CAPÍTULO 4
Garik y Colin se dispusieron a retornar a Faroe y rescatar a la princesa Alexandra.
Habían acordado que ellos irían en primer lugar, pero que si no volvían en veinticuatro horas o no tenían noticias enviarían a alguien a buscarlos; sin embargo, preferían no llamar la atención y que, cuando la princesa Alexandra estuviera a salvo, asediaran sin previo aviso el palacio de Faroe.
—Ten —Rebeca le dio un papel a Garik—, por si acaso.
Él puso los ojos en blanco mientras ella decía algo más. No quiso escucharla, aunque sí se guardó el papel; luego vería lo que era.
Se encaminaron hacia el puente por el que había entrado el guardia.
El guardia iría primero y escondería la bolsa con la ropa de Garik al otro lado tras asegurarse de que nadie los veía; como estaba herido, le habían prohibido cambiar de forma para no volver a abrirse las heridas.
Por el contrario, Garik atravesaría el puente en forma de animal para no llamar la atención si había alguien cerca .
El guardia cruzó el puente y pasaron cinco minutos, de modo que fue el turno de Garik. Se despidió de sus padres prometiéndoles que tendría cuidado y que protegería a la princesa costara lo que costase, lo que hizo que su madre suspirase y tuviera miedo.
Al atravesar el puente, Garik aguardó antes de salir del agua mirando alrededor para encontrar su ropa. Se vistió y fue hasta donde lo esperaba el guardia.
—Este lugar está apartado de donde nos atacaron —señaló el guardia—, intenté alejarlos de la princesa, aunque, como no sabía dónde estaba su escondite, espero haberlo hecho bien.
—Estoy seguro de ello, no recuerdo haber venido con ella por esta zona. —Miró en derredor intentando ubicarse—. ¿Hacia dónde está el palacio?
El guardia se dio la vuelta y señaló al oeste.
El lugar donde se encontraban se hallaba muy en el interior de la isla más grande que conformaba el extenso archipiélago de Faroe, de modo que tenían que dirigirse hacia la costa, cerca del palacio, para poder cumplir con su cometido.
Ambos hombres caminaron con mucho cuidado, intentando ser sigilosos por si alguien esperaba el regreso del guardia, pero no encontraron a nadie; seguramente pensaron que, con sus heridas y sin poder controlar los cambios debido al dolor, habría muerto desangrado o peor.
Agradecieron esa suerte.
El camino era complicado, pues se parecía mucho más a un territorio boscoso de Baltrium que a un paraje insular propio de Faroe o de montaña al que estaba acostumbrado Garik.
Las raíces de los árboles sobresalían del suelo y los hacían tropezar, mientras que las ramas y arbustos les arañaba los brazos y les daban golpes si no tenían cuidado.
—¿Cómo pueden caminar en Baltrium con todos estos obstáculos? —se quejó Garik, intentando que su disfraz no se moviera de su sitio.
—Es complicado, señor, pero si salimos a campo abierto nos pueden localizar. —El guardia, aunque le resultaba difícil moverse, lo hacía con mayor facilidad que Garik, ya que había acompañado a los reyes en sus aprendizajes en Taera.
Poco a poco fueron avanzando conforme el sol se ocultaba y se quedaron prácticamente a oscuras; por suerte, habían llegado al borde de un río, que marcaba la linde del bosque.
—Pasaremos la noche aquí —dijo el guardia.
—¡Pero no podemos esperar! —se rebotó Garik—. ¡Alexandra está sola!
—Creedme, señor —insistió el guardia con tranquilidad—, ella sabe cuidarse perfectamente; no os preocupéis, mañana saldremos antes de que despunte el alba. —Garik aceptó de mala gana—. Estamos a un par de horas de la ciudad de Dacoma, por lo que llegaremos enseguida.
—No hace falta, si me dices hacia dónde se va a Dacoma, al alba nos separamos.
—¿Estáis seguro?
—Desde luego, esa zona la conozco y desde ahí puedo ir a buscar a la princesa.
—En ese caso, nos separaremos; sin embargo, ¿cómo sabré que la princesa está a salvo si no voy con vos a buscarla?
Ambos se quedaron pensativos, pues, si bien el plan era separarse para conocer la situación de los reyes y avisarlos que su hija estaba segura, no habían tenido en cuenta que, si cada uno seguía su cometido, no habría forma de saber si la princesa ya se encontraba junto al príncipe Garik o no.
—Iremos los dos a Dacoma, y allí nos dividiremos. Tú buscarás información y yo a la princesa, nos reuniremos en la plaza de las Conchas junto a la fuente, cerca de las palmeras.
—De acuerdo, esperaré ahí vuestro regreso.
Tomaron algo ligero de cena que habían cogido en Baltrium y se tumbaron en una zona con bastantes hojas que les servían de colchón; no era lo más cómodo, aunque no tenían otra opción.
Garik podría haberse transformado en algún animal para dormir mejor, mas por deferencia a su compañero decidió no hacerlo.
Por fortuna, la noche era cálida; el verano se acercaba, aunque para Garik la temperatura era igual que una noche en pleno verano en su tierra natal. Había olvidado lo caluroso que era Faroe en su estación estival y sobre todo la humedad que hacía.
