Faroe (Saga Reinos 2) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

En la actualidad

La brisa entraba por las ventanas abiertas refrescando la habitación. Ya se acercaba el verano y el calor iba en aumento.

Era una habitación cómoda con una esquina dedicada a pintar, con dos caballetes y sendos lienzos sin acabar; en la mesa, desperdigados, había brochas, pinceles y una paleta con colores mezclados.

Al otro lado de la habitación se alzaban dos grandes ventanas, una de ellas con un único cristal tan limpio que parecía que nada separaba la playa del cómodo sillón de lectura que se encontraba frente a ella, junto al que había una mesita auxiliar sobre la que descansaban una lámpara y un bloc de notas.

Había caído la noche y los reyes de Faroe se encontraban en el salón de descanso cerca de sus aposentos cuando escucharon que alguien llamaba a la puerta.

La reina Emily era una mujer que aparentaba alrededor de unos sesenta años, pero en realidad, gracias a sus capacidades para cambiar de forma, contaba con doscientas once primaveras; aunque seguía siendo muy jovial.

En los reinos animales todas las personas podían transformarse en los animales que vivían en cada uno de sus entornos; tener esa capacidad hacía que la vida de sus habitantes fuese tres veces superior a la de los humanos normales.

Existían cinco reinos, pero solo cuatro de ellos tenían ese don.

Así, Faroe era el reino del agua, pues estaba compuesto por multitud de islas, por lo que su ecosistema primordial era acuático; Baltrium era el de los bosques y la mayoría de su superficie la formaban vastas extensiones de zonas arboladas con largos ríos; próximo a Baltrium se encontraba Alena, el reino de las montañas y cuyo territorio se encontraba muy por encima del nivel del mar, desde donde nacían multitud de ríos de caudal ancho procedentes de sus deshielos y formaban grandes lagunas; Seica, en cambio, era el único  donde predominaba el calor y sobre todo poseía zonas áridas con oasis, aunque también contaba con algunas  montañas, lo que le proporcionaba el agua necesaria.

Su superficie era enorme y su clima tenía dos estaciones, que era por lo que sobrevivían sus gentes y sus animales.

Finalmente, el quinto reino era Taera, el único en el que sus habitantes no poseían ese don; a cambio, era el de mayor tamaño y además poseía todas las biosferas de los demás reinos.

Debido a ello, la fauna que se encontraba en Taera era más diversa e incluso había otros ecosistemas donde se podían descubrir animales que solo existían en ese lugar.

La reina Emily tenía el pelo de un tono caoba salpicado de bastantes canas, sus ojos también eran del mismo color y tenía una tez blanca, aunque con numerosas manchas debido a las largas horas que pasaba pintando sus cuadros en la playa y los acantilados bajo el sol.

Levantó la cabeza del lienzo que estaba terminando y se quitó las gafas antes de conceder permiso para entrar a la habitación.

Se trataba de un guardia entrado en años que llevaba casi toda la vida trabajando en palacio.

—Os ha llegado esta carta desde Baltrium —dijo tendiéndole la misiva a la reina—. La ha traído un emisario real.

—Gracias, Horance —respondió la reina mientras el guardia abandonaba el salón.

Leyó con detenimiento y sorpresa las palabras escritas por la reina Idaira en persona—.

Me parece que vamos a tener que realizar un viaje —dijo a su marido, el rey Fenrir, que se encontraba leyendo un libro frente a la ventana.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, dejando a un lado el libro y levantándose para tomar la carta que le tendía su esposa.

El rey era un hombre fornido, de cabello rubio y ojos verdes con un fuerte mentón y una nariz ancha; a sus doscientos dieciséis años aún imponía miedo a quienes no lo conocían y respeto a los que sí.

Era un hombre de carácter recio, pero cuando se trataba de su mujer o de su hija era tierno, cariñoso y protector.

Eran las dos mujeres más importantes de su vida y haría lo que fuera por ellas.

Tomó la carta y leyó las noticias que llegaban de Baltrium. Al parecer, el príncipe tenía pareja y querían presentarla en sociedad a los reinos vecinos. La reunión tendría lugar en un par de semanas, de modo que debía realizar todos los preparativos.

—Alexa estará encantada, hace tiempo que quiere salir de viaje —comentó el rey usando el diminutivo con el que se refería a su hija Alexandra y devolviéndole la carta a su esposa.

—No creo que ir a conocer a la prometida del príncipe Víctor sea la aventura que tu hija quiere vivir.

—Es un viaje, ¿no? Además, no podemos ir siempre con ella. A veces echo de menos cuando tenía a Garik para entretenerse, pero ahora ambos han crecido y ya no son unos niños, es posible que él también tenga responsabilidades.

