CAPÍTULO 8
En cuanto salieron a la superficie, Alexandra volvió a su forma humana y nadó junto a Garik hasta la pared de la poza a la que habían llegado, para poder sujetarse y descansar.
Garik miró a su alrededor y se quedó impresionado por el lugar.
Se trataba de una poza natural rodeada por altas paredes de roca y que tenía dos aberturas: una en la parte superior que dejaba a la vista un cielo oscuro y estrellado recortado por siluetas de vegetación, y otra que estaba seguro de que conducía a un río subterráneo bastante caudaloso y seguramente peligroso, ya que la corriente que salía del estanque donde se encontraban tiraba con fuerza de ellos.
Al llegar a una de las paredes, Alexandra buscó a tientas hasta dar con un agujero y extrajo una bolsa negra. Luego tomó a Garik de la mano para acercarlo a ella y, tras recuperar la mochila que llevaba él, metió el paquete dentro.
Ninguno de los dos había dicho nada desde que salieron a la superficie, ya que una mirada de la princesa de Faroe había sido suficiente advertencia.
Alexandra sabía que los habían seguido, aunque esperaba haberlos despistado y que no encontrasen su vía de escape; sin embargo, tampoco estaba segura, de modo que no quería delatar su situación y menos en ese lugar donde el eco era tan grande.
Con cuidado de no alejarse de la pared, guio a Garik hasta el borde de la abertura por la que había corriente y le señaló que saliera por las rocas bajas que tenía delante.
Garik vaciló al ver el camino que señalaba Alexandra; aunque confiaba en ella, en ese momento no se fiaba de sí mismo y de los pasos que tendría que dar para salir de ese lugar. No conocía el terreno y no tenía ganas de comprobar si la corriente podría arrastrarlo si daba un paso en falso.
Al percibir sus dudas, Alexandra le hizo señas para que le diera la espalda, salió del agua por las rocas que ella le había indicado y se vistió.
La mochila era estanca y por eso su ropa estaba seca a pesar de haber estado sumergida bajo el agua; aun así, no pudo evitar mojarse un poco el bajo del pantalón. A continuación, llamó a Garik tocándole el hombro y se puso en marcha en cabeza para salir de la poza.
Él la siguió con paso firme, ahora que sabía dónde pisar con seguridad.
Atravesaron una pequeña gruta y salieron al exterior. A su derecha dejaron la corriente que avanzaba y se convertía en una gran cascada de al menos veinte metros de alto, aunque Garik no podía estar seguro desde la parte superior.
Enseguida salieron de las rocas húmedas y pisaron un sendero estrecho de tierra que se alejaba del salto de agua. Aquel camino descendía con pequeñas ondulaciones que, debido al uso, habían formado unas escaleras.
Hacía al menos cuatro años que Alexandra no había vuelto a ese lugar y sonrió cuando vio a lo lejos las luces de las fogatas y oyó la música de las personas autóctonas de celebración.
Mientras avanzaban, intentó recordar si conocía el motivo de la fiesta, pero no lo consiguió hasta que escuchó una canción folclórica que pudo reconocer y aceleró el paso.
Esa canción, ese lugar, esas fechas y a esa hora; solo podía ser que los indígenas estuvieran festejando el Inti Raymi y que, seguramente, más de uno se estuviese bañando en las aguas del río, abastecido por la cascada que ellos acababan de dejar atrás.
Alexandra sonrió, ya que eso significaba que encontrarían a amigos de su familia que podían ayudarlos.
Garik no tenía dificultades en avanzar por ese terreno abrupto, aunque sí que estaba nervioso pensando en lo que se iban a encontrar o si los habían seguido.
—¿Estás segura de querer bajar? Se escucha ruido.
—No te preocupes. Abajo están de festejos, y espero encontrar gente conocida.
—Pero ¿nos ayudarán? ¿A dónde hemos llegado?
—Estamos en Ecuador, esta es la cascada de Peguche, en Otavalo; aquí los lugareños celebran la fiesta del Inti Raymi en honor al Rey Sol, y me parece que hemos llegado en el momento en el que los indígenas se bañan para purificarse y comenzar el nuevo ciclo solar, así que debemos intentar no molestar demasiado.
—Justo cuando estaba a punto de protestar continuó—: Sí, nos ayudarán; son buena gente que cree en las tradiciones.
Hace años, cuando vinimos por primera vez a Ecuador, mis padres entablaron una relación con una familia de aquí.
Pasado un tiempo, les contamos de lo que somos capaces; se sintieron tan honrados que nos mostraron la poza por la que hemos llegado para poder estar en contacto.
—¿Nunca han intentado nada en contra?
—No, han mantenido nuestro secreto, aunque al inicio vigilábamos por si ocurría algún problema. —Se quedó pensativa—. Espero que estén en la fiesta, solemos avisarlos antes de venir y se encargan de que nadie nos vea.
—A ti te darán la bienvenida, pero yo estoy empapado. Menuda presentación .
Alexandra rio.
—Les diremos que eres torpe y te caíste al agua. —Volvió a reír.
—Soy más hábil que tú.
