Faroe (Saga Reinos 2)
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PRÓLOGO
Hace noventa y tres años
—¡Lo estás haciendo muy bien, tesoro!
La sala de partos estaba llena de gente alrededor de la reina Emily; había llegado el día que el reino y, sobre todo, los reyes de Faroe esperaban con ilusión.
Por fin, después de varios embarazos fallidos, este llegaba a término.
Los mejores médicos de todo el reino habían acudido por si se presentaba alguna complicación y tenían preparada una sala adyacente y esterilizada, listos para entrar en acción; aunque el rey Fenrir suplicaba por que no hicieran falta.
La reina se había puesto de parto hacía ya diez horas y por fin había dilatado lo suficiente para ponerse manos a la obra.
Empapada en sudor, Emily apretaba la mano del rey para darse fuerzas mientras empujaba. El dolor era devastador, pero lo soportaría por su bebé; tenía que nacer bien, ya habían sufrido mucho y nunca dejaría que le pasara nada .
Otra contracción.
Los médicos la animaron a empujar y su marido hizo lo propio.
Ella lo miró con la frente sudorosa y deseó que todo saliera bien. Amaba a Fenrir y no quería verlo triste nuevamente.
Sus miradas se cruzaron y el corazón le dio un vuelco al ver el amor que se profesaban el uno al otro.
—Tú puedes —le susurró acercándose a su oído—. Te amo.
Otra contracción impidió que ella le dijera lo mucho que lo quería, pero tenía que empujar, debía hacerlo por todos; por su familia y por su reino.
Sintió que el cuello se le hinchaba del esfuerzo y del grito que siguió; en ese momento, notó una patada en el útero y escuchó a los médicos moverse más deprisa.
—¿Qué pasa? —preguntó el rey a la matrona que atendía a su mujer.
—Me temo que el bebé está en transversa, no puede salir. Debemos realizar una cesárea urgente.
—No pasa nada, Emily —intentó tranquilizarla el rey, aunque en el fondo él mismo tenía ganas de llorar igual que su esposa—. Ya sabíamos que iba a ser un bebé muy inquieto por todas las patadas que daba en los últimos meses.
—Lo siento —sollozó.
—Tranquila, todo saldrá bien —dijo, y esperaba que fuese cierto.
Se la llevaron a quirófano corriendo. El rey no pudo acompañarlos, pero se quedó de pie viendo cómo trasladaban a su mujer y a su bebé.
Rápidamente, los cirujanos se pusieron manos a la obra.
Como habían dicho, el bebé se había girado en el último momento y se encontraba atravesado en el conducto del parto.
No les llevó mucho tiempo sacar a la pequeña criatura del vientre de su madre.
Era una niña sana y fuerte, que no tardó en quejarse por haberla arrancado del que había sido su cálido hogar durante casi un año, lo que duraban los embarazos en los reinos animales.
Los gritos de la bebé se unieron al júbilo de los médicos que la rodeaban y de las lágrimas de alegría de la reina al escuchar su pequeño milagro.
—Es una niña —le dijo una enfermera— y está sana. Mis felicitaciones, majestad. —Se la mostró antes de colocarla sobre ella para que tuvieran el primer contacto piel con piel y así ayudar a regular las emociones tanto de la pequeña como de la madre.
—Gracias a todos. —No podía contener las lágrimas.
Los cirujanos siguieron trabajando para cerrar a Emily.
Poco después, el pediatra estaba haciendo las pruebas rutinarias a la pequeña mientras la reina la veía desde su posición; no quería perder de vista a su niña en ningún momento.
Fenrir entró justo cuando terminaba el reconocimiento de la bebé y volvían a colocarla sobre su esposa, quién miraba con adoración al bulto que tenía encima.
Emily estaba agotada por el esfuerzo y las emociones y se quedó dormida, de modo que volvieron a apartar a la pequeña de sus brazos y se la entregaron al rey, que sentía que su dicha no tenía fin.
Cuando Emily abrió los ojos, la habían trasladado a otra habitación para que descansara. Buscó a su alrededor y encontró a su marido sentado mirando al bebé, que dormía en una cuna estrecha cerca de su cama. Sonrió mientras observaba el amor con el que Fenrir susurraba cosas a la pequeña.
Levantó el brazo y él la miró sonriente.
—Lo has logrado, tesoro —dijo acercándose a su mujer—. Alexandra es una niña preciosa.
—¿Alexandra? —se sorprendió.
—Sí, he pensado que es un buen nombre para ella.
—Entonces, me encanta. —Sonrió apretando la mano de su marido.
—Ya he dado la noticia de su nacimiento, todo el mundo ha estado pendiente de ello.
—Siempre tan diplomático. —Resopló poniendo los ojos en blanco con una sonrisa—. ¿Cómo está Alexandra? ¿Cuánto he dormido?
—Solo hace una hora que te han subido a la habitación y Alexandra está perfectamente, ha llorado un poco cuando la han traído, pero la he puesto contigo y se ha dormido enseguida.
Justo en ese momento, la pequeña se movió y empezó a revolverse en su manta. Fenrir la cogió y la puso sobre Emily para que pudiera darle el pecho.
La pequeña tenía el pelo alborotado y delicado de color caoba muy claro, la piel era rosa debido a que aún no había pasado suficiente tiempo desde su llegada al mundo.