—Lo sé —lamentó con tristeza; ambos habían crecido prácticamente juntos hasta que las circunstancias los hicieron distanciarse—. Bueno, es posible que se vuelvan a ver en Baltrium, puede que Garik vaya con sus hermanos.

—La última vez que se realizó el concilio, él no pudo asistir…

—No era obligatorio para él .

—Debería haber asistido.

—Tienes razón, pero esto no es un concilio, ¿verdad? Es un «acontecimiento de presentación». Si le decimos a Alexa que es posible que vuelva a ver a su amigo, seguramente venga de buena gana.

Alexandra y Garik eran amigos desde pequeños y se llevaban muy bien, pero conforme pasaban los años sus obligaciones con sus respectivas casas los hicieron alejarse, así como la situación particular que se desarrolló en ellas; aun así, habían intentado mantener el contacto.

En Faroe, el rey sobreprotegía a su única hija; eso sumado a la ajetreada vida de Alexandra había provocado que apenas tuviera tiempo para amistades, lo que le partía el corazón.

Al no tener hermanos en los que apoyarse y repartir la carga de todas las eventualidades del reino, debía estar casi siempre estudiando y trabajando para suceder a sus padres cuando fuera necesario.

De eso era de lo único que se arrepentía Fenrir mientras ella crecía casi sola.

Por eso les gustaba hacer viajes a Taera y a otros reinos en familia, para que ella pudiese conocer y disfrutar de muchos lugares y así no tener demasiada sensación de soledad. Además, siempre con escolta para evitar ningún percance.

A la mañana siguiente, en el desayuno, la informaron de la invitación de Baltrium. Al principio no le gustó la idea, pero cuando supo que podría volver a ver a Garik y estar con más personas de su edad se volcó en el viaje.

Normalmente, las presentaciones al resto de monarcas solo se realizaban cuando la relación ya había avanzado.

Por lo general, todos los reyes solían tener ya al menos noticias de que había alguien nuevo dentro del círculo de la familia real en cuestión; por eso para Alexandra fue toda una novedad que nadie supiera nada acerca de la chica que había entrado en el corazón de Víctor.

Lo conocía desde hacía mucho tiempo, sobre todo de los concilios, visitas reales y de algún torneo; le caía bien, era bastante guapo, pero siempre se comportaba muy serio cuando se reunían.

En los torneos luchaba muy bien y competía con la máxima concentración, aunque Garik siempre lo superaba y ella se lo pasaba muy bien viéndolos.

En el último torneo, Erik, un amigo de Víctor, le había llamado la atención, ya que se le daban genial las competiciones físicas y las de habilidades como combate con espadas, lanzamiento de cuchillos y sobre todo pelea cuerpo a cuerpo.

Normalmente, Erik formaba parte del equipo médico que trataba las lesiones de los participantes, pero en aquella ocasión no fue así y, por primera vez, Garik había encontrado un rival a su medida que le dio bastantes problemas para alzarse con la victoria en la lucha cuerpo a cuerpo.

Los días pasaron deprisa conforme se acercaba el momento de partir hacia Baltrium y ya todo estaba preparado. El reino se quedaría en manos de los consejeros menores y ellos podrían viajar sin preocupaciones.

Como siempre, su sobreprotector padre la había obligado a llevar un guardaespaldas de élite para que la protegiera.

Estos guardaespaldas de élite eran los llamados guardias miaro [1] , un grupo muy reducido de soldados reales que tenían la habilidad de convertirse en gran variedad de animales, no solo los propios de su reino, sino que, como los acompañaban a todos los viajes que realizaban tanto dentro de los reinos animales como a Taera, poseían un repertorio de transformaciones que los hacía destacar entre los demás guardias.

Alexandra eligió a Colin como el escolta que sería su compañero en la visita a Baltrium, aunque su identidad debía ser un secreto; por eso, cuando salían de viaje, además del guardaespaldas de la princesa, otros dos guardias permanecían ocultos; o de vacaciones, como solían bromear entre ellos.

—¿Está todo listo? —preguntó la reina Emily a su hija de forma significativa, sabiendo que entendería que se refería a su guardia.

—Sí, mamá, está todo preparado, solo falta mi padre, que como siempre es el último. —Miró al castillo, esperando con impaciencia.

—Sabes que le gusta repasar todo cien veces.

Alexandra puso los ojos en blanco al ver que su padre se acercaba y subió al coche de seis caballos que los llevaría al puente de Maun para llegar directos al corazón de Baltrium.

Los puentes de Maun o puentes Reales eran puentes de uso exclusivo de las familias reales, pues al atravesarlos se llegaba prácticamente a las puertas del otro reino.