—Eso era antes, Garik. Yo he seguido viéndote en los torneos, sin embargo, a mí no me dejaban participar; decían que, si Saray volvía, podría sorprenderla si no conocía hasta dónde llegaban mis habilidades.
—No entiendo eso. ¿Por qué no podías mostrarlas? ¿Quién te dijo que no lo hicieras?
No pudo contestar, ya que estaban próximos a la multitud y podían ver la celebración.
Se acercaron y Alexandra intentó reconocer a alguien; buscó con la mirada y finalmente encontró a las personas que necesitaba.
Debía llamar su atención sin interrumpir al resto; sabía que no la tratarían mal y que la acogerían, aunque no era educado colarse en las festividades ajenas y mucho menos en sus ceremonias ancestrales.
Sin alejarse demasiado de los árboles, levantó la mano e intentó llamar al señor Galo, uno de los indígenas que la conocían. No fue él quien reparó en ella, sino una chica joven que estaba sirviendo bebida a los demás y que le sonrió en cuando sus miradas se cruzaron.
Al principio, Alexandra no la reconoció, pero su cara le era familiar.
La chica tenía el pelo negro envuelto en una cinta apretada hasta el trasero, los ojos marrones y una piel un tanto oscura; su vestimenta constaba de una blusa clara con bordados de colores y una falda azul marino que empezaba en la cintura y terminaba sobre los tobillos, dejando a la vista unas alpargatas de esparto blanco atadas con cuerdas.
Las joyas que llevaba eran unos pendientes largos y dorados, un collar grande que le cubría el cuello en varias vueltas con cuentas de coral rojizo y del mismo material, varias pulseras que adornaban ambas muñecas y que subían ajustadas al menos cinco centímetros hacia el antebrazo.
La muchacha dejó las bebidas que estaba preparando, salió de detrás de la mesa y se acercó al señor Galo, a quién le dijo algo al oído. Este se sorprendió y giró para mirar en la dirección en que su nieta le señalaba.
Las miradas de Alexandra y el indígena se cruzaron y él sonrió; se alejó de su nieta y fue hacia donde se encontraban Alexandra junto a Garik, que intentaba adecentarse un poco antes de conocer a nadie.
—¡Señorita Alexandra! ¡Cómo no nos ha avisado de que venía! ¿Y sus papasitos? [2]
El señor Galo era un hombre mayor, de casi sesenta años y con una sonrisa franca.
Era bastante más bajo que Alexandra, pero eso no le restaba autoridad.
Su piel era como la de su nieta, sin embargo, sus ojos eran un poco más oscuros que los de ella.
Llevaba una camisa blanca y unos pantalones del mismo color que le llegaban hasta la pantorrilla, dejando al descubierto unas alpargatas azules; su atuendo se completaba con un poncho azul marino grueso.
Observó detrás de Alexandra esperando ver a sus padres, pero se encontró con la mirada nerviosa de Garik, que intentaba aparentar estoicidad, aunque por dentro estaba muy tenso, pues no se fiaba del desconocido.
Garik dio un paso al frente cuando el señor sonrió y volvió a mirar a Alexandra, haciéndole señas para que se acercara a él y susurrarle algo. Ella accedió con curiosidad.
—¿Su enamorado? —preguntó con total confianza y una sonrisa en los labios.
El rostro de Alexandra se tiñó de rojo en cuanto lo escuchó y rápidamente se irguió para negar con la cabeza; sabía que Garik lo había oído y tendría que explicárselo.
—Un amigo —dijo nerviosa, y para cambiar de tema preguntó—: ¿Molestamos? No me di cuenta de la fecha que era, es solo que…
—¡Lexie!
Garik la cortó, ya que no quería dar demasiada información a un desconocido, aunque no lo fuera para su amiga. Ella se giró y lo miró nerviosa.
El señor Galo entendió que algo pasaba, pero supo que no era el momento ni el lugar de hablar de ello, de modo que le restó importancia a la actitud de Garik y los invitó a acercarse.
—Vengan conmigo .
Los guio hasta unos árboles apartados cerca de donde se encontraban encendidas las hogueras para que entrasen en calor y les tendió un par de toallas; llevaban el pelo mojado, por lo que supuso que acababan de atravesar la poza de la cascada.
Garik tenía la ropa empapada y sucia, a pesar de haber perdido la peluca y parte del barro del manglar en la huida, de modo que se sentó cerca de la hoguera para secarse; sin embargo, el señor Galo observó su incomodidad y le ofreció una muda típica indígena como la que llevaban todos los hombres.
Pantalones blancos y un poncho azul oscuro.
Cuando se hubo cambiado, Alexandra sonrió al verlo vestido con un traje típico, ya que su pelo rubio destacaba entre el resto de los indígenas otavaleños.
—Señor Galo, le presento a Garik, es un amigo de la infancia. Vino a Faroe a ayudarme con un asunto, aunque hemos tenido que desviarnos hacia aquí con un poco de prisa.
—¡Lexie! —La miró levantando las cejas como advertencia.
Antes de proseguir, puso los ojos en blanco e hizo caso omiso de la mirada de advertencia de su amigo.
—Un placer conocerlo. No se preocupe, sé lo que hay que saber sobre la señorita Alexandra y su familia.
—Perdón por mis modales, es que me cuesta confiar en la gente.