ropa para la fiesta de Margarita.
Seguía sin creerse lo rápido que los habían enredado; imaginó que Garik rechazaría la invitación alegando que no sabía bailar, pero no había entendido sus señas. Mañana tendrían que comprar algunas prendas.
Se miró en el espejo y se dio cuenta de que tenía el pelo bastante desaliñado. Se giró para ver qué prendas tenía en la mochila, aunque lo que más necesitaba era una ducha.
Después de salir por la ventana convertido en un pájaro, Garik voló sobre el terreno circundante del hotel y del camino por el que habían llegado, esperando ver a alguno de sus perseguidores; sin embargo, por el momento no encontró nada sospechoso y volvió a la habitación.
Al llegar fue directamente al baño a vestirse, sin embargo, se encontró con que Alexandra estaba ocupando la ducha; salió presuroso y vio su ropa en la cama. Se percató de que él también necesitaba una, de modo que esperó a que su amiga terminara.
Se acercó a la puerta y dio un par de toques para llamar la atención de Alexandra.
—Estoy en la habitación, avísame cuando estés a punto de salir para transformarme y darme una ducha.
—Está bien —respondió asomando la cabeza por la cortina—. Por cierto, no sabía que supieras bailar. Me ha sorprendido.
—¿Cómo que no? De pequeños fuimos a algunos bailes y, hasta donde yo recuerdo, se nos daba bien bailar el zarpi o el robinki —protestó.
—¡Espera un segundo! —El agua de la ducha dejó de correr—. ¿Tú hablabas de bailes de Alena? ¿Has viajado a Taera alguna vez?
Garik se sintió confundido. Sí que había estado en Taera, aunque solo para acompañar a su hermana; no se había quedado más tiempo del necesario, seguía desconfiando de todo lo que tenía que ver con ese reino.
—Claro que he viajado, ¿por qué lo preguntas ?
—Pero no conoces sus bailes, ¿o sí?
—Pues no. —Entonces entendió a qué se refería Alexandra—. ¿Son muy diferentes?
—¡Voy a salir! —avisó, cinco segundos antes de abrir la puerta.
Garik acababa de convertirse en un halcón y se posó sobre el escritorio.
—Aquí hay muchos tipos de bailes, aunque el más importante que se baila en fiestas de cumpleaños es el vals, y también habrá bachatas y algún merengue.
El halcón esperó a que terminara de hablar y la escuchó ladeando la cabeza antes de volar hacia la cama a recoger la ropa y entrar en el baño. Volvió a su forma humana preguntándose si serían muy difíciles de aprender, ya que prácticamente había aceptado bailar con Margarita en su fiesta.
—¿Tú sabes bailar esos tipos de bailes que dices?
—Sí, aprendí hace tiempo. —La princesa se sonrojó antes de continuar—. Celebré una fiesta de quince años también.