Sin embargo, para hacerlos más seguros, los puentes de Maun solo se podían abrir conectándolos a la vez para que no se produjera ningún ataque tan cerca de la residencia de los monarcas de cada reino.

Existían tan solo seis de estos puentes y ninguno conectaba con Taera debido a su extensión y al no tener gobierno mundial centralizado.

Se habían alejado bastante de la ciudad, dejando atrás el mar y adentrándose poco a poco en una arboleda que pronto daría paso a una zona boscosa del interior donde se encontraba el puente que buscaban y que los llevaría hacia su destino.

La comitiva la formaban tres coches tirados por caballos.

En primer lugar, iban los consejeros mayores seguidos de un grupo de cuatro escoltas montados en grandes pencos; detrás de ellos estaba el carruaje en el que la familia real hacía el trayecto y, por último, un pequeño carro con un tiro de dos yeguas que llevaba el equipaje de toda la comitiva.

Conforme se adentraban en la arboleda, un guardia que iba en su montura se dio cuenta de que el carromato que llevaba todas las pertenencias se estaba rezagando, avisó a un compañero y juntos dieron media vuelta para averiguar qué había ocurrido.

Mientras los guardias le preguntaban al mozo a qué se debía el retraso, los carros principales torcieron entre los árboles y se perdieron de vista.

En ese momento, se escuchó un estruendo proveniente de los carros que se habían alejado; sin embargo, ni siquiera tuvieron la oportunidad de volver con la comitiva principal, pues ambos habían recibido disparos y el cochero les había colocado esposas glubbit, unas esposas que mediante el roce con la piel impedían que las personas capaces de transformarse en animales lo hicieran.

Alexandra se había asomado a la ventana para ver cómo cambiaba el paisaje conforme avanzaban, no obstante, algo llamó su atención sobre uno de los árboles, y supo que no era natural.

Cerró la ventana e intentó alertar a sus padres y a su guardia, mas no tuvo la ocasión, pues enseguida se escuchó un ruido fortísimo que asustó a los caballos, que relincharon y piafaron.

Los animales que tiraban de ambos carruajes se encabritaron y aceleraron, pero un segundo estrépito volcó la calesa delantera, llevándose consigo a los caballos, aunque el cochero soltó rápidamente sus tiros, lo que permitió a los animales escapar.

Por último, un tercer estruendo consiguió detener en seco el coche en el que Alexandra y su familia viajaban, que se vieron empujados por la inercia unos encima de otros.

—¡Sácala de aquí!

El rey empujó a su hija contra Colin, el guardia de élite, pero antes de que consiguieran abrir la puerta algo golpeó el lateral del coche tan fuerte que hizo que volcaran de lado.

Cuando se recuperaron, vieron que aquel golpe había atravesado la pared, creando un orificio de unos cincuenta centímetros casi en la base, lo que había ayudado a levantarlo y girarlo.

Fuera se oía cómo el resto de escoltas que los acompañaban luchaban; en ese momento, alguien abrió la puerta, que ahora se encontraba por encima, y asomó la cabeza de otro guardia que había conseguido llegar hasta ellos, pero se escuchó un nuevo estruendo y el guardia cayó de bruces dentro del coche.

Le acababan de disparar y la sangre empezó a manar a borbotones. La reina Emily intentó taponar la herida con un trozo de su falda, sin embargo, fue inútil; poco a poco, la vida abandonó los ojos de aquel guardia y todo quedó en silencio.

—Salid y procurad que no os vean —susurró el rey a su hija y a Colin—. ¿Quiénes sois? —gritó para que lo oyeran los de fuera—. Vamos a salir —añadió para intentar darles una oportunidad—. Alto el fuego.

Se oyeron risas y forcejeos, pero nada más. El rey asomó la cabeza por la abertura que había dejado el guardia al abrir la puerta y vio a varios hombres sujetando a sus escoltas en el suelo, algunos de ellos con heridas de bala.

Alexandra estaba asustada, miraba a su madre sin saber qué hacer, aunque fue Colin quien la devolvió a la realidad.

—¡Xandra, mírame! —Ella obedeció; los únicos que la llamaban así eran la élite y solo cuando estaban muy molestos—. Tenemos que salir de aquí y buscar ayuda, así que céntrate. —Alexandra asintió y su madre la abrazó.

—Idos —apremió la reina justo cuando su hija se transformó en un ratón de campo para intentar pasar desapercibida; subió usando a su padre como escala—. Cuida de mi niña.

—Con mi vida —juró Colin antes de transformarse igual que Alexandra.

—Espero que eso no sea necesario —susurró la reina, viendo como ambos corrían al exterior y escuchando el alboroto que formaron cuando varios hombres intentaron capturarlos.