CAPÍTULO 2
Con motivo de la presentación de los futuros herederos de la corona de Baltrium, se esperaba en el palacio a las comitivas de los reinos de Alena, Seica y Faroe, que irían llegando a lo largo del día para celebrar, a la mañana siguiente, la introducción formal de Rebeca como nuevo miembro de la familia real, aunque aún dudaban de si hacerlo como la novia de Víctor o como su legítima esposa, pues, por causa de vida o muerte, se habían declarado su amor y finalmente se habían unido en matrimonio.
Nadie conocía nada sobre ella. La casa real de Baltrium no había pensado en hacerlo público, aun cuando se estaban conociendo, ya que tenían problemas más importantes con los que lidiar; sin embargo, ahora que todo había pasado debían realizar el protocolo de presentación de la pareja del príncipe heredero.
Todo estaba listo en Baltrium para recibir a los invitados y había vigilancia en cada puente real para que ninguna sorpresa non grata los tomase desprevenidos .
Aún seguían preocupados por el paradero de Ángel, el padre de Kyle y hermano de Adrián, que había desaparecido hace tiempo, desde la lucha contra Erik en el monte Recabal.
Nadie confiaba en que hubiera abandonado el reino; pensaban que permanecería oculto, esperando que las aguas volvieran a su cauce para reaparecer.
Cuando fue la hora, Rebeca se sintió aún más preocupada y nerviosa mientras acompañaba a Víctor y a su familia para recibir a los representantes de Seica, que serían los primeros en llegar.
Pasadas unas horas se dirigieron al puente real de Alena para recibir a su corte y sus reyes.
Por último, llegaría Faroe, cuya entrada se encontraba bastante más alejada de los otros dos puentes, ya que se necesitaba un salto de agua de grandes dimensiones.
Solo los Reyes de los distintos reinos acudirían a recibir al siguiente séquito, mientras que los consejeros de Alena y Seica se dirigirían directamente al castillo para organizarse antes de la llegada de sus majestades.
—¿Los de Faroe no se mojarán al pasar por la cascada? —preguntó Rebeca viendo la catarata que tenía delante.
—Ya lo verás —respondió Víctor sonriendo.
Cuando se colocó la roca para proceder a la apertura del puente Real, desde un lateral de la cascada empezó a sobresalir una gran plancha de hierro que cubrió una parte de la caída, formando un alero que desviaba el agua para dejar al descubierto una zona lisa de piedra de aspecto resbaladizo que sería por donde entrasen los reyes y los consejeros de Faroe.
Los minutos pasaron y nadie atravesó el agua, lo que dejó a los baltrenses desconcertados, pues Faroe no solía retrasarse.
—Algo ha tenido que ocurrir de improviso —dijo Iria—, no es propio de ellos. Siempre han sido muy puntuales.
—Lo mismo pienso yo —añadió el rey de Seica.
—Volvamos al castillo. Llamaremos a Faroe para saber el motivo de su tardanza.
Todos regresaron, aunque dejaron a la guardia real apostada en la cascada a la espera de la comitiva.
Al volver, y sin perder tiempo, contactaron a través del teléfono dornia real con el palacio de Faroe y, al preguntar, les dijeron que los reyes habían salido ya a su cita con Baltrium, que seguramente habrían sufrido algún contratiempo, y que llegarían como estaba planeado.
Los teléfonos dornia eran unos aparatos especiales que servían para comunicarse entre reinos, ya que los de cada lugar no funcionaban salvo dentro de sus propias fronteras.
Las horas pasaron y seguían sin tener noticias de la familia real de Faroe.
Los príncipes y princesas de los tres reinos se reunieron para charlar, lo que le sirvió a Rebeca para quitarse un poco del miedo que tenía de enfrentarse a la realeza; se sentía minúscula al lado de los príncipes de Alena y Seica, y no solo por la estatura, sino también por la diferencia de edades, a pesar de que aparentaban menos de sus años reales.
Johanna, la princesa de Alena y segunda hija, tenía ciento catorce años, si bien aparentaba estar cerca de la cuarentena.
Era casi igual de alta que Verónica y su físico también se parecía, no obstante, la de Alena era más fuerte.
Tanto ella como su hermano Garik, el menor de los tres con noventa y cuatro años, eran rubios, aunque la muchacha tenía el pelo tan dorado que parecía irradiar luz por sí mismo, mientras que el de Garik era más oscuro y contaba con unos reflejos naturales que llamaban la atención.
Ambos tenían los ojos azules ligeramente rasgados y la nariz aguileña.
El hermano mayor de ellos y heredero de Alena, el príncipe Lucian, también poseía el pelo rubio como su hermana y parecía un adonis sacado de alguna leyenda griega por su complexión y sus rasgos; superaba por poco la apariencia de cuarenta años, ya que contaba con ciento veintiún veranos, pero en esos momentos se había ausentado para hablar con sus padres, preocupado por la demora de Alexandra y sus padres, así como del resto de la comitiva de Faroe.
Por su parte, los príncipes de Seica eran dos hombres esbeltos de tez negra, penetrantes ojos oscuros, pómulos prominentes y sonrisa franca.
