Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Cuando entraron en la sala del trono, el olor ferroso característico de la sangre hizo que la tensión entre los príncipes se volviera más palpable.

El grupo llegó hasta donde se encontraban sus padres, que rodeaban a un hombre al cual Erik estaba curando las diversas laceraciones en los brazos y un corte bastante profundo en la pierna derecha, además de varias contusiones y moretones.

Los consejeros también estaban presentes, aunque se encontraban alejados escuchando con atención lo que el herido relataba.

El hombre en cuestión decía llamarse Colin y ser miembro de una guardia especial de la princesa Alexandra; y por eso buscaba ayuda, pues acababan de atacarlos. Colin no sabía quiénes eran, pero sí se dio cuenta de que el grupo estaba organizado y sabían cómo actuar para capturar a los reyes.

—Eso no es posible, ¿quién querría hacerles daño? —se preguntó casi para sí mismo el rey Hakim de Seica.

—Estoy seguro de que nuestros anfitriones tendrán la respuesta — dijo Garik molesto.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó su madre, la reina Iria.

—Que tienen muchas cosas que contar y aclarar.

—Estoy seguro de que lo harán —añadió Dalmar—, pero no los podemos acusar de nada, Garik, y lo sabes.

Garik evitó las miradas reprobatorias de sus padres, que no entendían la actitud de su hijo, ya que solía ser un chico agradable.

Por otro lado, el resto de los presentes centraron la atención en la familia real de Baltrium, que se había agrupado colocando a Rebeca detrás de Víctor, si bien ella se esforzaba por dar la cara y avanzar hacia delante para poder encarar a Garik.

Por su parte, Erik seguía intentando tratar al herido, al que le había puesto un glubbit para evitar que se transformara en animal mientras lo atendía; aun así, estaba atento a la conversación que mantenían.

El guardia había aparecido en un pueblo bastante alejado de la capital, cerca de un gran lago, donde la mayoría de los habitantes se dedicaban a la pesca y a la agricultura.

Era un pueblo que contaba con un puente Maun que conectaba con Faroe, utilizado por los habitantes para viajar y comerciar entre reinos.

Al encontrarlo, lo habían llevado directamente al castillo a petición del guardia, aunque habían avisado al hospital del estado del hombre y por eso Erik lo estaba atendiendo.

—¿Estás seguro de que no puede esperar? —le había preguntado al verlo en ese estado—. Creo que deberías descansar.

—Tengo que salvarlos, necesito hablar ahora, están en problemas. —En ese momento, y tras un estremecimiento de dolor que lo habría hecho cambiar de forma, miró a su alrededor esperando que estuvieran todos los reyes para poder continuar.

El guardia contó lo sucedido desde que salieron del palacio de Faroe y se encaminaban al puente Real de Baltrium.

Les relató cómo los había emboscado un grupo armado y bien organizado que sabía perfectamente por dónde pasarían y que no tuvieran tiempo de defenderse, pues rápidamente y con armas de fuego habían dejado fuera de combate a muchos de los guardias que los acompañaban.

Informó que una persona, la que estaba al mando, utilizaba unas transformaciones que no eran las de Faroe, sino más bien animales de Seica o Taera, pues el sujeto cambió a rinoceronte para embestir la carroza de la familia real.

—¿Qué ha sido de los reyes? —preguntó enseguida Adrián, con un mal presentimiento.

—Imagino que los han capturado.

—¿Y Alexandra? —Garik solo podía pensar en su amiga.

—Ambos salimos del carruaje y escapamos, mas cuando nos internamos en el bosque ella volvió a su forma normal y me dijo que buscara ayuda. Ahí nos separamos…

—¿La dejaste sola rodeada de enemigos? —A esas alturas, Garik dudaba de todos.

—Fue su deseo, dijo que no podía dejar a sus padres y a su reino a su suerte.  Que hablase con vos. —Esas palabras sorprendieron a Garik.

—¿Conmigo? —El guardia reprimió una mueca y asintió.

—Dijo que solo Garik de Alena sabría dónde encontrarla. Que esperaría donde los magos se reúnen.

Tan nervioso y ofuscado como estaba, a Garik le costó encontrar sentido a esas señas; sin embargo, cuando supo a qué se refería no pudo evitar sonreír.

Se trataba de un escondite secreto que tenían lejos de las miradas de sus cuidadores, donde practicaban transformaciones y soñaban con convertirse algún día en magos y vivir en Taera maravillando a sus gentes con sus habilidades; eso sí, sin revelar nunca que eran capaces de cambiar de forma.

