CAPÍTULO 6
Volvieron a la ciudad casi sin hablar, ya que Garik estaba leyendo la nota que le había escrito Rebeca, y se dirigieron al lugar de encuentro con Colin.
En la nota habían escritas algunas ideas para intentar engañar a Ángel y a su esposa si se los encontraban, aunque él estaba seguro de que no las usaría, pues no confiaba en Rebeca y temía que fuera una trampa.
Dentro de la nota, había un papel más pequeño con un número de teléfono. Dobló nuevamente las notas y se las guardó.
Una vez en Dacoma, evitaron las calles principales para llegar lo más pronto posible al punto de encuentro.
Al llegar, vieron una figura de espaldas que los esperaba a la sombra de la palmera, lo más alejado posible.
Ambos príncipes se acercaron con cautela, pues intuían que algo no iba bien, a pesar de que no se veía a nadie en los alrededores.
Cuando estaban cerca de Colin, él se giró y vieron que llevaba el ojo hinchado y un ligero corte en la ceja.
Hizo un gesto que sorprendió a Alexandra; después, y sin darles tiempo a preguntar por su estado, dejó caer un trozo de papel que la princesa vio y con una velocidad impresionante se agachó para cogerlo a la vez que extendía una pierna y golpeaba a Garik en las suyas, tirándolo también al suelo en el momento exacto en que algo impactaba un metro por delante de ellos y se clavaba en el suelo.
Supo de inmediato que les estaban disparando algún tipo de dardo no letal.
—¡Corre, Xandra! —Algo golpeó a Colin en el hombro—. ¡Cuídala!
Apenas tuvo tiempo de coger el papel que Colin había dejado caer cuando se dio cuenta de que él ya había perdido el conocimiento.
No sabían si había más tiradores esperándolos por los alrededores, pero tenían que salir de ahí; rodaron por el suelo y se pusieron a cubierto detrás de la fuente.
Alexandra vio que en el papel doblado había una palabra: «Matorrales»; sonrió, pues Colin les había dado una vía de escape.
—Sígueme y no te transformes —ordenó a Garik.
Como antaño, bastó una mirada para saber exactamente el instante en que debían salir de su parapeto.
Corrieron entre unos matorrales y peñas bajas hasta que vieron a alguien oculto a lo lejos que les hacía señas; Alexandra echó un vistazo hacia atrás para asegurarse de que Garik la seguía y viró en dirección a esa persona.
No había tiempo de presentaciones, el chico que tenían delante era bajo y muy joven.
—Tenéis que salir de aquí; Colin estará bien y vuestros padres también, pero debéis iros.
—Pero tengo que ayudar, no puedo…
—¿Tenéis la nota? —La princesa asintió—. En ese caso, corred.
Garik no conocía a ese chico y tampoco sabía si podía confiar en él, sin embargo, su consejo era justo lo que él había ido a hacer en Faroe, salvar a la princesa; aunque le habría gustado tener más información de lo que estaba ocurriendo para poder transmitirla a los otros reinos.
Al ver que no se movía, Garik la empujó, pero ella solo lo miró con el ceño fruncido; no obstante, el chico la tomó del brazo con urgencia, atrayendo su atención.
—¡Xandra, vete, es una orden!
La reacción de Alexandra fue inmediata y rápidamente empezó a correr de nuevo, esta vez detrás de Garik, que avanzaba a grandes zancadas para alejarla del peligro. Este no se volvió a mirar si Alexandra lo seguía, pues escuchaba sus pasos tan cerca de él que lo sorprendió.
Mientras buscaba una salida, una nueva cuestión se abrió paso en su mente, añadiéndose a las otras; ya se lo preguntaría cuando estuviesen a salvo.
Se internaron entre varias casas bajas y escucharon si los seguían; parecía que no. De todas formas, no podían fiarse, pues no sabía si eran taerianos o faroenses quienes estaban detrás de ellos en ese momento.
—Debemos salir de la ciudad.
—Esto ha cambiado —respondió él—, no sé hacia dónde ir.
—En ese caso, sígueme, y no se te ocurra cambiar hasta que hayamos salido, ¿de acuerdo?
—A tus órdenes —respondió él, sacándole una sonrisa a su amiga.
Avanzaron más despacio, intentando llamar lo menos posible la atención, y casi lo consiguieron; pero entonces vieron como un hombre alto, moreno y ancho de hombros se daba cuenta de su presencia al otro lado de la calle, y enseguida retomaron la carrera.
Por fortuna, ya estaban a las afueras y tardaron poco en llegar a la zona más arbolada para ocultarse.
—¿Cuántos son? —se preguntó Garik—. Ese no era taeriano.
—No, ese es de aquí, mira. —Señaló al cielo, pues una gaviota sobrevolaba el lugar por donde ellos se habían internado en la arboleda—. Es de Faroe, ¿no te ha parecido conocido?