Tanto Dalmar, el heredero al trono, como su hermano Jayden compartían la misma complexión atlética, sin embargo, se diferenciaban en la altura y en la nariz; el mayor, al contar con ciento tres otoños, era más alto y tenía la nariz chata y ancha, mientras que la de su hermano pequeño, con setenta y ocho años, era recta y delgada.
Rebeca quedó impresionada; todos, con sus rasgos diversos, tenían una belleza que no dejaba de asombrarla.
Además, como ella pudo apreciar al verlos, cada uno parecía proceder de un continente distinto de Taera y le chocó mucho, teniendo en cuenta las diferencias de estatus sociales tan marcadas en su reino; aún le costaba trabajo referirse como «su reino» a Taera, pero así debía llamarlo, al menos cuando se encontraba en Baltrium.
Jayden, al ser el menor de todos los presentes que desconocían a Rebeca, fue quien entabló primero una conversación con ella.
—Muchas personas al mismo tiempo, ¿eh? —Ella asintió con nerviosismo—. No te preocupes, somos buena gente —bromeó—. Mi nombre es Jayden. Te ves muy joven, imagino que estarás más tensa debido a eso. ¿Qué edad pone en tu carnet taeriano?
—Dieciocho —respondió sin pensar.
—Pues sí que eres joven, sí. Tranquila, te acostumbrarás al castillo.
En ese momento, Garik se unió a la conversación mientras que Víctor cogía algo para beber.
—Soy Garik —se presentó.
—Yo Rebeca —saludó y se sintió mal por no haberlo hecho antes, cuando el príncipe Jayden se acercó—. Encantada.
—¿Cómo conociste a Víctor? —Garik era muy directo y tenía una energía que envolvía.
—En mi cumpleaños, hace unos meses; por fin cumplía la mayoría de edad y salimos de fiesta con unos amigos. —Mientras hablaba, notó un cambio en el semblante de ambos interlocutores.
—¿El heredero al trono de Baltrium salió de fiesta? —preguntó sorprendido Garik—. No creo que Lucian haya salido de fiesta nunca y, si alguna vez lo ha hecho, seguro que iba con escolta.
—Dalmar tampoco, con lo serio que es no me lo imagino. —Miraron a la chica—. Perdona, continúa por favor —se disculparon.
—Como nunca había estado en Cartagena y no parecía un psicópata me ofrecí a enseñarle la ciudad, y, a partir de ahí —se ruborizó—, una cosa llevó a la otra y aquí estamos.
—¿Cartagena? —se extrañó Garik—. No sé ahora mismo dónde está eso. ¿Está lejos de aquí? —Intentaba hacer memoria de las ciudades que conocía en Baltrium.
—Es la Cartagena que está en España.
—¿España de Taera? —preguntó sorprendido Garik.
Justo en ese instante, Rebeca fue consciente de su equivocación. Le habían ordenado que no dijera nada de su procedencia hasta que no se encontraran todos los reinos juntos; aún faltaba Faroe y no estaban ni los reyes de los otros reinos ni sus consejeros.
Garik retrocedió, alejándose de Rebeca, y la miró con desconfianza.
—¿Eres taeriana? ¿Cómo es que alguien como tú está aquí? —Su voz se elevó debido a la sorpresa y Rebeca empezó a hiperventilar.
El salón enseguida se quedó en silencio y Rebeca no supo qué contestar, sabía que los reinos pensaban que no se podía confiar en los habitantes de Taera, pero no todos eran así; había mucha gente buena y que ayudaba a los demás, que protegían lo que los rodeaba y que no hacían daño a nadie.
Dio un par de pasos atrás, acobardada por cómo la observaban los príncipes; sin embargo, la mirada del príncipe Garik fue la que más llamó la atención a Rebeca, pues, además de ira, había miedo.
Enseguida Víctor y Verónica se colocaron a su lado para tranquilizarla y defenderla.
—¿Es cierto lo que ha dicho? ¿Es de Taera?
—Así es —respondió Víctor sin dejarse amedrentar por la mirada de Garik.
—No puedes hablar en serio, ¿después de lo que hicieron? —Garik no podía creer lo que escuchaba .
—Ella no tiene la culpa de las guerras —añadió Verónica dando un paso al frente.
—¿Guerras? —se sorprendió Johanna—. Creo que no sabéis a lo que nos referimos.
—Es obvio que no conocen ese capítulo de su propia historia. Por algo se prohibió hablar de esto. —Dalmar se había acercado y miraba a Rebeca con semblante serio, mientras que al observar a los príncipes de Baltrium lo hacía con pesar, igual que los alenos.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Jayden, colocándose del lado de Baltrium.
—¿No lo sabes? —dijo Víctor sorprendido.
—¡Claro que no! Como ya he dicho, es un tema del cual está prohibido hablar —le respondió Dalmar—. Vosotros sois muy jóvenes, aunque… Princesa —dijo mirando a Verónica—, tu hermano y tú acababais de nacer.
Entonces, Verónica intuyó a lo que se referían, aunque pensaba que nadie de fuera conocía la trágica historia de su abuelo.
—Contad ya lo que sepáis —pidió con curiosidad el príncipe Jayden.
—Lo siento, no me compete a mí hacerlo —contestó su hermano y los príncipes de Alena también negaron con la cabeza.