El escondite era reducido y no estaba seguro de que cupieran ahora de adultos, si bien era un lugar que solo conocían ellos dos, y comprendió que el guardia era alguien de fiar, pues habían jurado no revelarle nunca a nadie su ubicación.

—¿Cuánto hace del ataque? —preguntó Adrián.

—No lo sé, cuando crucé el puente era una gaviota, pero el dolor en la pierna hizo que cambiara de aspecto sin control y quedé inconsciente hasta que me encontraron. No sé el tiempo que ha pasado. Parecían estar muy organizados…

—¿Qué ocurre? —añadió Idaira, sintiendo la vacilación del guardia.

—No estoy seguro, majestad, pero creo que esas personas no eran… Quiero decir, me parece que parte de los que nos emboscaron provenían de Taera; no todos, porque algunos nos persiguieron a la princesa a mí transformados en albatros y, por raro que parezca, en un águila real.

—No es una especie autóctona —comentó Ryan y el guardia negó.

—En efecto, a él le debo esta herida. —Se señaló la pierna.

—Ahora ya estás a salvo, y Erik te cuidará y curará las heridas.

En ese momento, Garik reconoció a Erik de los torneos y lo saludó con un asentimiento de cabeza, ya que era a lo máximo que podía aspirar teniendo en cuenta que su mente estaba centrada en su amiga y en encontrar la conexión entre el ataque a Faroe y la unión de Rebeca con Baltrium.

—Tenemos que partir de inmediato a Faroe —afirmó el rey de Alena.

Garik escuchaba, pero no estaba de acuerdo, porque primero quería saber toda la verdad sobre la aparición repentina de una taeriana en el reino y descubrir la conexión entre ambos sucesos.

—Antes, los reyes de Baltrium y el príncipe Víctor deberían darnos una explicación. —Tanto sus padres como el resto de los presentes miraron al príncipe menor de Alena sin comprender.

Víctor habló con sus padres para comentarles la situación y enseguida les explicaron a las comitivas todo lo ocurrido con Ángel y Kyle, además de contarles que habían encontrado un traidor dentro de los muros de su palacio, conocedor de todos sus movimientos; lo que también se barajó que estaría pasando en Faroe, ya que los atacantes conocían perfectamente el itinerario de la familia real.

—No sabemos nada de vuestro hermano —dijo Ryan—; habéis contado que ambos atacaron a Erik —lo señaló—, pero que desde ese instante no tenéis noticias de su paradero .

—Ninguna. Seguimos buscando en Baltrium, aunque no hay ni rastro de él, es como si se hubiese desvanecido.

—¿Hay noticias de Saray? —preguntó Garik, recordando quién solía manejar los hilos.

—Tampoco sabemos nada de ella —respondió la reina Idaira—. Hasta donde llega nuestra información, ella no ha entrado en Baltrium y no se la ha visto en ningún momento.

—¿Podría ser ella quien esté detrás de los ataques actuales en Faroe? —inquirió Kamilah, la reina de Seica, hablando por primera vez—. Conoce el reino perfectamente, estuvo en Taera y seguro que ha aprendido más transformaciones.

—En ese caso, no podemos perder el tiempo, es peligrosa —urgió Garik.

—No debemos precipitarnos —lo detuvieron sus padres.

—Pero…

—No, escucha. Debemos planear bien nuestros actos —planteó Ryan— y pensar en las opciones que tenemos y en lo que sabemos hasta ahora.

—Rebeca —la llamó Iria—, tú ayudaste a Baltrium al descubrir el plan que tenía Kyle. Podrías volver a hacerlo.

—No creo que sea lo correcto —argumentó Garik—. Ella es de Taera y no nos podemos confiar.

Los Reyes de Alena miraron a su hijo con reprobación; aunque a él no le gustara la idea, se estaba refiriendo a la futura reina de Baltrium y debía guardar la compostura. Entendían su desconfianza y en parte la compartían, mas no era motivo para la descortesía y mucho menos para los ataques.

Todos los presentes de Baltrium conocían el carácter de Rebeca, de modo que esperaron un tanto nerviosos a su respuesta.