Por suerte, por la linde del bosque corría una brisa que los refrescaba y, con el río a sus espaldas, enseguida cogió el sueño y apenas tuvo tiempo de pensar en su amiga.
A la mañana siguiente, tal como habían acordado, se levantaron cuando en la lejanía empezaban a aparecer las primeras luces.
Recogieron todo y se lavaron en el río; tenían que llegar temprano a la ciudad para completar sus misiones.
Ninguno lo decía, pero el guardia era consciente de que, en cuanto estuviera cerca de los reyes para comunicarles las noticias, lo apresarían y no podría escapar. Estaba preparado para ello.
—Hace años que no veo a la princesa. ¿Me podéis contar algo de ella?
—No sabría qué deciros. Alexandra es una mujer fuerte y decidida, muy valiente y dura. —Garik reparó en la familiaridad con la que hablaba de su amiga—. Quiere mucho a sus padres y a su reino, aunque a veces se enfrente con el rey.
—¿Sigue siendo una cabezota? —El guardia se detuvo.
—¿Disculpad? —se sorprendió—. Sé que sois príncipe, y que la princesa Alexandra fue vuestra amiga, pero no dejaré que os dirijáis así a su persona.
Al volverse, Garik se dio cuenta de que el guardia estaba serio y lo miraba molesto por tomarse ese atrevimiento con la princesa; por su parte, a Garik esa reacción le sorprendió y en cierta medida también le resultó desafiante.
—No quería molestaros, es solo que como vos también habláis con tanta familiaridad de Alexandra …
Durante menos de un segundo, ambos hombres se sostuvieron la mirada hasta que el guardia retomó el paso y se colocó junto a Garik.
—No puedo decir si lo es o no —se adelantó al príncipe—, pero suele conseguir lo que quiere.
Siguieron andando en silencio hasta llegar a la ciudad; una vez allí, se separaron.
Garik se dirigió a la orilla norte de la playa, desde donde tendría que adentrarse en un terreno de manglar para llegar al escondite que compartía con Alexandra.
Mientras se dirigía hacia allí, sonrió recordando las veces que se habían escapado de sus cuidadores para jugar en aquel lugar. Esquivó varias ramas, raíces y lianas, aunque no pudo evitar caer en algunas aguas cenagosas que componían el manglar.
Muchas cosas habían cambiado. Algunos lugares que él recordaba ahora le parecían más pequeños y, sin embargo, otros le resultaban enormes y peligrosos.
Volvió a sonreír mientras se adentraba en aguas más profundas. Debía de estar cerca de la entrada.
Apenas tuvo tiempo de cubrirse la cara cuando escuchó un ruido a su derecha y acto seguido una rama chocó en sus antebrazos; lo siguiente que notó fue que alguien lo empujaba, pero rápidamente reaccionó y sujetó a su atacante llevándoselo consigo, aunque sin mucho éxito, pues aquel se agarró para evitar caer mientras Garik se golpeaba el hombro en un tallo que se encontraba a su espalda.
Estuvo a punto de perder la peluca al engancharse en unas hojas bajas y pegarse a ellas con agua cenagosa.
El ataque fue tan rápido y repentino que no conseguía centrarse o poner cara al atacante, que era muy veloz, por lo que golpeó el agua turbia y la lanzó en la dirección de su agresor, intentando distraerlo lo suficiente para poder reponerse y devolver la ofensiva.
Lo consiguió.
Utilizó el poco tiempo que logró para ponerse en pie y golpear en el estómago a su rival; al levantarle la cabeza tirándole del pelo para ver su rostro, se quedó de piedra al descubrir unos ojos verdes con gotitas marrones.
De inmediato detuvo el puñetazo antes de hacer contacto con la nariz, lo que le costó caro, porque agachada como estaba tuvo el ángulo preciso y la altura adecuada para propinarle un rodillazo certero en la entrepierna que hizo que Garik le soltara el cabello y perdiera prácticamente la fuerza que tenía, mientras sentía que el dolor se extendía en oleadas, nublándole la visión.
Su contrincante le retorció el brazo y lo estampó contra uno de los árboles cercanos, inmovilizándolo.
—¿Quién eres y cómo sabías dónde encontrarme?
—¡Demonios, Lexie! —jadeó como pudo Garik, aguantando el dolor.
—¿Quién eres? —repitió con enfado—. Nadie me llama así desde hace mucho.
—Me imagino por qué. —Poco a poco, el dolor fue volviéndose más soportable—. Se suponía que era a mí a quien esperabas, ¿no? Aunque, sinceramente, después de tanto tiempo sin vernos no me esperaba este recibimiento.
—¿Garik? —Liberó un poco la presión con la que lo sujetaba contra el árbol—. Pero tú eras…
—¿Rubio y llevaba menos barro encima? Sí.
—Bueno, lo del barro dependía del día normalmente. —Aflojó un poco más el agarre.
—Tienes razón, ¿me puedes soltar ya?
La presión era casi mínima y Alexandra no sabía si debía fiarse del todo de aquel hombre; bien podían haber capturado al verdadero Garik y haberlo obligado a revelarle su paradero, nadie más lo conocía y por eso solo podía confiar en él para encontrarla y ayudarla a salvar a sus padres.
Estaba segura de que alguien cercano compartía información en exceso.