Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Mientras esperaba noticias de Colin, Alexandra estaba oculta en el manglar en el que Garik y ella jugaban de pequeños y hacían planes para el futuro.

Su mente rememoró la primera vez que ella le había contado el descubrimiento del lugar.

Era uno de los recuerdos más preciados que guardaba, pues ese día habían compartido un momento muy especial donde sus respectivos padres también jugaron un papel importante.

Ahora echaba de menos aquellos días…

Estaba siendo una calurosa mañana de verano, sin embargo, soplaba una suave brisa que se colaba a través de las cortinas de la habitación, moviendo la delicada tela que cubría la cama. Apenas era poco más de las ocho, pero el sol ya ardía con fuerza.

En el palacio todo estaba en movimiento y se escuchaba aquí y allá al personal.

Alexandra se había despertado pronto, a pesar de que tras insistirles mucho a sus padres había podido quedarse jugando con Garik hasta más tarde, traspasando su hora habitual de dormir, asegurándoles que se levantaría temprano para demostrar que era responsable.

Se levantó y fue a ponerse su vestido de lino beige y sus sandalias marrones; luego se peinó un poco e intentó hacerse una coleta alta. Al terminar, salió de su habitación y cruzó el pasillo en dirección a la de su amigo. Esta vez sería ella quien lo despertase.

Entró en el cuarto y lo vio estirado como una estrella de mar en medio de la cama, con una pierna enrollada entre las sábanas; para su suerte, el velo que cubría la cama estaba levantado lo justo para que ella se pudiera colar sin problema.

Una vez dentro se puso de pie y contó hasta tres antes de saltar de rodillas a su lado.

—¡Despierta! —gritó alargando mucho la «e», al mismo tiempo que hacía rebotar a Garik—. Tenemos que levantarnos —añadió en un tono normal.

El sobresalto del pequeño fue tal que durante un segundo no sabía dónde se encontraba, hasta que oyó la voz de Alexandra a su lado.

—¡Es cierto! —Abrió los ojos de golpe, arrepintiéndose al segundo por el exceso de luz que entraba—. ¿Qué hora es?

—Son las ocho y media, pero si te cambias pronto podemos decir que estábamos jugando aquí.

—Voy. —Le costó un poco desenredar la pierna, pero en cuanto lo hizo corrió y sacó un pantalón cortó marrón y una camiseta blanca—. ¿Bajamos?

—Claro, mamá dijo que si nos levantábamos pronto habría dulce de leche y podríamos comer hasta que ellos bajaran, así que, si nos damos prisa…

Salieron a la carrera de la habitación y bajaron las escaleras para entrar en la sala de juegos, donde sabían que los esperaría su recompensa, y no se equivocaron; al llegar, en una mesa baja con dos sillas a los lados se encontraba una bandeja con dos botes pequeños de dulce de leche, queso fresco cortado en triángulos, cinco panecillos abiertos por la mitad y un par de cucharas y tenazas.

Los niños se miraron sonrientes y echaron a correr para ver quién llegaba antes; siempre hacían carreras de ese tipo y ya solo bastaba esa acción para dar inicio al desafío.

Se sentaron y lo primero que hicieron fue abrir los botes y meter los dedos para probar el manjar que sus padres les habían prometido.

Los padres de Alexandra y los de Garik llegaron poco después que los niños y, tras hacer que se terminasen todo lo de la mesa y no solo el dulce de leche, les dieron permiso para que fueran a buscar a Claire, la niñera de Garik en Alena, para salir a jugar.

Fueron a pasear por la playa, pero, mientras se divertían, Garik se hizo daño y ambos terminaron sentados descansando en el templete con hamacas en el que sus padres disfrutaban de una mañana soleada de verano en Faroe.

Sus padres les sirvieron melón que ya estaba cortado en trocitos y contemplaron con anhelo el agua, hasta que Alexandra miró a Garik y con una sonrisa bajó de un salto de la hamaca, haciendo que se desestabilizase y que Garik terminase tumbado en ella.