—No me miréis así, es la verdad y lo sabéis; la última vez que alguien de Baltrium tuvo tratos con Taera…

En ese instante, Rebeca dio un paso al frente y, aunque Víctor quiso detenerla, ella se apartó; si aquel príncipe, que momentos antes le había caído bien, ahora no la toleraba, le iba a dar motivos reales para ello. Ya pediría perdón después.

—Vamos a ver —empezó, olvidándose de los presentes y mirando a Garik sin miedo, aunque desde una postura bastante más baja—, por ahora, no te he hecho nada a ti ni a ninguno de los presentes; estoy aquí porque me enamoré de Víctor y dio la casualidad de que era el príncipe de Baltrium, no hay otro motivo oculto.

Lo quiero y ya está. Antes de conocerlo no tenía ni la menor idea de la existencia de estos Reinos, que, ya puestos a decir las cosas, me parecen maravillosos y, como ya dije, creo que deberían ser protegidos.

—Sí, ya —quiso interrumpirla Garik.

—¡Estoy hablando yo! —lo calló—. Si puedo ayudar a salvar Faroe, lo haré; no los conozco, pero si conservan su reino como en Baltrium cuidan del suyo, no se merecen que taerianos o gente que trabaja con ellos invadan su hogar.

Todos, salvo Rebeca, se dieron cuenta de que, por primera vez, había separado Taera de los reinos animales y además lo había hecho con tanta naturalidad como si de verdad ella ya no quisiera ser de allí.

—Yo daré ideas y mi opinión si me preguntan; tú eres libre de escucharlas o no.

Cuando terminó, volvió a dar un paso atrás, aunque no sé ocultó tras Víctor, sino que se colocó a su lado.

Al mirar alrededor advirtió que todos los presentes la observaban de una forma distinta, incluso Garik estaba sorprendido por sus palabras, aunque no dijo nada.

Solo entonces la muchacha se sonrojó y agachó la cabeza.

Nadie hizo ningún comentario y continuaron como si sus palabras fueran algo que se daba por hecho.

—¿Nos aconsejarías? —le preguntó Iria.

—Haré lo que pueda.

Basándose en las conjeturas que habían hecho, no podían descartar que en Faroe estuvieran Ángel y Saray juntos, así que lo primero que debían hacer era averiguar cuanto pudieran de la situación en la que se encontraba la familia real .

Se dieron varias ideas, sin embargo, al final todos miraron a Rebeca para que decidiera entre las propuestas.

—Yo no sé estrategia militar —se defendió—, y no conozco a esas personas. Creo que no soy quién para determinar la mejor forma de actuar.

—Creo que yo debería ir a buscar a Alexandra; al fin y al cabo, el mensaje fue para mí.

—No puedes hacerlo tú solo —se negó su madre.

—Es posible que una o dos personas logren entrar más fácilmente en Faroe sin ser detectadas, como hicieron Kyle y Ángel —opinó Rebeca y miró a Garik para ver su reacción—.

Si él tiene el mismo plan que su hijo, querrá cambiar a la familia real por el trono de Faroe.

Habéis dicho que la princesa es hija única, ¿no?

—Fenrir haría lo que fuera para salvar a su hija, sin dudarlo renunciaría al trono y a todo lo que le pidieran —contestó Ryan.

—En ese caso, creo que lo mejor sería sacar a la princesa de Faroe y avisar a sus padres de que está a salvo; así al menos estarán tranquilos mientras nosotros pensamos cómo liberarlos.

—Todo muy bonito y esas cosas. Veo fácil encontrar a Alexandra y sacarla del reino, pero ¿cómo vamos a transmitirles la noticia a sus padres? —se quejó Garik, desafiando a Rebeca.

Todos se quedaron en silencio esperando la respuesta de Rebeca; si bien los Reyes de Alena no estaban de acuerdo con las formas de su hijo, no podían quitarle razón en ese asunto.

Garik tenía la mirada fija en los ojos de la muchacha taeriana y se sorprendió cuando ella se la aguantó durante unos segundos, aunque luego la desvió buscando el apoyo de su pareja.

—Estamos seguros de que el príncipe Garik debe ir —dijo Dalmar, el heredero de Seica—, pero además ha de ir otra persona para dar a los reyes la noticia —esperó un momento antes de continuar—, y seguramente deberá dejarse capturar para poder acercarse a ellos.

La reunión se prolongó durante varias horas dando ideas y proponiendo soluciones, hasta que por fin se llegó a un consenso y todos estuvieron de acuerdo; aunque a los reyes de Alena no les hizo ninguna gracia, aceptaron por el bien común.