—Lo siento, apenas he tenido tiempo de verlo.
—Vendrán más, y aquí no tendrán miramientos. Vamos.
Siguieron avanzando, intentando mantenerse debajo de los árboles para que no los vieran.
Alexandra tenía claro que conocía a aquel hombre que ahora los sobrevolaba, mas no lograba recordarlo y no tenía tiempo de pensar en otra cosa que no fuera alejarse de Dacoma y ponerse a salvo.
Pocos instantes después, se unió a la gaviota un águila real; los chicos sabían que su visión era más penetrante y aguda que la de la gaviota, por lo que los encontraría con mayor facilidad. Necesitaban alejarse con rapidez de ahí y buscar un sitio en el que resguardarse.
Ninguno propuso volver al manglar, ya que descubrirían su secreto y por infantil que pareciera aún querían conservarlo.
Se detuvieron bajo las ramas de un árbol frondoso, esperando al menos haber despistado a las aves que los perseguían, sin embargo, se habían dividido para abarcar más territorio; por suerte, quien tomó su dirección fue la gaviota, por lo que aún tenían una oportunidad de escapar sin ser descubiertos.
—Debemos salir de Faroe —aconsejó Garik.
—¿Y dejar solos a mis padres? —Alexandra lo miró iracunda.
—¡Baja la voz! —Miró al cielo por si las aves se acercaban—. No los abandonaremos, pero si te atrapan sí que será el fin.
—¿Quién me asegura que estarán bien?
En ese instante, Garik vio la sombra de su perseguidor, de modo que empujó a Alexandra contra el árbol y la cubrió con su cuerpo, que estaba bastante sucio y podía camuflarlos para que el ave pasase de largo; por suerte, era un poco más alto que ella y gracias a su peluca negra no destacaba entre los árboles.
A regañadientes, tuvo que admitir que había sido una buena idea.
—Aquel chico en la ciudad dijo que estarían bien, ¿no? —susurró pegado a su oído—. Y parecía que lo conocías.
—No, no lo conocía —Garik se separó para mirarla a los ojos con sorpresa—, pero añadió algo a lo que no puedo desobedecer.
—Si, que era una orden —recordó pensativo—; y es algo que quería preguntarte.
—No es eso. —Miró al cielo—. Me llamó Xandra; nadie lo hace, solo mis guardias personales, y únicamente la familia real, el primer consejero y entre ellos conocen sus identidades.
—Si no lo conocías, ¿por qué obedeciste ?
—Conocía a Colin y en la nota lo puso, fue lo único que pude leer.
—En ese caso, sigamos.
Alexandra meditó durante un momento, intentando aclararse las ideas.
Por un lado, sabía que Garik tenía razón: si se quedaba podía perjudicar a sus padres, aunque por otro no quería alejarse de ellos, y menos aún sabiendo de lo que eran capaces Ángel y Saray…
si de verdad eran ellos quienes estaban detrás del ataque a su familia.
Una lágrima de impotencia se escapó a su control, pero enseguida se recompuso; no la habían entrenado para venirse abajo, aunque nunca se imaginó encontrarse en una situación como esa sin sus guardias.
Garik se había alejado unos pasos para vigilar, y también para darle espacio.
No dijo nada al percibir su tristeza; si bien en lo más profundo de su corazón quería consolarla, después de tanto tiempo no sabía cómo.
De niños la habría abrazado y acariciado el pelo, ella habría confiado en él para contarle sus miedos, la habría dejado llorar en sus brazos hasta que se desahogara; ambos se cuidaban así cuando eran pequeños, sin embargo, ahora… todo era extraño y complicado.
Alexandra se había convertido en una mujer fuerte y decidida, mientras que a él le costaba confiar en los desconocidos; por eso no le había hablado de Rebeca, pues tenía miedo de que si lo hacía desconfiara de él.
—¡Ya lo tengo! —dijo de pronto Alexandra—. Aunque deberás confiar en mí y agarrarte fuerte.
La miró sin comprender y ella sonrió abiertamente, lo que aligeró el corazón de Garik, y se acercó a ella para tomarle la mano.
—Lexie, sabes que eres la persona en quien más confío, pero no entiendo a qué te refieres con que «me agarre fuerte», ¿en qué estás pensando?
Alexandra se quitó la mochila que llevaba y guardó dentro de uno de los bolsillos interiores la nota que aún sostenía en la mano.
—En ese caso, coge mi ropa y monta.
Él se quedó de piedra cuando la vio empezar a soltarse los botones del pantalón y se dio la vuelta. «¿Qué se propone?», se preguntó mientras escuchaba cómo dejaba la ropa sobre las raíces sobresalientes.
