EPÍLOGO
Suponía que seguir poniéndose nerviosa antes de verlo era una buena señal. Una señal de que sus sentimientos por él seguían intactos; aunque una relación a distancia fuera un engorro, los reencuentros lo compensaban con creces.
Su nueva habitación de su nuevo piso en Bilbao (todo nuevo, nuevo, nuevo) tenía un gran escritorio con una ventana con vistas al exterior y mucha luz natural.
Al lado, había iniciado otro museo en miniatura: una foto de ese mural que habían pintado en Estels, otra de su hermano y Nabeel sosteniendo la copa de campeones de la liga, una tercera con Helena, Anna y Tanit; ese verano, con Nabeel y el atardecer más bonito que había vivido jamás;
también una instantánea de cuando el equipo entero había ido a la casa de Gutiérrez a conocer a su hija, navidades con la familia y una postal de la ciudad después de que Irati le hubiera dado una visita guiada…
Al lado de las fotos, el calendario de los partidos y el horario de sus clases en la universidad.
Finalmente, se había matriculado en Psicología pues pensaba que quizás, en un futuro, le gustaría ser psicóloga deportiva en un centro como Estels.
Le encantaba tener presentes todos esos momentos bonitos, pero también dejar espacio para los demás. Quería que todo oliese a nuevo, aunque su hermano siguiera viviendo en la habitación de al lado.
Fue precisamente Silas quien llamó un par de veces a la puerta de su cuarto antes de abrirla y mirarla de arriba abajo con los brazos cruzados sobre el pecho.
Llevaba unas bermudas, zapatillas Nike impolutas y una camiseta a rayas moradas y rojas que le había mandado la marca a casa.
Pasó unas semanas intentando dejarse el pelo largo porque, «vida nueva, pelo nuevo», pero había acabado desistiendo y cortándoselo todo una noche.
—Ya están en el parque —le anunció.
—Bien, yo estoy lista también.
—¿Vas a ir así vestida?
Dafne frunció el ceño.
—¿Qué le pasa a mi ropa? ¿Me ves fea?
—¡No te veo fea! Es que te conozco y seguro que luego quieres cambiarte y me harás volver a subir a casa y…
Dafne dejó escapar un grito y le tiró un cojín a la cabeza.
—¡Me cambio en un momento! Tú ve dejando lista toda la comida…
Silas abandonó la habitación por fin y ella se miró al espejo, mientras se pasaba las palmas de las manos por los pantalones, intentando quitarse el sudor.
Respiró hondo. Como habían quedado con sus amigos para hacer un pícnic, no se había preocupado mucho por su aspecto…
Cambió los pantalones y la camiseta por un vestido de color azul con algo de vuelo y se recogió la melena en una trenza que pronto deshizo porque tampoco la convencía.
—¿Y no será mejor invitarles a subir? —preguntó Dafne cuando encontró a su hermano guardando zumos en la cesta del pícnic.
Él la miró como si estuviera loca.
—¡Pues no! ¡El piso está hecho un desastre! —exclamó.
—¡Define «desastre»! ¡Si está todo en su sitio!
Su hermano gruñó. El teléfono vibró en ese momento. Se estaba haciendo tarde.
Cuando ya estaban en la puerta de casa, se marchó corriendo para coger un sombrero y también una cazadora vaquera, preocupada por cómo estaría el tiempo. Su hermano no le dirigió la palabra hasta que llegaron a su destino, pero seguramente fue porque también estaba nervioso.
Habían quedado en un parque cercano al bloque de pisos en el que vivían. Solo llevaban unas semanas en Bilbao y pronto empezarían las clases y la nueva temporada de fútbol. Los mellizos llevaban días planificando el encuentro con sus amigos: un pícnic y un itinerario por la ciudad.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Dafne en cuanto los vio.
Porque sus amigos se habían distribuido por el césped con el balón en los pies y jugaban un partido. Incluso habían llamado la atención de un grupo de niños que los observaban, fascinados.
Silas soltó las bolsas que cargaba.
—¡Que hemos preparado un pícnic! —exclamó.
Tomás era quien llevaba el balón en ese momento, lo alzó con la rodilla y después lo cargó con el brazo. Con el dorso de la mano se quitó el sudor de la frente. Sonreía. Se acercó a Silas, que le apartó.
—¡Estás sudadísimo! —exclamó, pero después también sonrió y le dio un beso.
Todos ellos lo estaban: cubiertos en sudor. Cuando Nabeel dio un par de pasos hacia delante en su dirección, le pareció que su piel relucía como un trofeo.
—Hola, Dafne in the sky with diamonds… —le susurró.
Sintió el corazón en la garganta.
—¿Ves? ¡Sabía que al final te ibas a quedar sin canciones de los Beatles, my dear! —exclamó.
—¡Oye! Si me quedo sin canciones, me inventaré nuevas.
Colocó sus manos en su cuello, aproximándola a él y Dafne se puso de puntillas para rodearle y besarle.
Sus narices chocaron. Las pestañas de él acariciaron las mejillas de ella y le hicieron cosquillas.
Desde el hueco que dejaba en su hombro, pudo ver al resto.
Rowan grababa en vídeo ese momento, sosteniendo un móvil con una funda en la que había una foto de todo el equipo.
Marc, a su lado, había recuperado el balón y se colocaba bien las gafas.
Irati y Rain estaban juntas, Rain con las trenzas cortadas por encima de los hombros, de un color azul pastel, la sujetaba por la cintura.
Y Saylor, un poco al margen, tenía los brazos cruzados y la barbilla alzada, pero sonreía.
Nabeel se apartó de Dafne y ella corrió hasta Irati y Rain para abrazarlas.
A esa celebración se unió el resto. Los había echado tanto de menos…
Cada uno de sus amigos estaba tomando caminos diferentes y ninguno de ellos sabía bien por dónde les llevarían sus sueños, cuál sería el último partido.
Pero sí que sabía que su relación seguiría fuerte.
—¡Venga! ¿Jugamos? —dijo Dafne.
—¡Yo voy de portero! —exclamó Rowan—. Así Silas puede sentir lo que es marcar por primera vez en su vida…
—¡Oye! —se quejó Silas.
—Me parece bien, así no te esfuerzas demasiado… —añadió Marc.
—¿Pero de qué vas? —insistió Silas.
Rowan se quitó las zapatillas de deporte para poder crear una portería y después dio un salto al sentir los pies húmedos.
Dafne se hizo con el balón y le dio unos cuantos toques. Después, haciendo de capitana, cogió el balón para lanzarlo. No había normas, tampoco sabían contra quién jugaban, pero para ella el fútbol tenía ese poder: solo necesitaba amigos, un espacio y un balón para construir un hogar.