—¡Hagamos un castillo juntos! —Buscó sus cubos y sus utensilios.

—¡Ten cuidado!

La niña le restó importancia a las quejas y salió corriendo con un cubo a coger agua para hacer más sólidas las paredes de su castillo, mientras Garik se colocaba al borde del templete y empezaba a remover la arena para darle forma.

Alexandra hizo varios viajes a la orilla con cubos de agua para después vaciarlos en el hoyo que estaba cavando su compañero, que pronto creó una piscina artificial con la que abastecía su construcción.

Se pusieron manos a la obra.

Decidieron que su castillo tendría varias torres altas y un gran muro que lo rodeara, tal como Saray les había contado alguna vez.

Los padres de las criaturas, al ver que en la construcción de uno de los muros tuvieron problemas, se fueron uniendo uno a uno dando ideas de cómo construirlo para hacerlo más sólido y también proporcionando mejoras arquitectónicas más llamativas para los niños, como la creación de un foso con un puente que lo conectase con el exterior y torres más altas colocando cubos de arena más grandes como base y encima botes más pequeños con pirámides en la cima.

—¡Esperad, que voy a por agua! —dijo la madre de Garik, levantándose y tomando el cubo mientras los demás reyes se afanaban por llenar el resto de recipientes con arena húmeda y completar el edificio.

—Nos vendría mejor una regadera por la que salga poca agua, así podríamos humedecer solo en los puntos necesarios. —Fenrir trataba de alisar una de las paredes.

—Si lo haces así —enseñó Emily mojándose la mano y haciendo que pocas gotas cayeran en el lugar que trabajaba su marido—, puedes controlar mejor la arena para lo que necesites.

—¡Qué lista eres! —Miró a su mujer con admiración.

Los niños vieron como sus padres les dejaban cada vez menos tareas para hacer y fueron a sentarse en las hamacas de madera que usaban normalmente ellos y que eran más cómodas.

—Ese castillo era nuestro —se quejó Alexandra, y Garik se encogió de hombros.

—Lo están haciendo bien.

—Sí, es muy bonito, ¿quieres que vayamos a buscar conchas y piedrecitas para decorarlo?

—Aún me duele un poco el pie.

—Vale —se desilusionó Alexandra.

—Si vamos despacio, sí —continuó al verla abatida, y la mirada de Alexandra se iluminó.

—Yo te cuidaré —prometió y se alejaron hacia las rocas con precaución.

Al volver, traían consigo una gran provisión de guijarros de todos los colores y diversos tamaños, así como una muy buena colección de conchas y caracolas; se dieron cuenta de que la construcción de su castillo había avanzado mucho y se sorprendieron de la habilidad de sus padres.

Se miraron con complicidad y dejaron en el suelo cerca de ellos lo que habían conseguido.

—Para decorar —fue lo único que dijo Garik antes de soltar su botín.

—Gracias, hijo —le respondió Ryan mirando a los pequeños, pero continuó su labor.

De nuevo, los niños se sentaron y jugaron a dibujar en la arena mientras sus padres terminaban el trabajo.

—¿Sabes lo que encontré el otro día?

La voz de Alexandra se volvió un susurro y miró a los adultos temiendo que la oyeran, por lo que Garik se acercó a ella para que le contara el secreto.

—Un malgar —dijo pronunciándolo de forma errónea sin querer, ya que le costaba articular bien la palabra.

—¿Qué es eso?

—Es como un bosque dentro del agua; estaba justo a la orilla del mar, pero no dentro de la tierra. Tenía muchos árboles y no eran muy altos, seguro que podríamos subirnos. —Garik la miraba sorprendido.

—¿Dónde está? —La alegría de la niña cesó en ese momento.

—No lo sé, fui con mis padres a pasear y lo vimos. Nos acercamos, pero no me dejaron separarme de ellos, dijeron que era peligroso.

Mientras charlaban, la construcción del castillo llegaba a su final.

Sus padres se volvieron hacia ellos y los vieron hablando muy juntos, al tiempo que ellos tenían arena seca hasta en el pelo.