Tras unos instantes supo que su cambio había concluido y sintió que algo suave pero pesado le tocaba la espalda; cuando se giró se sorprendió tanto que a punto estuvo de gritar, ya que no se esperaba lo que estaba viendo.
Delante de él se encontraba un felino enorme, de más de dos metros de largo, incluyendo una cola larguísima.
Su pelaje era un poco áspero, pero que embelesaba, y sin poder evitarlo Garik estiró la mano y le tocó la cabeza y detrás de las orejas.
Se trataba de una gran tigresa de bengala con un color amarillo casi marrón y unas elegantes rayas negras que se extendían por todo el cuerpo del animal.
Su hocico albergaba unos dientes enormes que serían capaces de arrancarle un brazo, y las garras de sus zarpas bien podrían matar de un solo golpe.
—¿Desde cuándo…?
No terminó la pregunta, ya que el animal lo empujó con la cabeza hacia la ropa para que la guardara.
Garik obedeció, totalmente fascinado. Cada vez las preguntas aumentaban en su mente.
Una vez que metió la ropa de Alexandra en la mochila, la tigresa pegó la barriga al suelo y se señaló el lomo.
—¿Subo? —Alexandra-tigresa enseñó los dientes—. De acuerdo.
Con mucho cuidado de no hacerle daño, montó a horcajadas sobre la musculosa espalda de Alexandra-tigresa y, sin poder evitarlo, gritó cuando esta dio un salto de más de cinco metros y se puso en marcha con una carrera frenética que hizo que Garik se pegase a su lomo y se abrazara a su cuerpo con brazos y piernas para no caerse.
Cuando él cambiaba y se transformaba en un halcón peregrino, la velocidad que alcanzaba en caza era muy superior a la que corrían en ese momento, sin embargo, le impresionaba la agilidad de ella al moverse por ese territorio tan abrupto y lleno de vegetación, lo que hacía que él estuviera entre asustado y excitado mientras sorteaban árboles, raíces, ramas y otros obstáculos de su camino.
Alexandra sonrió para sus adentros cuando sintió la presión que Garik ejercía al sujetarse con fuerza a su pelaje, aunque agradeció que no tirase de él.
Ninguno de los dos se dio cuenta, él porque estaba disfrutando de la carrera y ella al estar concentrada en escapar sin tropezar ni tirar su carga, pero los habían oído y ahora la gaviota que los sobrevolaba iba tras sus pasos y pronto se unió a ella el águila.
La carrera de la tigresa no fue a velocidad punta, como sí lo hubiera hecho si estuviera de caza, pero mantuvo un ritmo frenético regular que los hizo alejarse en pocos minutos de la ciudad y acercarse a un puente que unía Faroe con Taera y que Alexandra conocía muy bien, aunque hacía muchos años que no cruzaba.
Se detuvo en seco cuando escuchó el silbido de un águila; los habían descubierto y estaban tras su pista. No tuvo tiempo de cambiar para contarle el plan a Garik, así que simplemente lo miró y echó a correr como si estuviera persiguiendo a una presa después de pasar varios días sin probar bocado.
Alexandra sabía que no podría mantener ese ritmo durante mucho tiempo, pero tenía que intentarlo, al menos hasta llegar al estanque; a partir de ahí confiaría en Garik para ayudarla.
Garik no sabía a dónde se dirigían, habían acelerado sobremanera al escuchar el silbido del águila y el graznido cada vez más alejado de la gaviota.
Al pasar, lo veía todo borroso, de modo que, aunque hubiese conocido la zona por la que corrían, no habría podido reconocerla.
Sentía que la respiración de Alexandra-tigresa era más acelerada y estaba seguro de que se encontraba al límite de sus fuerzas; aun así, avanzó hasta llegar a un gran estanque con una cascada a unos treinta metros de la orilla por donde ellos se acercaron.
—¿A dónde vamos? —preguntó justo antes de que ella saltara al agua.
El agua no estaba tan fría, pero con el calor de la carrera hizo que los músculos de Alexandra se contrajeran, provocándole un calambre en las patas traseras que le impidió nadar correctamente; a pesar de eso, se sumergió un par de metros y atravesó con cierta dificultad una abertura en la pared de roca.
El esfuerzo hizo que el dolor en las patas traseras aumentase y le impidió salir; por suerte, Garik se dio cuenta de que su amiga tenía problemas y se sumergió para arrastrar el cuerpo del felino hasta la superficie.
Le costó mucho trabajo, pues, por sus dimensiones, la princesa de Faroe en esos momentos pesaba más de ciento veinte kilos y el pelaje mojado no ayudaba precisamente.
Como pudo, fue subiendo a la superficie; necesitaba al menos conseguir sacar la cabeza del animal y buscar algún asidero donde sujetarse.
Garik sabía que ya no sé encontraban en Faroe, sino que acababan de cruzar un puente hacia otro lugar.