Las manitas eran tan diminutas que apenas alcanzaban a rodear el dedo de su madre, que la sujetaba con cariño y le besaba la cabeza.
—He preguntado a los médicos y me han dicho que permanecerás ingresada un par de días. Tendrás revisiones periódicas de las grapas, aunque he pedido tener un enfermero permanentemente en el palacio. —La reina resopló por lo paranoico que era su marido.
—No es necesario, cariño. Ya tenemos a muchas personas que van a estar pendientes.
—Pero no quiero que os falte nada —insistió.
—Vamos a probar sin médicos en palacio y, si veo que lo necesito, te prometo que yo misma llamaré a uno para que se instale con nosotros. ¿De acuerdo?
—Está bien —aceptó a regañadientes, besó a su esposa en la cabeza y salió para volver a hablar con el personal sanitario.
Había pasado una semana del alumbramiento cuando llegaron a palacio los reyes de Alena para felicitar a Emily y Fenrir por su hija; además, coincidía con que su hijo mayor, el príncipe Lucian, empezaba un campamento de diez semanas en Faroe.
Los reyes de Alena, Ryan e Iria, eran unas personas muy joviales que siempre estaban dispuestas a ayudar a los demás y que habían inculcado esos valores a sus hijos Lucian y Johanna, y empezaban con la difícil tarea de educar a su hijo Garik, que pronto cumpliría un año.
Ryan era un hombre de ciento veintitrés años, muy cercanos a los ciento veinte de su esposa. Ambos monarcas de Alena tenían el pelo rubio y una piel tersa debido a las condiciones climáticas propias de su territorio, el reino de las montañas.
El rey Ryan era alto, con una barba elegante y bien cuidada que acentuaba su porte regio, los ojos azules y la nariz achatada. Mientras que su esposa tenía los ojos verdes esmeralda y unas facciones dulces, la nariz pequeña y los labios rojos, lo que hacía de ella una mujer muy hermosa.
Por la noche, después de todos los actos oficiales para inaugurar el campamento y otros asuntos, ambas familias por fin disfrutaron de una velada tranquila en el palacio.
—Alexandra es una niña preciosa, y parece que el pelo lo va a tener bastante más claro que el tuyo —dijo Iria a Emily.
—Creo que va a ser pelirroja como mi abuela —suspiró—; solo espero que no tenga tantas pecas como ella.
—Las pecas son muy bonitas, verás como será una mujer muy atractiva.
—Eso seguro; aunque es un poco nerviosa cuando está despierta.
—Como todos los bebés al principio, hasta que se habitúan al nuevo entorno en el que viven.
—Contempló a sus hijos mayores sentados a la mesa jugando a algo que no entendía y a Garik entretenido con su mantita de sonidos junto a ellas dentro de su parque—.
Garik es bastante revoltoso y aún no conseguimos que duerma toda la noche.
—Emily lo vio tan tranquilo que la miró sin comprender—.
Ahora lo ves así porque aún no está cómodo, pero normalmente está inquieto y cambiando de juguete o pidiendo que lo tomen en brazos.
—De momento, Alexandra es muy buena, solo se despierta para comer y pasa muy buenas noches, aunque cuando está activa lo mira todo fijamente, o eso es lo que parece.
—Me alegro de que duerma bien y que poco a poco se acostumbre a fijarse en todo, algún día dirigirá este reino. —Ambas reinas rieron.
Alexandra se había quedado dormida en su hamaca y Garik esperó quieto como si estuviera escuchando a las dos reinas hablar y empezó a hacer ruidos con la boca como si cantara .
Ambas reinas lo miraron y a Emily se le cayeron un par de lágrimas de emoción; ella y su marido querían tener más hijos, pero sabía que sería complicado.
Al darse cuenta, la Reina Iria tomó la determinación de que Garik podría ser un buen amigo de juegos para la pequeña Alexandra.
—Creo que ya es hora de ir a descansar —dijo Ryan al percatarse de que Garik estaba subiendo el tono de sus vocalizaciones—. ¡Garik! No queremos molestar más de lo debido. —El pequeño interrumpió su melodía un momento, pero luego siguió.
—Tienes razón, Ryan —corroboró su esposa poniéndose en pie, y vio que la sonrisa de Emily desaparecía—. Volveremos mañana, si te parece bien —comentó—. Así los niños estarán juntos un poco más.
La reina Iria levantó a Garik y se acercó al bebé, que dormía en la hamaquita para despedirse; justo entonces Garik dio una patada y, sin querer, golpeó la hamaca y despertó a Alexandra, que empezó a patalear abriendo y cerrando las manos buscando algo a lo que aferrarse.
Habían pasado ya diez años de aquel primer encuentro; Garik y Alexandra se juntaban para jugar cada vez que sus padres tenían que trabajar juntos o en algunas vacaciones en las que coincidían.
Las dos reinas se hicieron muy cercanas y confiaban tanto la una en la otra que, cuando sus hijos ya empezaron a hablar, casi no querían separarse; por lo que habían decidido que pasaran un mes al año en casa de su amigo, siempre que los reyes pudieran hacerse cargo de los niños sin que eso interfiera de ninguna forma en el gobierno de los reinos.
Así habían pasado los últimos cuatro años, viajando entre reinos para crecer juntos, casi como si fueran hermanos.