CAPÍTULO 112
Habían ocurrido tantas cosas esos días, buenas y malas, que necesitaría hacer mil dibujos para procesarlas.
Esa misma noche había quedado con Rowan, Marc y Nabeel para celebrarlo todo, incluyendo el alta de Rowan. Sin embargo, había algo que debía hacer antes.
Llegó a la urbanización de Tomás montado en una bicicleta que dejó aparcada en la entrada. Le dio miedo llamar al timbre, así que le mandó un mensaje.
he llegado
Él no tardó en aparecer, acompañado de ese perro suyo gigantesco que parecía un lobo.
No sonreía, pero su rostro estaba relajado, sin tensión.
El cabello lacio y pelirrojo le había crecido tanto que le estaba tapando la cicatriz de su mejilla.
Llevaba una sudadera ancha, que le encantaba, pantalones de pijamas a cuadros y descalzo, luciendo unos calcetines con dibujos de cactus. Silas recordó a Nabeel. Sonrió.
Saludó al perro primero y, después, le dio un beso en esa cicatriz a su novio. Él le invitó a pasar a casa.
—Está mi padre —se apresuró a decir Tomás.
—Ah… Bien. Vale.
Aunque la advertencia ya llegó un poco tarde porque el padre de Tomás, un hombre altísimo y con barriga cervecera, estaba esperando en el quicio de la puerta y debía de haber escuchado esa misma advertencia. El hombre le dio la mano y se la estrechó.
—Me alegro mucho de tenerte aquí —dijo atropelladamente—. Y enhorabuena por el triunfo. ¿Has fichado por algún…?
—Shhh —dijo Tomás—. ¡Que es sorpresa!
Esa era la razón real por la que habían acordado verse ese día: querían descubrir juntos el que sería su nuevo equipo y qué colores vestirían.
—Vale, vale. Me alegro de que estéis tan ilusionados —dijo el hombre, rascándose la nuca, un poco azorado.
—¿Vamos a mi habitación? —preguntó Tomás.
—Claro. Esto… —Silas se dirigió a su padre—. Me alegro mucho de verle.
—Y yo, Silas. Y yo.
Avanzaron hacia la habitación en un silencio solemne que Silas se encargó de romper.
—¿La selectividad bien?
—Sí. Aunque reconozco que no sé para qué la he hecho, no tengo ni idea de qué voy a estudiar…
—Bueno, a una mala siempre se puede guardar la nota. Yo… tampoco tengo ni idea de qué haré. ¡Shh, no vayas a estropearme la sorpresa!
Entraron en la habitación y Silas se sintió impresionado.
Estaba mucho más amueblada y decorada que la última vez que la visitó.
Tomás había colgado un calendario y un montón de fotos.
También un cartel de ánimo de aquellos que preparaba su madre cuando era pequeño.
Tomás se fijó en que Silas lo estaba mirando.
—Siempre le decía a mi madre que los tirara, que eran trozos de cartón. Menos mal que no me hizo ni caso —reconoció—. Era más gilipollas de pequeño…
—De pequeño y de mayor —dijo Silas.
—¡Oye!
—No te preocupes, que me gustas igual… Oye, ¿y ese dibujo?
—¿No lo reconoces? Si lo hiciste tú.
—Ya, pero no me había dado cuenta de que me lo habías robado…
Era un dibujo en el que se veía el observatorio de Estels en una noche con el cielo llenito de constelaciones. Estaba un poco arrugado, pues Silas lo había tirado a la basura. Por eso, le hizo ilusión que Tomás lo hubiera recuperado.
Así que, en vez de seguir regañándole, le dio un beso.
Ahí se dio cuenta de que Tomás estaba un poco sudado.
Debía de estar nervioso. Silas lo estaba también.
Se alegraba muchísimo de que hubieran podido hacer eso antes de que los periódicos se hicieran eco de los fichajes.
Por ahora, hasta el anuncio de la nueva temporada de fútbol, toda esa información seguía siendo confidencial y les pertenecía exclusivamente a ellos dos.
Se sentó en la cama con cuidado.
—¿Qué? ¿Estás preparado para el gran momento? Siento que esto es una mierda como las de Estados Unidos en la que las parejas desvelan el sexo de su bebé… ¡Qué angustia!
—Venga, no lo estropees, si se te ha ocurrido a ti.
—Ya, bueno…
—Venga, cerramos los ojos.
—Vale.
Silas cerró los ojos. Aunque los entreabrió un segundo para asegurarse de que Tomás los había cerrado de verdad y se sorprendió al ver que los abría también. Les entró la risa y los cerraron de nuevo. Así que volvieron a la cuenta atrás.
—Tres, dos, uno… ¡Cero!
Se habían tendido el uno al otro, dos paquetes que intercambiaron, envueltos con papel de regalo. Los abrieron a la vez. Silas le había regalado a Tomás unos calcetines con el escudo del Bilbao y Tomás a Silas una sudadera con…
—Espera, ¿te quedas aquí? ¿En casa?
Tomás sonreía.
—Pues… parece que sí. Parece que mi padre va a tener que aguantarme mucho más tiempo. Y lo hago por el perro, claro —dijo, sonriendo—. Y parece que… Parece que a ti tendré que verte en vacaciones, ¿no? ¡Bilbao! ¡Qué fuerte!
Silas asintió. Tenía lágrimas en los ojos. Le agarró una mano a Tomás.
—Fue… Fue surrealista. Al día siguiente del partido me contactaron. No tenía aún ni agencia ni nada. Pero… tal y como me hablaron, supe que tenía que ser ahí. Además, no te lo vas a creer, pero el femenino ha fichado a mi hermana. ¡Les interesaba mucho que fuéramos juntos! ¡Rarísimo!
—¡Qué barbaridad! —exclamó Tomás—. Te echaré mucho de menos. Lo sabes, ¿no? Pero mola que te vayas tan lejos con tu hermana.
—Es que es muy fuerte… —suspiró Silas—. Nabeel se quedará cerca, en Alicante.
—¡Genial! Pfff… Qué loco todo.
—Sí, sí que es una locura.
Se miraron el uno al otro. Después, destruyeron el espacio que les separaba para darse un fuerte abrazo en el que los dos encajaban a la perfección. Silas sintió las ganas de llorar y esa lágrima que se había escapado por su mejilla.
Tomás fue el encargado de apartarle la lágrima y acariciarle la mejilla. Después le besó en los labios.
Entonces, se miraron otra vez. Y a Silas le entró la risa.
—Hace un segundo llorabas y ahora te ríes. ¿Qué te pasa?
—Pues que… ¿no te das cuenta? ¡Volvemos a ser rivales!