CAPÍTULO 98
Semifinal, liga Inter F.A.R. Juvenil A
F.A.R. Estels (casa) vs. F.A.R. Madrid
Justo antes de empezar el partido, su hermana le había dicho que estaba muy nerviosa. Él habría apostado lo que fuera porque él lo estaba más. Sentía que su interior bullía, como una gaseosa, que no podía concentrarse.
No les habían marcado ningún gol todavía, pero Silas no dejaba de pensar en que él no debería estar ahí, que cualquiera jugaría mejor. Solo deseaba que el tiempo pasara lo antes posible y, por supuesto, ese era un error.
Lo único que le motivaba era ver a Nabeel coordinando jugadas, moviéndose ágil y animando al público, que aplaudía y le jaleaba.
En esos momentos, Arturo y Tomás avanzaban en tándem hacia la portería. El balón se movía de un lado a otro a gran velocidad.
Y, por fin, lograron el primer gol.
—¡Vamos! ¡Vamos! —exclamó Nabeel.
Todos se abrazaron, pero el partido se reanudó con tanta rapidez que a Silas no le había dado tiempo a moverse para la celebración.
Sabía lo que debían conseguir a continuación: mantenerse. Convertir la portería en un lugar infranqueable. No permitir que un solo jugador se acercase ahí.
Silas estaba en tensión absoluta.
Faltaban solo diez minutos para el final del partido.
De pronto un par de jugadores se quedaron parados. Dos de sus compañeros, dos del equipo rival. Silas no se quería mover de la portería, pero se revolvía nervioso. Entonces lo vio: alguien se había caído al suelo.
Rowan.
Era Rowan.
Qué raro; no había chocado contra nadie, ni siquiera había golpeado el balón. Silas esperó a que se levantara, pero no lo hizo. Vio a Marc arrodillarse a su lado.
—¡Ayuda! ¡Ayuda!
El míster fue quien corrió adonde estaba Rowan. Y entonces Silas se dio cuenta de que algo iba mal, pues el hombre se cernió sobre él y le practicó lo que parecía una RCP.
Todos se quedaron quietos a su alrededor.
Ni siquiera los comentaristas estaban hablando. Silas sintió que el sudor le bajaba por el cuello. Héctor, que estaba en el banquillo, apareció entonces con un desfibrilador. Silas no era capaz de moverse en la portería. ¿Qué estaba pasando?
Tomás apareció en su campo de visión, iba corriendo hacia él. Lo abrazó.
—¿Qué…? ¿Qué pasa…?
—La ambulancia está en camino.
—¿Qué?
No entendía nada. Las lágrimas caían por su cara y no era capaz de dejar de temblar. Intentó andar para ver qué estaba sucediendo. Pero seguía congelado frente a la portería. Tomás no le soltó la mano en ningún momento.
La ambulancia no tardó en llegar: varios sanitarios aparecieron entonces y movieron a Rowan a una camilla y se lo llevaron de ahí.