Se miraron unos a otros y rompieron a reír como chiquillos al percatarse de la escena que estaban protagonizando.

—¡Lo habéis terminado! —clamó Garik poniéndose en pie de un salto.

—Pensaba que era vuestro castillo. —Ryan los miraba acercarse.

—Sí, es genial —contestó la niña—. Gracias.

Garik y Alexandra se acercaron a ver la obra maestra que sus padres habían construido y se sorprendieron de todos los detalles que tenía .

Además de construir el castillo también habían hecho casas más bajas, unas piramidales y otras cuadradas, alrededor de la construcción mayor y dentro de la muralla que cercaba todos los edificios, con el castillo en el centro de todo.

El acceso al castillo se encontraba al cruzar dos puentes, uno a cada lado, que daban a unas grandes puertas, de las que hacía las veces una caracola; en el interior había una explanada y varias torres repartidas con piedras grises simulando las puertas, mientras que las ventanas estaban representadas por la parte cóncava de las conchas para que pareciera el interior.

También habían colocado en la torre más alta palitos con algas atadas a los extremos simulando estandartes.

—Gracias —dijeron los niños antes de acercarse a jugar, y sus padres se alejaron para lavarse.

No pasó mucho tiempo cuando vinieron a buscarlos porque la comida estaba lista, de modo que todos volvieron al castillo dejando su obra de arquitectura atrás.

Ahora aguardaba nerviosa y en silencio la llegada de su amigo. Sabía que Colin daría el mensaje, confiaba plenamente en él; aun así, no era nada fácil mantenerse oculta esperando, cuando estaba segura de que alguien los había traicionado y sus padres podían estar en peligro.

Le sobrevino una idea sobre quién podría estar detrás del ataque, aunque cada vez que intentaba colarse en sus pensamientos la desechaba, aterrada por que se convirtiera en realidad.

En el manglar tenía una bolsa con un par de camisetas, un pantalón corto y dos faldas sueltas, además de dinero y comida militar de Taera que podía durar mucho tiempo, si bien se aseguraba de remplazarla por nueva cada pocos años para que siempre estuviera a punto.

Además de en el manglar, había otros lugares en los que había mochilas de ese tipo preparadas, sin embargo, donde se encontraba sabía que era el sitio más seguro, pues nadie además de ella y Garik lo conocía y tampoco había constancia de que alguien se adentrara allí .

Entre las muchas raíces que salían y entraban en el agua, habían encontrado unas cuantas que formaban una plataforma compuesta por ramas, troncos y follaje espeso, que con el paso del tiempo habían conseguido acomodar para que fuera un lugar seco y protegido.

Habían tardado varias visitas y unos cuantos años para que fuera del todo confortable y convertirlo en un gran refugio y escondite.

El motivo por el que eligió ocultarse en el manglar a la espera de la llegada de su amigo se debía al pánico de que alguien cercano a su familia los quisiera dañar y a que en esas circunstancias necesitaría a Garik a su lado; el ataque a los suyos había traído a su memoria unos recuerdos y miedos que pensaba que nunca regresarían.

Al escapar, Colin había insistido en separarse para que ella pudiera esconderse y así buscar ayuda sin tener que preocuparse por su seguridad; a pesar de saber que podía defenderse, siempre intentaban que no se viera involucrada si no era estrictamente necesario.

Ahora esperaba entre las ramas del manglar a que Garik apareciera. Se alegró de que la temperatura estuviera poco a poco aumentando, ya que así no pasaría frío; por desgracia, en ese lugar había mucha humedad y mosquitos.

Por suerte, la noche pasó más rápido de lo que ella pensaba y pronto vio salir el sol por entre las ramas del manglar.

El escondite estaba casi en el centro de la espesura, pero tenía dos entradas fáciles: una por aire por un claro entre las copas de los árboles y la que usaban ellos de pequeños, una especie de pasadizo entre las ramas muy difícil de encontrar.

Y ahora mucho más, puesto que la vegetación había crecido.

Por ese motivo había salido para encontrar antes a Garik cuando viniese a ayudarla.