FAR El precio de un sueño (Bilogía F.A.R 2) CAPÍTULO 99
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CAPÍTULO 99

—Ha sido una parada cardíaca repentina. Lo hemos hecho todo bien. Ahora no podemos hacer nada más.

El míster repetía aquellas palabras una vez detrás de otra, intentando tranquilizarles. El partido se había acabado ya, aunque los jugadores no habían seguido jugando.

Ya estaban de vuelta en el campus. Silas seguía en estado de pánico. Ni siquiera había alcanzado a ver la cara de Rowan antes de que se lo llevara la ambulancia, y no dejaba de preguntarse cómo estaría.

—¿Cuándo podremos ir a verle? —preguntó Arturo.

—¿Tú quieres ir a verle? —preguntó Bosco—. Pero si te metías con él todo el rato.

—¡Claro que quiero ir a verle, joder! Me cago en todo…

—¿Qué…? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué vamos a hacer ahora? —le preguntó Silas al míster.

El hombre negó con la cabeza.

—Esperaremos. Y yo estaré pendiente y os llevaré al hospital tan pronto como podamos.

Silas no era capaz de escuchar nada. Se levantó del vestuario. Necesitaba respirar. Tomás le encontró enseguida. Lo abrazó con fuerza.

—Estoy seguro de que pronto podremos ir todos al hospital —dijo Tomás—. Creo… Es verdad que lo han hecho todo bien. Recuerdo…, bueno, me contaron una vez cuando estaba en cadetes un chaval tuvo una muerte súbita. No… No pudieron reanimarle.

Silas apenas era capaz de escucharle. Miraba a Tomás a los ojos: sus ojos verdes estaban anegados de lágrimas. Silas le acarició la mejilla. Y entonces se le encendió la bombilla.

—¿Dónde está Marc?

—¿En el vestuario? —sugirió Tomás.

Silas negó con la cabeza.

—No… No lo he visto ahí. Voy… Voy… voy a buscarle. Llámame si dicen algo más.

Suponía que Marc no habría ido a ningún sitio en el que pudieran verle. Silas fue a uno de los baños que había dentro del campo de fútbol, llamando de cubículo en cubículo hasta que por fin lo encontró.

Marc estaba sentado sobre la tapa del inodoro. Tenía la espalda completamente pegada a la pared alicatada y estaba llorando desconsoladamente con la cabeza enterrada en las piernas. Silas corrió hacia él. Hizo que sacara la cara de entre las piernas, se acercara a él y le permitiera abrazarlo.

Silas le abrazó con fuerza, dejó que se agarrara a él y le empapara la camiseta de mocos y de babas.

Pasaron así un largo rato. Silas trató de mantenerse fuerte.

—Se va a poner bien… Se va a poner bien… Se va a poner bien —repetía.

Por fin, Marc dejó de llorar.

Silas recogió sus gafas del suelo y se las puso en la cara con delicadeza.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Marc, con una sonrisa rota en la cara—.

Sabría cómo quería que fuera su funeral.

El muy imbécil subió un tiktok explicándolo, como parte de un trend.

Explicó que en Irlanda es muy típico que los familiares y seres queridos se mantengan despiertos toda la noche por si acaso el muerto se despierta.

Le hacía mucha gracia eso. Que se taparan los espejos, se pararan los relojes…

Toda la parafernalia. Solo por las risas.

—No se va a morir.

—Es que… Estábamos muy raros, ¿sabes? Últimamente. Tuvimos… un encuentro incómodo porque… me lancé. Y no salió bien. Y ahora lo he fastidiado todo.

Silas volvió a abrazarle.

—Lo solucionaréis. Podréis hablarlo. Todo irá bien —repitió Silas y le miró a los ojos—. ¿Te queda claro?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Marc.

—Pues porque sí. Porque no me puedo imaginar otra cosa.

Lo abrazó otra vez.

Se quedaron en silencio después de esto, quietos. Silas no era consciente de cuánto tiempo había pasado. El tiempo se escurría entre sus dedos, como si estuvieran paralizados.

Silas recibió un aluvión de mensajes en ese momento.

—¿Qué pasa? ¿Te han dicho algo de Rowan? ¿Está bien?

—Podemos ir al hospital.